Por Matías Mosquera (@matiasmosquera)
Esta es la tercera parte de Crónicas Qataríes. Leé la segunda acá: https://lapelotasiempreal10.com/coberturas/cronicas-qataries-el-quiebre-espiritual/
El fútbol tiene sus estandartes. De eso están hechos los Mundiales. El naranja remite a Cruyff, al baile del ‘74, al gol de Kempes llevándose puesto todo, al control y balanceo de Bergkamp, al cruce de Mascherano a Robben, al “hoy te convertís en héroe”, a que ellos no ganan Mundiales.
Las historias traspasan generaciones, atraviesan cuerpos, y en el escenario el guión toma al personaje. La Batalla de Lusail. La confianza del envalentonamiento, de lo que venía forjándose, cruzado con la falta de nombres de peso propio en el rival. Confianza total. No era la Holanda del 98 imposible, era más parecida a la del 2014, más mecánica que naranja y sin Robben.
El partido arranca en la previa. En las afueras de Lusail hay grupos que revientan los datos móviles del teléfono viendo Brasil vs Croacia. Escucho que hay gol de Croacia y me voy al centro de prensa a ver los penales. Todos festejan el penal errado por Marquinhos. Contó Seba Varela del Río en alguno de sus streams que Scaloni tuvo que frenar el festejo de los jugadores tras la eliminación de Brasil.
Los primeros 10 minutos preocupan. Dumfries, carrilero derecho, juega libre. Va por el lado donde Messi no vuelve, se asocia y hace un quilombo bárbaro. Ahí aparece Scaloni y su cuerpo técnico. Leo que flote por el medio o por el otro lado. Pero que Julián, que había arrancado más por derecha, tape por acá. Se acabó la amenaza. Todo bajo control de nuevo.

El pase de Messi a Molina es algo que quedará para siempre. Hace poco escuché una entrevista donde cuenta en detalle lo que hizo, lo que vio, el paso a paso. Momento maradoniano total. El poder de los genios de detener el tiempo y de dejarnos imágenes congeladas para la eternidad. Historia pura en ese pase.
En el Mundial Messi pateó siete penales. Metió seis. Una barbaridad. El de Holanda fue la bisagra, porque venía de errar con Polonia. Había metido con Arabia, pero tenía a cuestas el de Islandia en 2018. Solo uno de los últimos tres penales pateados en Mundiales.
Cuartos de final, Holanda, un mamotreto de 2.03 que ocupa todo el arco. Freno, leve saltito, y zurda cruzada. Se queda clavado el gigante. Él mismo contará tiempo después que luego de Polonia cambió la forma de patear y volvió a la vieja fórmula de mirar al arquero. Otra vez, deteniendo el tiempo.
Descarga total. Y un Topo Gigio que vería luego, cuando me quedaría horas y horas scrolleando en Twitter hipnotizado con todo lo que pasó. Párrafo aparte para el Huevo Acuña, partidazo consagratorio para el de Zapala que hizo todo bien.
El primer gol del gigante holandés se vivió tranquilo. Pero el pelotazo de Paredes al banco de suplentes visibiliza una tensión que flotaba en Lusail, que se arrastraba desde la previa con el humo de Van Gaal y se agudizó durante todo el partido cada vez que Lahoz, ante una dividida, cobraba para ellos o frenaba todo para charlar. Charló tantos minutos como los que adicionó. Y ahí el mazazo.
Me quedaron dos cosas grabadas. Tres en realidad. La primera es aquel pelotazo de Paredes, esa plantada ante los holandeses, que me recordaba aquella frase de que no nos iban a dejar tirados.
La segunda es que no solo nos plantamos de guapos, nos plantamos con fútbol sobre todo. La entrada de Di María volvió a activar esa energía en el aire para que el equipo después del golpe domine y genere tantas chances en el alargue. Daba tranquilidad. Éramos mejores.
Mis libros dicen que el que remontó el partido gana los penales. Pero acá estaba escrita otra cosa. Como el Corán, de izquierda a derecha. Vuelvo con la enumeración que no me olvido que dejé sin terminar. Recuperamos. 1: Nos plantamos. 2: Futbolistícamente fuimos dominadores. Y bueno, la tercera, el Dibu. La tercera. Fue como que todos teníamos claro que lo iba a atajar.
Recuerdo también la bronca, porque lo vi muy claro desde donde estaba. Mientras los argentinos se abrazaban en la mitad de la cancha en el típico ritual de los penales, los naranjas estaban insoportables.
Caminaban por el círculo central, le hablaban a los árbitros, a los argentinos, de hecho es Dumfries el que cuando Enzo empieza a caminar para su penal lo persigue y le dice algo. Sale Di María a moverlo. Yo creo que esto no se vio tanto en la transmisión, pero desde la cancha se vio clarísimo.
Me indignó profundamente. Como jugador amateur que se creyó profesional mucho tiempo, he estado en definiciones por penales de alguna copa o eliminatoria, y la caminata hacia el penal es realmente un momento trágico y existencialmente desafiante. Lo que le vi hacer a Dumfries es una profanación total de los códigos del fútbol.
Es muy distinto a lo que haría luego el Dibu. Porque una vez llegados al área el duelo entre el pateador y el arquero es parte del libreto, de lo que tiene que pasar. A Lautaro directamente se le van los 10 encima, una patota que le quiero empantanar aún más la caminata más difícil para un ser humano. Por eso la explosión, por eso tras el gol la dedicatoria, hablen ahora, vengan ahora, cagones. De hecho Dumfries se va a ir expulsado tras los penales.
La sensación fue inmediata. Apenas termina queda la sensación de haber ganado una batalla mítica. En la vuelta a Barwa, o ya tirado en la rígida cama a las 3 de la mañana comiendo alguna chatarra del supermercado 24hs, me pierdo en el feed de Twitter y caigo de que efectivamente fue una guerra. Me descubro twiteando sobre las atrocidades de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales.
Los cruces finales, el Topo Gigio que me había perdido, la burla de Otamendi, el “andá p’allá”. Un partido bíblico. La Batalla de Lusail y la certeza de un destino manifiesto, de que esta vez sí, del otro lado del Rubicón, estaba Roma.