Por Sebastián Pujol (@seba_del83)
Volver es siempre igual. El barrio lo recibe con cariño y delicadeza. Lo ya conocido: algún mural, negocios, casas viejas, nombres de las calles. Hace mucho que ya no vive en La Paternal. Estaciona a unas cuadras de la cancha y camina. El estadio Diego Armando Maradona aparece siempre al doblar una esquina, sin anunciarse.
La primera vez que pisó los tablones de la tribuna tenía nueve años y hacía poco más de dos que había llegado a la Argentina. Su padre era un diplomático inglés destinado a la embajada en Buenos Aires y compraron un departamento a metros de Boyacá y Juan B. Justo.
Padre e hijo empezaron a ir a ver a Argentinos Juniors cuando se hizo amigo de Bruno, el hijo del portero del edificio donde vivían y que jugaba en las inferiores. Un día les dijo que había un chico que estaba por debutar en primera y que no se parecía a nadie que hubiera visto jugar. Unos años más tarde, ese pibe de rulos debutaría en primera y sería el hilo conductor de la historia que lleva a John esta tarde nublada de nuevo hasta La Paternal.
Trotó para cruzar Boyacá y se metió rápido en el santuario, un espacio en desuso que Argentinos decidió transformar en un pequeño templo dedicado al mejor jugador de la historia. Se sacó la campera. Ya lo había visitado antes. Sin embargo, lo tentó volver a recorrer las paredes repletas de camisetas, banderas, botines y demás. Había quedado en encontrarse con dos jóvenes de la secretaría de comunicación del club. En cualquier momento debían estar por llegar.
John quiso ser periodista desde que tiene uso de razón. Pasaba gran parte del día encerrado en su habitación escribiendo. Su padre tocó algunos contactos y ni bien salió del secundario le consiguió un trabajo en la redacción del Buenos Aires Herald. Unos meses después las fuerzas armadas desembarcaron en Puerto Argentino.
Su amigo Bruno, que hacía el servicio militar, llegó a las islas a mediados de abril. Argentinos Juniors todavía sentía la partida de Maradona a Boca. Su padre estaba internado, su mejor amigo en Malvinas y, en plena guerra contra Gran Bretaña, él era un londinense trabajando para un diario inglés en Buenos Aires.
Nada volvió a ser igual después de la rendición argentina. Su padre falleció la misma noche en que él cubría los incidentes en Plaza de Mayo el 15 de junio de 1982. Al poco tiempo su madre se fue a vivir a Londres, John se mudó a Belgrano y su amigo volvió a La Paternal, pero ahora solo se veían los días de partido.
Recién la noche de su velorio se enteró de algunas otras cosas. El padre de Bruno lo llamó y le dijo que su hijo se había parado frente al tren San Martín, unos metros antes de la estación La Paternal.
Dos días después, Argentinos jugó la final de la Intercontinental contra Juventus. John vio, con lágrimas en los ojos, perder a su equipo. Siguió llorando varios días más. Por Bruno, por él, y por el suelo y la gente que lo había adoptado. Por todo y por todos.
Cuarenta años más tarde, mientras ve llegar a los dos pibes vestidos con camisetas de Argentinos, hace fuerza para contener las lágrimas. Se presentan y se sientan de cara al altar. John saca de la mochila una bolsa.
Un muñeco, les explica, se lo dio la novia de Bruno unos días después de su muerte. La novia de su amigo lo fue a buscar al día siguiente del partido contra Juventus a la salida de la redacción y le contó que Bruno lo encontró en una casa en Malvinas cuando emprendían una retirada. Era un muñeco de chapa de Bobby Charlton con la camiseta de Inglaterra y la copa Jules Rimet en brazos. A su novia le pareció buena idea que quedara en manos de John.
El otro muñeco llegó a sus manos en junio del ’86. John estaba en Londres. Su madre había muerto a fines de mayo y decidió quedarse algunos días en Europa. Miraría el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en la casa de un ex combatiente de Malvinas que había formado parte de la Marina Británica.
Tomaron el té con la televisión todavía apagada. Cuando estaba por comenzar el partido, llevó a John hasta el pasillo que conectaba con el baño y agarró un muñeco de plástico que desentonaba sobre una repisa llena de platos y tazas de cerámica. “Mi mujer no está muy contenta con esto”, dijo.
