Por Matías Mosquera (@matiasmosquera)
Después del partido contra Arabia, la comparación con Rusia 2018 fue inevitable. Ahí también estuvo Scaloni. Testigo y parte de aquello que salió mal por todos lados. Enseñanza fundamental y fundacional de cómo no se deben hacer las cosas.
A medida que Argentina avanzaba de fases en Qatar, la referencia pasó a ser otra: Brasil 2014. Aquella proeza de la que se estuvo tan cerca. No estuve en Brasil, por lo que de mí no surgía, pero sí era algo que repetían periodistas que lo cubrieron de punta a punta. De todas maneras, todos concluían: nunca hubo una energía así. La identificación de la gente con el equipo fue clave.
Otro factor fue la mochila que Messi y compañía se fueron cargando año tras año y que soltaron, justamente, en Río de Janeiro. A contrarreloj. Sobre la hora. La Scaloneta, el meme que se hizo verdad, se alimentó de esa energía. La última Copa de Messi fue su motor y su sentido.
El propio Messi lo va a contar luego del Mundial. Tenía que ser así, elijo que haya sido así. Al final. Después de haber ganado todo y haber tenido tantos traspiés con la Albiceleste. Le dio una fuerza aún mayor.
Los que antes les daba un poco lo mismo si Messi ganaba o no, lo tomaron como personal. Y me incluyo. Confieso que hasta Rusia, donde mi trabajo siempre había estado atravesado directamente por el fútbol, no me cambiaba la vida.
El cuerpo técnico tenía una historia similar. Aimar, Samuel, Ayala y hasta el mismo Scaloni sufrieron grandes reveses en sus carreras a nivel selección. Algunos de esos reveses incluyeron a Messi como compañero, y él arrastró la maldición.
Y Diego. Era inevitable que su sombra se posara sobre el fútbol argentino. Porque Maradona siempre fue inevitable. Algo se desbloqueó con su muerte. La mística tiene estas cosas inexplicables.
La canción que acompaña a la Selección en Qatar es el máximo ejemplo de este cambio colectivo. Ya no se habla más de un “volveremo’ volveremo’”, de un Diego que los gambeteó. Habla de las finales que perdimos, de los años que pasamos llorando, pero de que eso se terminó. De haberlo dejado atrás. Y pone en palabras algo nuevo: ganar la tercera. No se quiere repetir el 86, se quiere ganar la tercera. Algo jamás pronunciado. Una nueva era. Con Diego alentando desde el cielo.
Sin embargo, vuelvo a mi travesía porque entre las semis y la final, me voy a Egipto. Una historia que arranca antes de la historia, atravesada por griegos, romanos, árabes, turcos, nubios. Atravesada, principalmente, por el Nilo. También por autos, tuctucs, motos, caballos, camellos y peatones que te pasan por arriba. Como el tiempo que uno busca en el lugar equivocado, en la tierra donde le ganaron para siempre.
Egipto es un caos que asusta, pero que frena cuando mirás de frente miles de años de historia. Meterse adentro de una pirámide puede ser un paseo más hasta que te metés. El turismo abruma y distrae, pero miro las paredes y veo los dibujos, los jeroglíficos.
Me fui 3 días de Qatar simplemente porque me era literalmente más barato ir, volver, hacer todos los tours posibles en El Cairo, quizá llevarme un pedazo de Pirámide, que una noche más en el país del Mundial. También me daba FOMO haberme ido un mes a Medio Oriente y no moverme de esa ciudad completamente artificial.
Pero apenas pisé el aeropuerto me arrepentí. A pocos días de una final, me estaba yendo. Cualquier persona normal dormiría en el estacionamiento de Lusail para asegurarse de estar.
Poco a poco la historia te va cayendo encima y cuando te das cuenta, estás perdido en el bazar Khan El Khalili, tomando un café en el mítico Fishawhi, que no ha cerrado sus puertas ni un día ni una noche en los últimos 200 años.

Mi recomendación, y avalada por gente de aún más experiencia, es que a los Mundiales hay que ir. Primero hay que ir. Luego entradas, alojamiento, movilidad, son detalles que se acomodan. Generalmente con plata, a veces más o a veces menos.
La noche anterior, como muchas de las noches en Qatar, es fiesta. En todo momento fue un territorio raro, sin bares, sin lugares públicos. Pero la fiesta no falta, y con alcohol claro. Se vuelve territorio internacional donde no aplica el Islam.
Las canciones de cancha que se repiten incansablemente, gente random de la infancia que aparece en medio de un pogo. Eso es el Mundial también. Bajar por el ascensor cantando y levantando por el aire al bangladesí o somalí que ya ni intenta pedir silencio en los pasillos y se deja llevar. Qatar en todo momento jugó para Argentina. O al menos entendieron el juego.
Sus protocolos y costumbres más fuertes quedaron detrás de la escenografía de Doha. A su vez, no hay estado policial que pueda frenar la marea argentina si los propios policías sacan sus celulares para llevarse un recuerdo.
Mi compañero de pupitre de prensa en el Lusail es el mismísimo Julito Leiva. La semi ya la había visto con él pero realmente no me había percatado de quién era. Repaso su vlog para Filo News y ahí estoy, inmortalizado.
Recuerdo al menos mi tranquilidad. Tranquilidad ante el primer gol, que en prensa se grita como en la popular. Periodistas, que ya no lo son tanto porque justamente la proliferación de nuevos medios, youtubers, influencers etc, ha descontracturado el rol de observador.
