Por Augusto Dorado (@AugustoDorado)
Se cruzaron en varias ocasiones los caminos de la nación creadora del fútbol y del mejor exponente de ese mismo juego que dio este universo desde que existe el tiempo. El cruce más significativo, el que cargó de sentido a todo el resto y cambió para siempre la historia del deporte-juego de la pelota a los pies, fue el de aquel 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca cuando Diego Armando Maradona demostró que el fútbol es además un hecho artístico.
Un partido deslumbrante y dos jugadas que ni al mejor guionista del séptimo arte se le hubieran ocurrido, como parte de una trama que tuvo episodios en 1806 y 1807 en Buenos Aires, en 1833 en el Atlántico Sur y en 1982 en ese mismo escenario, impartió justicia simbólica a una historia de injusticia imperialista y colonial.
Fue tal la importancia de aquel día que para TyC Sports el Diez Eterno se autodefinió a partir de lo que hizo en El Partido. A la pregunta “¿Diego Armando Maradona es…?”, respondió: «Soy un tipo normal que por hacerle un golazo a los ingleses que nos mataron a nuestros pibes en Malvinas, hoy todo el mundo me reconoce… Porque el abuelo se lo contó al padre y el padre se lo contó al hijo, por eso soy reconocido. Pero soy un tipo totalmente normal”.
Una mentira piadosa que ni él se creía. En ese 22 de junio de La Mano De Dios y el Barrilete Cósmico confirmamos que Diego había bajado del Olimpo, no era un tipo normal. Pero el cruce con Inglaterra, donde el fútbol nació y empezó a gatear, había tenido episodios previos.
El 13 de mayo de 1980 ocurrió en el lugar donde suponemos deben encontrarse creadores y divinidades: en una catedral, en el estadio de Wembley. Esa noche la selección albiceleste cayó por 3 a 1, pero Diego ensayó la jugada de todos los tiempos que 5 años después lo coronaría. Apiló a los ingleses que se le pusieron enfrente, pero ante el arquero optó por definir al segundo palo. Salió afuera, por un pelito.
Aunque ya era estrella del fútbol argentino (deslumbraba en el Bicho de La Paternal y desembarcaría en Boca unos meses más tarde), Diego nació, estudió y se perfeccionó en el potrero. En la universidad de la calle, donde se forja el carácter, donde se aprende picardía y se gambetea a las piedras. Y en esa universidad nunca se deja de escuchar a los que compartieron tardes enteras de peloteo, jueguitos y rabonas.
“Cuando volví de esa gira, mi hermanito el Turco me dijo: ‘Pelu, te equivocaste… Tenías tiempo de amagar a pegarle tres dedos al segundo palo y enganchar para adentro y entrar con pelota y todo’. En el Mundial, cuando yo voy corriendo y encaro a Fenwick (…), juro que me acuerdo del Turco”. El 22 de junio de 1986, Diego le hizo caso a su crítico implacable y fraternal.
En febrero de 1981 fue la pasión musical la que hizo que –paradojas del destino- Diego posara sonriendo con una remera de Gran Bretaña al lado de un Freddie Mercury con la celeste y blanca, todo en el marco de la histórica gira de Queen por estas pampas.
Pese a las heridas que acusaba un sector de la Inglaterra futbolera con Peter Shilton como abanderado (llegó a existir un videojuego que se titulaba Peter Shilton´s handball Maradona, tal el rencor que guardaban por la mano de Dios), 9 años más tarde un profesor argentino de la legendaria Universidad de Oxford logró convencer al centro de estudiantes de que invitara al 10 a dar una conferencia.
Pese a algunas resistencias iniciales, el magnetismo fue más fuerte: el 6 de noviembre de 1995, Diego Armando Maradona fue condecorado como Maestro inspirador de los que todavía sueñan en la Universidad que –fundada 890 años antes de la gesta del Estadio Azteca- vio emerger y decaer un imperio. Y ese día de 1995, último cruce de Diego con Inglaterra, ese imperio cayó encantado a los pies del principal catedrático de la universidad de la calle.
