Por Uriel Frimet (@ufrimet_)
–Así de grande tenía los brazos el Petu –me dijo Pepe mientras abría los brazos de una forma descomunal e inflaba el pecho para abarcar más espacio en la silla.
–En cada pelota parada golpeaba el travesaño con las dos palmas de la mano como si fuera un taponador de voley -insistió Pepe.
–¿Vos sabés que a este tipo le tenía miedo hasta Pelé? Y te preguntarás cómo llegó a hablar el mismísimo Pelé del Petu…
Sí, claro, por supuesto que me lo preguntaba, pero sobre todo por dentro me invadía la incredulidad.
–Pelé, por obvias razones, era el pateador designado de penales, un estudioso de los arqueros y cuando se jugó ese amistoso por la reinauguración del estadio invitaron gentilmente a la sub-20 de Brasil, entonces lo tuvo que analizar. Y eso por no hablar de la cantidad de penales que atajó. Efectividad del 100% –el guacho de Pepe se hizo el sofisticado y tiró así el dato, con el porcentaje.
Pregunté unas cuatro o cinco veces para confirmar que no hubiera escuchado mal dado que me resultaba imposible que algún arquero hubiese conseguido una proeza así de manera oficial. Porque meterlos todos es una cosa, pero esto que había hecho este tipo nunca lo escuché en mi vida. Atajar un penal es adivinar el costado, la potencia, el timing… Decía Pepe que el Petu era una fábrica de fé ante la pena máxima del fútbol. El promedio era que cada tres partidos le pateaban un penal.
–Si te cuento sobre los defensores… eran una desgracia. Ellos sabían que jugaban al límite, porque El Petu no dejaba pasar ni a las viejas en el bondi, mucho menos un penal. Y era cierto, tenía una sincronización increíble con el pateador incluso para los remates al medio. Se quedaba paradito haciendo nada, fiel reflejo de un empleado público, y dejaba que le rebote el balón en su cuerpo para luego embolsarla. Cada tanto hacía un poco de alboroto para despertar a las masas, la despejaba con el codo disparándola a cualquier lado, pinchada. Pero…
Interrumpí con un resoplido de caballo que anticipaba mi disgusto hacia ese “pero”; me enojaba que exista siempre un pero en cada historia buena que escuchaba de Pepe.
–Pero hubo un día –continuó Pepe, y algo en su voz cambió el tono– que el Petu se enfrentó contra Boca. Ya habían pasado dos partidos sin penales. La estadística era una deuda a corto plazo, y el fútbol siempre cobra. Ese partido tocaba, lo sabía doña Rosa, lo sabía el árbitro y lo sabían los defensores que jugaban con el alma en la boca sabiendo que cualquier desperfecto en sus piernas y un mínimo roce dentro del área iba a ser un penal cantado hasta por Andrea Bocelli.
La Bombonera estaba llena, de esos llenos que aprietan, que no dejan respirar, donde el ruido no es festivo sino una presión constante sobre la nuca. Y el Petu ahí, parado en el arco, mirando la cancha como siempre, con esa calma de quien nunca perdió algo importante. Pero no era solo Boca. Porque en esa cancha, esa tarde, con la camiseta azul y oro, estaba el Gladiador Pérez. El hermano de el Petu.
-Se dió todo tan guionado con el penal que casi que aburría, y eso que aún no existían las apuestas deportivas online. Quizás algún que otro mafioso andaba engatusado con los defensores, pero en esas épocas era difícil de encontrarlos. Porque él sabía bien que su hermano se estaba jugando la venta al exterior. Pibe, se iba por la plata. Y no me refiero a vivir bien, me refiero a no trabajar más en su puta vida.
–¿Y lo atajó, tío Pepe? –Pregunté ansioso y casi sin modular.
–Hasta el día de hoy no sabemos qué pasaba por sus mentes luego de que pasó lo que pasó. Al Petu se lo vio con ganas de dejarse meter el gol y ayudar a su hermano aún perdiendo el récord Guiness. El Gladiador no podía darse el lujo de errar. No miró ni a la hinchada ni mucho menos a su hermano. Nadie sabía qué iba a hacer. Lo que escuchamos en la cancha fue un suspiro gigante de El Petu, que seguía con cara de «este es mi ultimo dia en el planeta tierra». El Gladiador repiqueteó para ir hacia la pelota y romperle el arco. El Petu cerró los ojos. No sabemos si canchereó, fue suerte o qué mierda, pero lo cierto es que se tiró, así sin más, con los ojos cerrados hacia el ángulo derecho. Y lo atajó.
