Por Guido Ramos Cattolico (@julioarguelles_)
El padre de Antonio Ubaldo Rattin Rattin (sí, sus progenitores llevaban el mismo apellido y ambos eran oriundos de la ciudad italiana de Trento, pero no tenían ningún parentesco) quería que estudie porque el fútbol era cosa de vagos. El hijo terminó jugando catorce años en la primera de Boca.
Fue ese caballero de indudable lealtad el que abandonó este mundo a los 89 años y dos meses. Con él se cierra para siempre en la memoria colectiva una etapa en la historia: la del mundial del ’66 y su expulsión contra Inglaterra, la del penal de Delém, la definición del campeonato del ’62. Ya se habían ido el Tano Roma, Silvio Marzolini, el Cholo Simeone, Gonzalito. Mucho antes Paulo Valentim y Ernesto Grillo, compañeros en Boca y la selección.
Los inicios de Rattin fueron jugando al baby fútbol, algunos partidos en las inferiores de Tigre y en los viejos campeonatos infantiles del peronismo. Allí fue que lo descubrieron Ernesto Duchini, que lo quiso llevar a Chacarita por 5.000 pesos, y el Nano Gandulla, que finalmente lo convenció para que jugase en el club de sus amores.
Curiosamente Rattin no era hincha de Boca por un mandato familiar, pues en su familia el fútbol no era una cuestión importante, sino que simplemente le gustaron los colores azul y amarillo cuando joven. Por eso no fue difícil para Gandulla convencerlo.
El hombre, el jugador
No tardó en llegar el estreno en Primera. Debutó en un superclásico en la Bombonera en 1956, con la misión de marcar personalmente a Labruna. Ese partido se ganó y luego siguieron otros, pero el vuelo de su carrera no estuvo exento de turbulencias.
Le costó afianzarse al ser tan resistido por una hinchada que pedía por Eliseo Mouriño, el anterior número 5, quien se encontraba relegado del equipo titular por problemas con la comisión directiva. Rattin se ganó el puesto luchando y siguió jugando, aún resistido, con el aliento que le daban sus compañeros/mentores Natalio Pescia y el mismo Eliseo Mouriño. Pasaban distintos entrenadores y él seguía ahí, con el 5 en la espalda.
En el ’59 debutó finalmente en la selección argentina. Con ella jugaría luego las Copas del Mundo del ’62 y ’66, en esta última como titular inamovible y capitán, y logró la festejada Copa de las Naciones de 1964 venciendo a Portugal, Brasil e Inglaterra. Casi nada.
De Boca nunca se movió. Fue importante la figura de Vicente Feola, el técnico brasileño campeón del mundo, que lo ratificó en el puesto durante 1961 aún teniendo a un crack brasileño como Dino Sani que se lo discutía. Resultó pieza clave en los campeonatos obtenidos de 1962, ’64 y ’65, así como en la gran campaña de Boca en la Copa Libertadores del ’63.
Fue un centrojás a la vieja usanza. Un número cinco de gran porte (1,89 metros y 88 kilos) que manejaba sobriamente la pelota organizando al equipo, con gran ascendencia sobre sus compañeros por su condición humana de caudillo y su temperamento desbordante.
Prolongaba su dominio e influencia por toda la cancha, siendo muy importante su tiro de media distancia y su cabezazo en el área rival, del mismo modo que sus aptitudes defensivas para quitar, anticipar y marcar, siendo que varias veces jugó de marcador central haciendo tanto de líbero como de stopper.

El recuerdo imborrable, el mito
Siguió su campaña más allá de la mitad de la década del ’60, llegando a sumar minutos en el Metro ’70 y siendo campeón de la Copa Argentina del ’69 en el Boca de Di Stéfano. Así terminó su campaña, cuando ya le costaba mover esos 88 kilos de un área a la otra. Luego fue entrenador, sin tanto éxito, y más tarde se dedicó a la política. Logró ser diputado nacional por la provincia de Buenos Aires y posteriormente concejal del partido de Vicente López.
Rattin fue parte de la construcción del mito de Boca Juniors. Está intrínseco en todo lo que es de Boca porque toda esa gama de sensaciones que produce que algo sea bostero se comenzó a definir de tal modo cuando el Rata salía a la cancha y la voz del estadio llenaba el espacio de la Bombonera con su clásico “Rrrrrrrattiiiiiiiiin” alargando la r primera y la i interminablemente, produciendo el estruendo popular.
Sin duda alguna él fue El 5 de Boca, más allá de su jerarquía concreta como jugador de fútbol o sus características técnicas, porque fue uno más de la hinchada jugando con la camiseta. Porque fue todo aquello de la garra, la pierna fuerte y el temperamento ganador. Porque luchaba en inferioridad contra cracks del fútbol, en una tarea que parecía imposible, pero que nunca claudicó hasta hacerla posible. Y porque tuvo esa vergüenza y ese respeto por la hinchada y por la profesión.
Alguna vez dijo: “El día que yo salga a afanar ya no soy más El Rata. Y quiero terminar en Boca siendo El Rata”. Terminó siendo El Rata.
