Vamos a empezar siendo sinceros. Es la tarde del sábado y todos tenemos la cabeza en otra cosa. Los jugadores de Francia e Inglaterra en volver a sus casas o salir de vacaciones. El resto de los mortales pensamos en la final. El partido de la última jornada mundialista entre Argentina y España tiene suficientes condimentos como para llevarse toda la atención.
El mundo se sienta a ver el partido por el tercer y cuarto puesto, el que nadie quiere jugar, sin expectativas. El único atractivo es ver si Mbappé sigue metiendo goles wn esta competencia con el mejor jugador del mundo para saber quién se lleva el Botín de Oro.
¡Qué ilusos! Ya debíamos saber a esta altura que la vigésimotercera Copa del Mundo es una caja de sorpresas. Si bien en esta instancia los jugadores se relajan y se suelen dar resultados abultados, nadie esperaba lo que pasó en Miami. Inglaterra metió seis goles y Francia cuatro. Diez tantos en un hermoso festival de goles que hubiera merecido alargue, penales y good show.
Inglaterra, que salió a la cancha sin Harry Kane ni Jude Bellingham, se fue al descanso cuatro goles arriba. Francia se mostraba desganada y más golpeada que su rival por no jugar la final. La selección que fuera la gran candidata no parecía interesada en participar del partido. Mbappé era el único que buscaba y la pelota, para alegría argenta, no quería entrar. La cosa pintaba para goleada histórica.
Sin embargo, en el segundo tiempo Deschamps movió el banco y empezó a competir. Francia hizo cuatro goles y cuando la cosa pintaba para mutar de goleada histórica a pecheada histórica, los ingleses lo definieron. De esta manera, las dos selecciones europeas hicieron algo extraordinario de una instancia que por lo general no suele tener atractivo y que se juega más por tradición que otra cosa.
El encuentro entre los perdedores de las semifinales nació con los primeros mundiales. Antes de la primera Copa del Mundo, la competencia que enfrentaba a selecciones nacionales de futbol era los Juegos Olímpicos. En la repartija de medallas, era necesario jugar este partido para ver quién se quedaba con la de bronce.
En las primeras ediciones de los Juegos en las que estuvo presente el fútbol, allá por los albores del siglo XX, Inglaterra fue dominante. Desde 1908 se comenzó a implementar el partido por el tercer puesto y Países Bajos se llevó el bronce tras ganarle 2-0 a Suecia, con una pequeña curiosidad: los neerlandeses participaron también en los siguientes tres partidos por el tercer puesto, sumando dos medallas más.
Por cuestiones políticas y dirigenciales, luego de la Primera Guerra Mundial los ingleses perdieron interés en el torneo. Ahí fue cuando el futbol rioplatense desembarcó en Europa y la tomó por asalto. En París 1924 Uruguay, en un torneo en el que la mayoría de las selecciones eran europeas, llegó a la final goleando y se llevó el oro. El bronce se lo llevó Suecia, en la revancha del partido de 1908 ante Países Bajos.
Cuatro años más tarde, en Ámsterdam, la final la jugaron Argentina y Uruguay. Empataron el primer encuentro y tuvieron que jugar un partido desempate, el cual los charrúas ganaron 2 a 1. De ahí que los uruguayos pongan hoy dos estrellas algo mentirosas encima de su escudo en la camiseta. El partido del tercer puesto dejó otro gran dato: por primera vez un país africano se quedó a las puertas de un podio, ya que Egipto disputó aquel encuentro contra Italia… aunque perdió 11-3.
Dos años después empezaron a jugarse las Copas del Mundo de la FIFA y el partido por el tercer y cuarto puesto quedó establecido como una tradición que mantenía el espíritu olímpico. Nunca pareció tener demasiado sentido, hasta este dieciocho de julio en Miami.
Para cerrar diremos que Mbappé metió dos goles y llegó a diez. De esta manera suma dos más que Messi, que tiene un partido menos. Todos confiamos en que mañana será justicia y el capitán argentino se va a despedir de la competición más hermosa del planeta siendo campeón y el máximo goleador (anulo mufa, para que se queden tranquilos).
Ahora, a empezar a hacer el duelo e intentar dormir.
