Por Rocío Airoldi (@rocioairoldi)
Nunca había visto llorar a mamá por fútbol. Bueno, por la pelotita y algo más. Porque a mamá el fútbol no le interesa demasiado, pero sí le conmueve ver felices a quienes quiere. Le emociona verlos viajar, abrazarse con desconocidos, cantar como si no hubiera un mañana, celebrar una camiseta que durante noventa minutos parece resumir una vida entera. Mientras el resto gritaba el gol, ella repetía una sola frase, casi en un susurro: «Qué emoción».
Mamá nació en 1965. Creció viendo a la abuela seguir con la misma pasión las noches de fútbol y de boxeo frente al televisor. También creció con la Guerra de Malvinas todavía demasiado cerca, en una juventud atravesada por un país que mezclaba heridas abiertas, reconstrucción democrática e identidades que buscaban volver a encontrarse. Quizás por eso nunca terminó de enamorarse del fútbol. O quizás simplemente eligió otros intereses. Pero entiende el poder que tienen ciertas emociones compartidas.
No hace falta saber de táctica, recordar formaciones de memoria ni discutir esquemas para entender lo que se vivió ayer en la victoria contra Inglaterra. Alcanza con mirar a alguien que nunca llora por un partido y descubrir que, de repente, tiene los ojos llenos de lágrimas. Entonces queda claro que no era solamente fútbol. Era otra cosa. Era la posibilidad de volver a sentirse parte de un nosotros.
Cuando mamá dijo «volvimos a ganar», el verbo importaba más que el resultado. No dijo volvieron. Dijo volvimos. Sin proponérselo, se había apropiado de un nosotros. Uno construido por abrazos, canciones, camisetas, recuerdos y generaciones que encuentran en esos rituales una forma de pertenecer.
Hay algo que el filósofo y lingüista ruso Valentín Volóshinov explicaba hace casi un siglo: las personas construimos nuestra identidad a partir de los vínculos, de las palabras y de los símbolos que compartimos con otros. Los signos no tienen un significado fijo sino que adquieren sentido dentro de una comunidad. Y pocas cosas funcionan mejor que el fútbol como ese territorio compartido.
Ayer, ese nosotros era inmenso. Estaban los que viajaron miles de kilómetros para alentar y los que miraban desde el sillón de su casa. Estaban los que saben de memoria la formación titular y los que preguntan quién juega de nueve. Estaban los que nunca pisan una cancha y los que organizan la semana según el calendario de partidos. También estaban, inevitablemente, los pibes de Malvinas.
Porque cuando el rival vuelve a ser Inglaterra, la memoria colectiva hace lo suyo. No porque un partido pueda compararse con una guerra, sino porque hay símbolos que llegan cargados de historia. Sobre ese césped también se juega con recuerdos, con relatos heredados y con una identidad que se fue construyendo durante décadas.
Diego Maradona entendió eso mejor que nadie. Después de eliminar a Inglaterra en México 1986, dejó una frase que terminó de convertir aquel partido en un acontecimiento cultural: «Fue como robarle la billetera a un inglés».
Años más tarde sería todavía más explícito al decir que aquel triunfo había sido, para muchos argentinos, una forma de reparar simbólicamente una herida abierta por Malvinas. No era una revancha real -una guerra jamás puede saldarse en una cancha-, pero sí una escena donde un país encontraba una manera de contarse a sí mismo.
Quizás por eso mamá lloró sin saber demasiado de fútbol. Porque, por un rato, ese nosotros la abrazó también a ella. Y entendió que había partidos que se juegan con once jugadores, pero también con la memoria de un pueblo entero.
