Por Matías Mosquera (@matiasmosquera)
Esta es la cuarta parte de Crónicas Qataríes. Leé la tercera acá: https://lapelotasiempreal10.com/coberturas/qatar-2022/cronicas-qataries-la-batalla-de-lusail/
Ganar un partido como la Batalla de Lusail te deja muy arriba. Jugaste bien, tuviste actitud cuando hacía falta, estuviste groggy y pudiste recuperarte (con el ingreso de Di María especialmente), además de demostrar que si te llevan a los penales, tenés una garantía.
Y a todo eso, el post partido. El “andá p’allá”, los gestos después del penal de Lautaro, la demagogia mediática desde los restos de una corona española que destila la bronca al corvo sable de San Martín en envidia futbolera y moral.
Post Holanda se llega al summum de la argentinidad. Se desgrasa el cipayismo residual y se alinea el sentimiento unificador. Si hasta el correcto, familiero y ejemplar Messi saltó contra los holandeses, ya no queda lugar para el qué dirán en Europa.
“¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde está la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? Déjeme que me muera de risa”. Así le responde Dolina a una oyente tras el “que la sigan chupando” de Maradona en 2010. Aunque ahora el frente argentino está unificado, no entra una bala de las editorializaciones españolas o anglófilas. Que pase el que sigue.
Encima quedó afuera Brasil y Croacia no es la de 2018. Con Modrić ya lejos del arco, tiene un equipo al que le falta cierta potencia ofensiva y cuya principal virtud fue forzar alargues, donde nos mostramos muy fuertes.
Durante los primeros 5-10 minutos a Argentina le costaba tener la pelota. Algunos controles malos, algunas paredes de primera que eran para un tiempo más; Croacia, pese a su propia sorpresa, tenía la pelota en campo rival. Messi estaba incómodo, se tocaba el isquio. Momento de terror total.
De golpe, minuto 10-15, Messi junta gente por derecha, se hamaca, sale, y mete un cambio de frente sin esfuerzo. Descomprime la jugada. En ese instante despejé las dudas. Realmente después de ese cambio de frente imagino que a Tagliafico, sentí que todo iba a estar bien. Sus compañeros y los rivales también.
Son las 3.21 de la mañana en Doha, estoy en el Aeropuerto Amad. A las 6 sale mi vuelo a Egipto. Le aclaro a todos los controles que voy y vuelvo, que me esperen, que me voy tres días a El Cairo y el sábado estoy de nuevo acá.

Lo repito para exteriorizar, porque me cuesta irme después de lo que acabo de ver. Lo siento una estupidez supina. Pero no solo de Doha, ya del mismo Lusail me costó irme. Y no de las inmediaciones, de la tribuna de prensa. No puede haber sido real lo que vi.
Son dos caminos que se cruzan en la incredulidad. Por un lado, cómo alguien puede tener esa facilidad y sensibilidad para llevar una pelota mientras flota en el pasto. Por otro lado, la búsqueda. A veces levantarse a la mañana sabiendo que hay que ir a hacer un trámite, o una tarea compleja de laburo, es muy cuesta arriba. Messi empató el récord de partidos jugados en Mundiales. El fútbol no “da” revancha, hay que ir a buscarla.
El partido de Messi vs Croacia fue el hecho futbolístico más importante que presencié en mi vida, al menos hasta que llegue la final del mundo. Lo sentí en aquel cambio de frente. Lo confirmé con el paseo que le dio al enmascarado.
Fue el mayor momento de incredulidad de mi vida también. Me sorprendo o me emociono con pocas cosas. Esta fue la cima. Vi la magia. Vi la mística. Sentí el peso de la historia en ese instante. La electricidad de la trascendencia. Algo así, imagino, deben haber sentido algunos cuantos un 22 de junio.
Antes de embarcar cambio unas libras egipcias. Cuando me ven el pasaporte me felicitan por la victoria. “¿Pudiste sacarle una foto a Messi? ¿Mide más o menos cómo vos, no? Soy qatarí y no pude conseguir ni un ticket, soy fanática de Argentina por Messi”. Uno se hace el sorprendido, pero es la misma historia una y otra vez.
Hoy hay redes, hay televisión, ya todos saben todo o se lo imaginan. Pero les juro que de todas formas es real: todos quieren a Messi, incluso por encima de sus selecciones. Así fue el Mundial de Rusia también. Aunque esta vez todo es sonrisas, esta vez va en serio.
Como nos cansamos de explicarlo con Maradona, o como pasa con muchos otros fenómenos sociales, hay que confiar en la felicidad. Si hay gente genuinamente contenta, todo va a estar bien, más tarde o más temprano.
“Gooool Argentino. Qué viva el fútbol. Viva Messi. Arlequino maravilloso. Servidor del Arte del Fútbol. Mimo increíble, con un solo gesto es capaz de mostrar la belleza del deporte. Aladino eterno del fútbol”, nos regaló Víctor Hugo para siempre. Mientras voy camino a ver las Pirámides, pienso que no necesito verlas. Ya soy consciente de que la inmortalidad existe, lo vi con mis propios ojos cuando Gvardiol se hacía un nudo.
Alejandro Dolina dice que “hay que suspender la incredulidad y entregarse a la fe poética que consiste en creer que un gol de Messi nos va a mejorar la vida. En la medida en que lo creamos, un poco la va a mejorar». Eso sentí en Lusail aquel 13 de diciembre.