Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
La Copa del Mundo siempre fue el escenario más especial del fútbol. Un poco porque es un escenario extraño que surge y se vuelve a hundir de entre las profundidades del recuerdo y la esperanza cada cuatro años dividiendo los tiempos de la historia del fútbol.
Funciona también como una instantánea de la época, que captura y amplifica las características del fútbol en ese momento. Hablo de táctica, técnica, tecnología, estética y moral. En todos esos ámbitos el Mundial fuerza a dar la mejor versión del fútbol posible. Por eso es la máxima cita; en ninguna otra competencia se pone tanto en juego a tantos niveles y en tan pocos partidos.
Los goles, el juego y el espectáculo
Si analizamos lo que nos dejó esta Copa advertiremos a simple golpe de vista lo que muchos llamaron una hipertrofia estadística, por la cual tuvimos un número de goles anotados estratosféricos.
Esto no es una singularidad, sino que, más allá de cuáles son sus causas, confirma una tendencia que se viene dando desde principio de siglo en el aumento de esta cifra en todo el fútbol mundial.

Por tomar un dato, el promedio de gol en la Champions League en lo que va de década alcanzó los 3,04 goles por partido, superando con creces cualquier récord anterior de manera sistemáticamente sostenida.
Lo mismo pasa con la Copa del Mundo, donde nos tenemos que remontar al mundial de México ’70 para conseguir una cifra mayor a la de 2,91 goles por partido de este Mundial 2026. Y ya de por sí aquel de México podría ser considerado una excepción que no pudieron igualar sus más cercanos predecesores ni sucesores. De lo que hablamos actualmente es de un crecimiento continuo.
Ahora bien, ¿podemos decir que ha subido junto con los goles el nivel del juego? Para nada. Vimos un torneo especialmente poco lúcido desde lo técnico y lo estratégico. No hubo casi partidos que hayan destacado por lo bien jugados que estuvieron. No dejó casi este Mundial encuentros que pudieran ser considerados en la posteridad como odas al fútbol de la manera en que sí lo tuvieron otros.
Tampoco tuvo grandes equipos que mantuvieran un nivel alto durante todo el torneo. Francia llenó los ojos de todos los espectadores jugando un fútbol ofensivo, con grandes jugadores técnicamente, pero la primera vez que se enfrentaron contra un equipo que les achicó los espacios y llenó con gente de buen pie la media cancha fue también la última, porque hicieron agua.