Miro el video de Julito y veo cómo se descontrola todo, camisetas de Argentina, gente corriendo por los pasillos. Recuerdo haber vivido la final bastante tranquilo para lo que fue. El 2-0 ni lo grito, pero me veo la mirada en el video y estoy perdido, ido. “De la tranquilidad a la incredulidad” le digo cuando me filma (audio 8.22 a 8.50).
El resto lo viví con tranquilidad. Ya habíamos atravesado estos escenarios con México y con Holanda, tenía el convencimiento de que esta vez iba a salir bien. Pero desconfío de mí mismo y ya en el entretiempo sentí el peso de haber estado tanto tiempo lejos de casa, en un estado de emoción y movimiento constante.
Tampoco estoy seguro de haberlo notado en el momento, pero siento que sí. Con el 2-2 de Mbappe se produce la mejor metáfora del Mundial. “Messi no cae de rodillas, eso no va a pasar. En esa decisión, que es una actitud, quizá esté el código secreto de esta historia”, escriben Ale Wall y Gastón Edul en La Tercera. Lo encontré también en mis notas. Esa imagen para mí simboliza el mundial y todo el proceso. Tantas imágenes viralizadas de Messi mirando el piso. Esta vez no.
El gol en el alargue se vive raro porque no se entiende. Cuando lo confirman, ahí sí llego a verle los ojos a Leo. Tiene cara de “esta vez sí”. El nuevo empate pega un poco más, pero más que nada por eso, porque le había visto la cara al 10 tras el 3-2.
En la atajada del Dibu no me acuerdo haber sentido nada, creo que ni me di cuenta que sucedió, de ninguna manera tomé dimensión. Me quedé más con la contra y que no puede ser que Lautaro haya cabeceado así, lo ganábamos. Me empiezo a convencer de que me sentía muy mal físicamente.
Sí puedo garantizar que en los penales sentí tranquilidad. Cada año que pase la leyenda agrandará las cosas que el Dibu le dijo a Tchouaméni. El dato que abre un capítulo más para el documental es el hecho que de que sea Montiel el que lo defina. La mística de la Zona Oeste de Buenos Aires para los penales.
La Vieja Moreno, Garrafa Sánchez, Ortigoza, Montiel. Un linaje, una experiencia forjada los sábados a la madrugada pateando penales por plata. La geografía juega desde sus rincones. Ahí se bordó parte de la tercera también.
Me sale observar. Mirar cómo la gente llora. Me abrazo con Julito y me quedo ahí, observando a mis alrededores. Me entra una llamada de mis amigos, pero no atiendo, estoy ahí, tratando de absorber todo con la mirada por momentos.
El gesto que tampoco veo en vivo y que luego decodifico como otra de las instancias claves es el “ya está” que le hace Messi a su familia. Es increíble que no haya podido pensar en otra cosa. Las finales perdidas, los años llorando, pero eso se terminó. Ya está.
Lo que más me emociona es haber visto a mi propio Maradona. No es lo mismo subirse a un mito que verlo nacer. Nada es lo mismo que Maradona, pero el proceso, ver la transformación, ver lo malo, eso lo acentúa mucho más. Ver que no le salga una, agachar la cabeza, irse sin hablar. El tiempo es el constructor de épicas y vaya si acá está trabajando.
Ver al tiempo frenado, trabajando, es lo que más me conmovió. El tiro libre a cualquier lado con Alemania. La imagen pasando cerca de la Copa. De golpe ya no duelen. Al tipo se le ocurrió ir al pasado a cerrarlo.
Y pudo, porque en realidad era algo mucho más grande que él. La causa del Mundial de Messi fue solo la excusa. La Cumbia de los Trapos sonando en el medio del desierto de Medio Oriente es el momento en que dimensiono todo.
No solo haber salido campeones del mundo, sino la locura de que haya más de 40 mil argentinos, con lo difícil que está siempre todo acá, en lo que supo ser el Corazón del Mundo. Si bien Qatar siempre fue periférico, fue parte de los grandes imperios de la historia de la humanidad.
De esta región surgieron los grandes mitos. Las religiones, la medicina y la matemática, la birra y el café. Ya había sentido algo similar cuando otros 40 mil colapsaron el perfecto transporte ruso para llegar a Kazan. Hoy, una cultura residual del Fin del Mundo, pero intensísima, está en el centro. Cantando su himno en forma de cumbia.
Cada vez que la escucho en un casamiento me corre una ráfaga de arena por la piel. Mi vuelo salía esa madrugada, así que medio que ahí terminaba la aventura. Una escala en Barajas donde estuve algunos días, totalmente destruído, casi sin salir de un cuarto con dolores de todo tipo. Viví los festejos pantalla de celular mediante. Horas de scroll. Perdiéndome quizá uno de los momentos más felices que guardarán casi todos mis conocidos. Me pareció un precio justo.
Juan José Panno, presente en Lusail, nos deja una analogía clave para entender el fenómeno. “Messi es el gran protagonista de esta tarde inmortal para el fútbol argentino, pero los héroes fueron todos. Dijo alguna vez Héctor Germán Oesterheld: ‘El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe ‘en grupo’, nunca el héroe individual, el héroe solo’”.
Estaba escrito. Argentina Campeón del Mundo.