Por Luca Palmas (@lucapalmas_)
El filósofo neerlandés Johan Huizinga sostuvo en Homo Ludens (1938) que “el juego es más antiguo que la cultura” y que “la civilización ha nacido en el juego”. Desde el comienzo de los tiempos, todo juego -sea el fútbol o el TEG- requiere de compartir un acuerdo tácito de creérselo y la aceptación de que contiene determinadas reglas.
Sin embargo, en el mundo real el reglamento acostumbra a ser destruido por los mismos creadores. Cuando en 1982 Margaret Thatcher mandó a hundir el Crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión delimitada durante la Guerra de Malvinas, hizo trampa con la vida. La primera ministra inglesa provocó la muerte de 323 argentinos. Rompió el pacto.
22 de junio de 1986. Estadio Azteca. Diego Armando Maradona utiliza la mano para superar en altura al arquero Peter Shilton y anota el primer gol de Argentina ante Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México.
Según José Ortega y Gasset, habría ignorado una de las máximas del deporte: “mentir en el juego es falsificarlo y, por tanto, no jugar”. Pero si la vida misma es, como indicaba Lorenzo Giusso, un “juego osado carente de finalidad”, Maradona generó una revancha simbólica.
El gol tramposo fue una reparación histórica ante las atrocidades de Thatcher. El veterano de Malvinas y ex boxeador olímpico Rubén Carballo lo aseguró décadas más tarde: “Lo viví como si hubiésemos recuperado las islas”.
La diferencia entre las trampas de Thatcher y Maradona es ética. En la previa del encuentro, el capitán argentino motivó a sus compañeros con la frase “vamos, eh, que estos nos mataron a nuestros pibes”. Pese a que los once ingleses no habían tomado ningún arma ni usaban bombarderos, Maradona postuló un enemigo implícito: ella, la innombrable, quien ordenó el hundimiento del Belgrano y el desembarco en el Estrecho de San Carlos.
Con el fin de lograr la redención criolla, utilizó “una manera burlona, la misma picardía que los pibes necesitaban para vivir y sobrevivir en cada esquina de los barrios”, según definió Menotti. Como si fuera poco, cuatro minutos después sumó la estética futbolística en su máximo esplendor al ampliar el marcador con “El Gol del Siglo”. Una obra que habrían envidiado los precursores de Sheffield, con seis rivales amagados a lo largo de cincuenta metros y musicalizada para la eternidad por Víctor Hugo Morales.
Maradona les cobró a los futbolistas e hinchas ingleses el daño real que sus políticos le hicieron a gran parte del mundo. Por eso sus dos goles, principalmente el de la mano, son repetidos en lugares tan distantes de Argentina como Bangladesh o Irlanda: simbolizaron los levantamientos populares de cada uno de esos países ante la Corona Británica.
Él no devolvería las 649 vidas argentinas perdidas en la guerra, las irlandesas durante La Gran Hambruna ni los muertos de Bengala, pero respondió a todas esas injusticias. “Porque yo me puedo comer un asado con el 9 de Costa Rica, el 9 de Sudáfrica y el 9 de Cambaceres” , resumiría Maradona años más tarde sobre su afecto con los marginados del globo.
“¡Un dios! Anotó el gol con la mano. Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. ¡Es un genio! Es un acto político. Una revolución… ¡Los humilló!”, grita el abuelo del protagonista en la película E stata la mano di Dio (2021), mientras los napolitanos hinchan por el Tercer Mundo. Maradona, al festejar el primer gol frente a los ojos del juez de línea búlgaro Dochev y fomentar su validez hasta el último día de su vida, continuó jugando.
Sus goles rompieron la linealidad deportiva para integrar otra dimensión temporal. El periodista inglés Brian Glanville argumentó que el segundo gol “casi no pertenecía a nuestra era racional y racionalizada”. Al convertirlo, Maradona cumplió la otra máxima de Ortega y Gasset: “el juego exige que se juegue lo mejor posible”, y mostró fair play contra los inventores del fútbol tras haberles roto las reglas en el primero.
“No me interesaba salir campeón del mundo, salir campeones había sido ganarle a los ingleses”, declaró el veterano Alejandro Martín. La rivalidad, intensificada por una guerra en el plano real, continuará mientras la soberanía sobre Malvinas siga en disputa.
Por último, resulta significativo que el 23 de junio de 1986, el día después del partido, Michael Foot haya exigido que Inglaterra devolviera a Grecia los mármoles del Partenón exhibidos en el Museo Británico. El antiguo líder del Partido Laborista, que cuatro años antes había apoyado el envío del ejército a las islas y luego perdería las elecciones de 1983 contra Thatcher, parecía destacar el gesto maradoniano. ¿Acaso los goles del capitán argentino habían ayudado a cambiar las variables extradeportivas?