Se lo pasó y él lo agarró con ambas manos por miedo a que se le cayera al piso. Era un muñeco de plástico de no más de cinco centímetros de un Maradona que corría con la camiseta de la Selección Argentina. Dijo que lo encontró en una trinchera. Parecía orgulloso.
John quiso más que nunca en su vida estar en un bar porteño mirando el partido, tomando un café con leche y dos medialunas. El partido ya estaba por empezar y mientras John les hablaba sobre el Bichi Borghi, el otro crack de La Paternal, pensaba en el muñeco de Diego. La familia sonreía sentada en el sillón.

Ahora, varias décadas después, duda de sus recuerdos. En su memoria él presentía que el pibe de rulos que habían visto junto a su padre debutar con la camiseta de Argentinos Juniors en el ’76 iba a hacer algo maravilloso. Muchas veces estando en la cancha tuvo la premonición de que algo extraordinario iba a pasar. Una sensación que flotaba en el aire.
Aunque quienes van a ver fútbol desde chicos saben identificar esos momentos, nunca le había pasado viendo un partido por televisión. Pero en su recuerdo él intuyó lo que finalmente pasó.
Los dos niños ingleses con la camiseta del West Ham ya no veían el partido y habían vuelto a correr por toda la casa cuando Diego agarró la pelota en el segundo tiempo, dejó dos ingleses en el camino, se la dio a Valdano y fue a intentar ganarle de cabeza a Shilton.
El soldado inglés no se inmutó. Se limitó a levantar su mano izquierda y esperar el fallo arbitral. La mujer miraba sin entender. Recién cuando volvió a rodar la pelota comenzó a quejarse, y seguía haciéndolo cuando unos minutos más tarde el genio del fútbol mundial eludió a todos los que se le cruzaron en el camino, la mandó a guardar y dejó a todo el mundo preguntándose de qué planeta había venido.
John gritó el gol de la manera en que se festejó frente a todos los televisores argentinos: saltando de la silla, con los puños apretados, rompiendo la voz, buscando a alguien para abrazar. No tenía a nadie.
Los niños ingleses habían dejado de jugar. La dueña de casa parecía asustada. Solo el ex marino lo miraba con desprecio. “You’re a fucking argie”, escupió y apagó la televisión, mientras John pensaba en una sola cosa. Pidió ir al baño. No le respondieron y fue igual. Cuando volvía agarró el juguete de Maradona, se lo metió en el bolsillo de la campera y salió.
Esa noche no durmió. Escribió dos versiones de lo sucedido. Una más formal que envió al día siguiente a la redacción. La otra se la guardó. La tarde de noviembre de 2020 en la que su mujer le dijo que Diego había muerto se acordó de Bruno y la historia de la guerra y los muñecos. Hoy, por fin, pensaba darle un cierre.
Nunca dejó que nadie leyera esa segunda versión. Cuenta la historia de dos muchachos hinchas de la Asociación Atlética Argentinos Juniors, uno porteño y otro londinense. Sobre cómo uno de ellos decide quitarse la vida porque no soporta tanto dolor y frustración y el otro, el inglés, acaba convirtiéndose en un fucking argie, en un argentino más. Sobre la carrera heroica de un pibe de rulos nacido en el sur de Buenos Aires y una reivindicación simbólica.
La historia termina con el relato de lo que hizo este argentino nacido en Uptown Park, al este de Londres. Lo mismo que un argentino nacido en cualquier parte del mundo hubiera hecho: llevarse lo que le correspondía, traer a su tierra a ese Diego de cinco centímetros hecho en plástico.
Buscan un lugar en el santuario donde ubicar los dos muñecos y detrás colocan el texto escrito aquella noche del 22 de junio de 1986. Se sacan algunas fotos y se despiden. John dobla una esquina. Se voltea a ver, pero el estadio ya está escondido tras las casas. Sube al auto y el barrio empieza a despedirlo con cariño y delicadeza. Lo de siempre, lo conocido: algún mural, los negocios, casas viejas, los nombres de las calles.
