Por Rocío Airoldi (@rocioairoldi)
Antes de entrar en la historia de Diego, conviene detenerse en el escenario. España 1982 no fue un Mundial más, o al menos no para nosotros. Fue la duodécima Copa del Mundo y la primera con 24 selecciones, una ampliación que modificó el mapa futbolístico y abrió la competencia a más países.
También estrenó un nuevo formato: seis grupos de cuatro equipos, una segunda fase de grupos, semifinales y final. Era el Mundial más grande organizado hasta entonces y el que prometía inaugurar una nueva etapa del fútbol internacional. España se presentaba al mundo como anfitriona de un torneo que buscaba modernizar el espectáculo y proyectar una nueva imagen del país, apenas unos años después del final del franquismo.
Para Diego, en cambio, España era mucho más que la sede de una Copa del Mundo. Era la oportunidad que había esperado durante cuatro años. En 1978, con apenas 17 años, había quedado afuera de la lista definitiva de César Luis Menotti para el Mundial que Argentina terminaría conquistando como local.
Aquella ausencia se convirtió en bronca y, al mismo tiempo, en un impulso. Un año después lideró al seleccionado juvenil campeón del mundo en Japón, deslumbró al mundo y confirmó que el chico que había debutado en Argentinos Juniors estaba destinado a algo extraordinario. Luego llegaron Boca Juniors, el título Metropolitano de 1981 y, finalmente, el llamado que tanto había esperado: España 1982 sería su debut en una Copa del Mundo con la Selección Mayor.
Pero España también representaba otra cosa. Era el lugar donde comenzaban a convivir Diego y Maradona. El primero seguía siendo el pibe de Villa Fiorito que había construido su carrera entre Argentinos Juniors y Boca. El segundo empezaba a convertirse en una figura global, un personaje que el propio Diego iría construyendo para convivir con una fama cada vez más difícil de habitar.
Con apenas 21 años acababa de concretar el pase más caro de la época: 7,2 millones de dólares para convertirse en jugador del Barcelona. El Mundial se disputaba, justamente, en el país donde viviría su primera experiencia europea. Como si el torneo fuera, además de una competencia, el puente entre una vida y otra.
La historia parece escrita previamente no porque existiera un destino inevitable, sino porque, vista con la distancia que da el tiempo, España parece reunir demasiadas coincidencias. Diego debutó en un Mundial. Comenzó su vida lejos de la Argentina. Dejó de ser solamente el mejor futbolista joven del mundo para transformarse en una celebridad observada por todos. ¿Podemos decir que España fue el territorio donde empezó a construirse Maradona? Tal vez sí.

Pero Maradona tampoco puede entenderse sin su contexto. Y el contexto de España 1982 también era el de un país en plena transición democrática. Apenas un año antes había atravesado el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y se preparaba para unas elecciones que terminaron consolidando el nuevo rumbo democrático.
Los grandes acontecimientos deportivos nunca pueden contarse únicamente a través de los resultados, las tácticas o las estadísticas. Mucho menos cuando Argentina está involucrada. También son parte de los contextos políticos, sociales y culturales en los que ocurren. Y el Mundial de España 1982 quedó atravesado por uno de los momentos más dolorosos de la historia argentina.
La Copa del Mundo comenzó el 13 de junio de 1982. Un día después, el 14 de junio Argentina se rindió en Puerto Argentino, poniendo fin a la Guerra de Malvinas. Mientras en España empezaba a rodar la pelota, en el Atlántico Sur terminaba un conflicto bélico que dejaría marca en la sociedad argentina. Era la primera vez que un Mundial se disputaba mientras una guerra seguía en curso.
Argentina y el Reino Unido pidieron mutuamente la expulsión de su rival y, además, se reclamó que Escocia e Irlanda del Norte, por formar parte de la corona británica, tampoco disputaran el Mundial. Nada de eso ocurrió. Pero el conflicto se coló en la Copa: la tensión era tan grande que las transmisiones de ambos países decidieron no emitir los partidos del rival.
La Selección llegó a España como campeona defensora, con el futbolista más prometedor del momento y con la ilusión intacta de volver a conquistar la Copa. Pero el país que alentaba desde el otro lado del océano ya no era el mismo.
Sobre los hombros de aquel joven de 21 años no solo descansaban las expectativas de lo que haría con la pelotita sino que también se proyectaba, quizás sin que él pudiera advertirlo, la necesidad colectiva de volver a encontrar una alegría.
España, entonces, terminó siendo mucho más que el rival que hoy vuelve a cruzarse en el camino de Argentina. Nada más y nada menos que en una final del mundo. En busca de la cuarta. España no fue solamente la sede del Mundial de 1982.
Fue el lugar donde un país empezaba a despedirse de una dictadura, otro intentaba consolidar su democracia y Diego dejaba de ser solamente Diego para empezar a convertirse en Maradona. Hay territorios que no solo reciben a los protagonistas de la historia: también los transforman. Y España fue uno de ellos.
Aunque nadie podía saberlo entonces, aquel joven de 21 años no solo estaba debutando en una Copa del Mundo. También estaba empezando a cargar sobre sus hombros las ilusiones de un país que necesitaba volver a creer.
Por Malvinas,
Por el Diego,
Por la última de Leo.
