Por Rocío Gorozo (@RGorozo)
Se hicieron públicas las sanciones impuestas por la Comisión Disciplinaria de la FIFA a la Selección Argentina a partir de lo ocurrido en los últimos encuentros del Mundial 2026. Y son, de mínima, exageradas.
Para empezar, los más perjudicados fueron Leandro Paredes y Nahuel Molina, quienes recibieron 10 y 7 fechas de suspensión en partidos oficiales respectivamente, junto a una multa de 90 mil dólares cada uno. Esto no tendría influencia en los amistosos venideros, sin embargo pone en jaque -especialmente para el mediocampista de Boca Juniors- su continuidad en la Albiceleste.
Mientras tanto, Gavi sólo tendrá una fecha de ausencia. No fue castigado Rodri -referente de La Roja- al acusarnos de provocadores en la previa de la final para luego propinarle un empujón a Molina, ni Dani Olmo, quien nos trató de «simios de mierda». Tampoco Borja Iglesias, que golpeó a Cuti Romero, o Marc Cucurella, aquel que se tapó la boca para dirigirse a Messi en pleno encuentro. Mucho menos Jude Bellingham por cachetear a Valentín Barco ni Jordan Pickford, que se agarró sus genitales frente a la hinchada argentina en la semifinal.
Inclusive, si retrocedemos en el tiempo, Zinedine Zidane fue suspendido por apenas tres partidos y multado con 7.500 francos suizos tras su cabezazo a Marco Materazzi en el cierre de Alemania 2006. Al retirarse del deporte profesional, se lo cambiaron por 3 días de trabajo humanitario. La lista sigue…
Por otra parte, la AFA deberá jugar sus próximos dos partidos de local con un número limitado de espectadores (50%) y pagar un total de U$S 321.000, de los cuales 100.000 se destinan a un plan para luchar contra la discriminación, pudiéndose suspender parte de la sanción y aplicarse un periodo probatorio.
En teoría, sólo 30.000 corresponden a la aparición y exhibición de la bandera de Malvinas; el resto deriva del lanzamiento de objetos al campo de juego, cánticos e insultos racistas, homofóbicos y discriminatorios efectuados por los hinchas desde octavos de final en adelante (incluyendo, insólitamente, «el que no salta es un inglés»), junto a otros supuestos incumplimientos de los protocolos de seguridad establecidos. ¿Realmente fue así?

La prensa europea se hace un festín frente a la noticia, especialmente los medios británicos, pues su gobierno no sólo pegó el grito en el cielo, sino que además -según trascendidos- recibió, en el momento, unas disculpas por parte de Cancillería Argentina a cargo de Pablo Quirno. Incluso nuestro propio Poder Ejecutivo incentivó, de la mano de sus periodistas partidarios, la necesidad de un apercibimiento.
La FIFA hizo caso a la campaña de odio y se lavó las manos, a la vez que cedía sin chistar a los caprichos del xenófobo criminal de guerra Donald Trump. Posdata: No nos olvidemos que entre sus directivos hay un «compatriota» que acusó a los jugadores de «mandarse una de más» con el reclamo patriótico (pista: es un ex-presidente).
Y si bien Chiqui Tapia ya hizo trascender que se apelará la decisión, debería reconsiderar (al igual que CONMEBOL) su apoyo incondicional a la gestión de Gianni Infantino, que no duda en inclinar la balanza a favor de la UEFA aunque estén en pleno conflicto.
Parafraseando a Domingo Faustino Sarmiento en 1845: nos acusan de vanidosos y arrogantes, pero la realidad es que los argentinos siempre tuvimos el hábito de resistir y desafiar la naturaleza, como así una alta conciencia de nuestro valer como nación. «¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! Para ese no se han hecho las grandes cosas».
A pesar de los intentos para domesticarlos, aleccionarlos y hasta difamarlos, la Scaloneta nos representó dignamente. Con un entrenador que, más allá de la tristeza, se entregó (sin dudarlo) al amor de toda esa gente que copó su pueblo natal. Con un capitán que intentaba alegrar a todos los que no tienen trabajo ni llegan a fin de mes, mientras la vida de su padre se apagaba.
Un equipo que destiló potrero y corazón, entregándose en cuerpo y alma. Un grupo de jugadores que desafió las normas para honrar nuestra historia, reclamando la soberanía de un territorio usurpado.
Le pese a quien le pese, lo dijo la periodista italiana Alessia Tarquinio: «El fútbol en Argentina no sirve para ganar, sirve para recordar quién sos (…) Argentina nunca sale a la cancha sola, trae consigo sus partidas, sus nostalgias, sus canciones, sus fantasmas y sus sueños».
