Por Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Que el desempeño cuestionable de la Selección durante gran parte de la final no nos confunda: ayer había mucho que festejar. Por el lado futbolístico, sobran los argumentos después de todo un torneo enorgulleciendo a todo el país con la entrega y el amor por la camiseta que demostró cada jugador, pero eso solo no alcanza para sacar a miles de personas a las calles como pasó en las últimas horas. Las razones son más profundas.
El festejo de ayer me recordó a esos globos que quedaban colgados semanas después de un cumpleaños como prueba material de la alegría vivida. Representó un cierre a estos 40 días que llenaron de esperanza e ilusión a un país cada vez más acostumbrado a vivir su cotidianeidad entre la preocupación y la bronca.
Escribió el gran Negro Lanao para Página 12 que “hoy la tristeza lo inunda todo, y alimenta el estómago de los hambrientos”. Yo me permito plantear que aún no es el momento. La tristeza inundará todo desde el momento en que se apague la última luz del último festejo, porque son justamente los más hambrientos quienes están festejando con mayor efusividad la hazaña de haber podido sentirse felices al menos por un rato.
El pueblo no olvida a quien lo representa como debe, y la Scaloneta lo logró con creces. E independientemente de si los dos Lioneles siguen capitaneando el barco, sobrevuela la sensación de que este partido fue un fin de ciclo si no factual, al menos espiritual.
Por eso el agradecimiento. Por eso esa necesidad de hacer sonar las bocinas y cornetas. Se puede volver a salir campeón, pero es difícil predecir si será con un equipo que interpele el sentimiento de argentinidad al nivel que se vivió en los últimos 7 años.
En la mezcla de gratitud y tristeza que ayer afectó a cada persona que habita este territorio se conjugó la realidad futbolística con la realidad política de un país al que le robaron la identidad para vender sus órganos al mejor postor. Eso obligó a revisar en lo más profundo de cada uno si valía la pena olvidar tan rápido que el miércoles recuperamos, por unas horas, aquel nivel de alegría y de cohesión social que no se sacaba a relucir desde el 18 de diciembre de 2022.
Es ese mismo sentido de unión nacional el que nos puede salvar. La victoria ante Inglaterra nos reencontró con nuestra argentinidad, con la empatía, con que la alegría no vale de nada si no se comparte, con que no importa quién sea el otro sino en qué sentimientos coincidimos. Y sin importar banderas partidarias, el ADN de cualquier argentino precisa de todo eso.
“Que no se apaguen las bombitas amarillas, que no se vaya nunca más la retirada, quiero cantarle una canción a Colombina, quiero llevarme su sonrisa dibujada”. Así canta Jaime Roos contando una historia de amor entre dos jóvenes, pero tranquilamente podría estar hablando de esa realidad paralela en la que una parte del país quiere quedarse. Porque cuando se termine esta nube de ilusión, se sabe que lo que espera a la vuelta de la esquina es un cachetazo de realidad. Y qué realidad es la que está pegando.
El dolor, la tristeza y la bronca abrumó a muchos ayer, y recluirse en aquellos sentimientos era una reacción más que válida. Pero cada uno transita el duelo como puede, y no se juzga la felicidad ajena cuando el país está lleno de razones para entristecerse.
Si este fue un manotazo de ahogado en medio del mar de terrores, que lo sea. Si funciona como una base para reflexionar sobre qué fuimos, qué somos y qué queremos ser, mucho mejor. Hay que aprovechar para recuperar lo que es nuestro, porque la fragmentada normalidad no nos convence ni nos representa.
Argentina perdió la final del mundo. Puede ser, ahora sí, el principio del fin para una época gloriosa de la Selección. Pero no hay que llorar, son cosas que pasan. Festejemos sin pensar en el tan temido qué dirán, porque aunque ya se vaya la gente, no hay foto que queramos borrar.