Otros cruces entre selecciones de gran nivel no dieron ni por asomo la calidad del espectáculo que dio España aquel día. Especialmente decepcionante, por ejemplo, fue el equipo de Portugal. Igualmente pobres fueron varios partidos de Inglaterra, Colombia o Bélgica.
El trámite de muchos partidos se basó en un mismo guión. Un equipo como dominante y otro como dominado. Y digo dominante y no atacante porque en la mayoría de ocasiones el que tiene la pelota no busca hacer daño, sino defenderse impidiendo que el otro ataque.
Aquí le tendríamos que dar un punto al “hydration time” que permitió cambiar de mando el encuentro súbitamente, y aunque muchos lo denostaron por tal motivo, también es cierto que fue clave para permitir que ambos equipos tuvieran la chance de generar goles.
Porque si faltó fútbol sobraron goles, y si sobraron goles lo que no faltó fue emoción. La dieron esos cambios en el dominio y en el marcador, esos vuelcos increíbles como los de Argentina, el de Bélgica a Senegal, Turquía frente a EEUU, Marruecos-Haití e Inglaterra-Croacia. Se hicieron un total de 39 goles a partir del minuto 91, es decir, un 13% de los goles totales. Número muy alto en relación con mundiales anteriores.
Los goles
Sarr contra Bélgica: Fue su segundo tanto esa tarde de dieciseisavos. Un pase largo exquisito de Niakhaté desde la izquierda de la mitad de la cancha. Sarr venía a la carrera picando entre los defensores. La paró con el pecho al mejor estilo de Pelé y le rompió el arco a Courtois.
Sidny Lopes Cabral contra Argentina: Lo vio todo el mundo. Cuando parecía que el partido ya estaba definido llegó el marcador de punta izquierdo de Cabo Verde para meter un zapatazo terrible que se clavó allá arriba.
Kerim Alajbegović contra Catar: Fue en la tercera fecha de la fase de grupos cuando este joven bosnio de 18 años entró a encarar rivales cerca de la medialuna. Pasó entre dos, gambeteó a otro más y sorprendió con un gran tiro al primer palo.
Reglamento y formato
Los mundiales siempre fueron susceptibles a modificaciones en el reglamento del juego y la organización de la copa. En ese sentido puede que esta copa sea una de las más novedosas.
Los grandes cambios que introdujo este mundial fueron la introducción del famoso hydration time que prácticamente dividió los partidos en cuatro partes, la regla de los 5 segundos en los laterales y saques del arco y la prohibición de taparse la boca a la hora de discutir.
Se vieron varias nuevas tendencias en los árbitros, añadiendo muchos minutos al tiempo regular, sin cobrar muchas faltas “chiquitas” (al menos así lo hicieron al comienzo de la Copa) y sin ir excesivamente al VAR, herramienta que ha sumado varias atribuciones adicionales a las que ya tenía.
Todas estas nuevas implementaciones tuvieron a mi juicio un resultado positivo a la hora de dar una mayor continuidad al juego, pero salta a la vista de todos que se contrapone en esa misión con la primera que cité, la de las pausas de hidratación. Como ya dije, cortan el ritmo de juego y suponen un cambio antinatural en el mando del partido.

Jugadores, actuaciones, momentos y rankings
Fue un mundial de figuras, arqueros y decepciones. Fue de figuras porque la lucha por el Botín de Oro fue extraordinaria, por los números y por la calidad de los nombres que hasta muy avanzada la competencia peleaban por su puesto.
Fue de arqueros por las tardes memorables que dejaron muchos arqueros, como el partido de Eloy Room contra Ecuador en la fase de grupos, los del caboverdiano Vozinha frente a España y Argentina o los penales atajados por Orlando Gill contra Alemania, siendo todos ellos arqueros muy poco reconocidos antes del mundial.
También fue un mundial de decepciones, porque tal calificativo así les cabe a jugadores como Vitinha, Bruno Fernandes, Pedri o Federico Valverde. Como contrapeso tuvimos a Messi, figura absoluta de un mundial con 39 años y tanto o más determinante que en sus mundiales pasados dentro de una Argentina mucho más “messidependiente” que la de las eliminatorias e incluso que la del 2022.

También tuvimos la oportunidad de ver un gran Mbappé, que se mostró evolucionado. En una versión que nunca vimos de él. Presionando, bajando, generando espacios, soltando la pelota con sentido positivo para el equipo y no como última opción. Sorprendió verlo perdido entre los centrales españoles en las semifinales.
Debemos admitir que otras figuras del torneo como lo fueron Kane, Olisé, Bellingham, Haaland también tuvieron un final indigno de su leyenda y actuación previa, desaparecidos en las eliminaciones de sus equipos.
De menos a más fueron los españoles, que dejaron dudas en la fase de grupos, pero a medida que fue madurando la competencia se erigieron como figuras varias de sus individualidades.
Destacó la pareja de centrales, Cubarsí-Laporte, francamente extraordinaria, su centro medio y capitán Rodri, inteligentísimo, y su número 10 Dani Olmo, que bien podría haber nacido en un potrero de Barracas.
Armamos además un 11 ideal teniendo en cuenta todos los partidos que pudimos ver y que tenga cierto sentido al pararlos en cancha. Nos quedamos con Vozinha; Muñoz, Cubarsí, Laporte y Cucurella; Rodri y Xhaka; Messi, Olmo; Mbappé y Haaland.
