Por Elías de Arce (@eliasdearce)
Hablando con Elvis José de fútbol y otras cosas buenas de la vida, siempre se acordaba del mundial del ’86. En su casa no tenían televisión para entretenerse, pero sí un radio viejo color hueso con una antena torcida, parecida a la línea que mide los índices de pobreza en África, Asia y América Latina. Así eran las cosas en la casa de Elvis José. A veces no había con qué mojar el pan.
Ese era el primer mundial de fútbol que se registraba en la memoria de Elvis José, y estaba muy atento a su desarrollo. Lo mismo les pasaba a sus amigos de barrio, que jugaban fútbol en un lote de terreno que habían desmontado con el permiso de don Domingo, un anciano buena gente dedicado a arreglar los carros viejos del pueblo.
Domingo no quería que ningún chico anduviera en malos pasos para que no le pasara lo mismo que le había sucedido a su único hijo varón, Dominguito: cayó en el mundo de las drogas y un día cualquiera apareció en la “lista negra”. Tuvo que marcharse del pueblo. Poco tiempo después, para un día de las madres, apareció tirado muerto a las orillas de un río de ciudad amurallada. Tenía varios impactos de bala en el cuerpo. De todos esos orificios salió humo con olor a munición de estado.
Sin importar el calor que siempre hacía en el pueblo, Elvis José y sus amigos se la pasaban jugando en aquel potrero, al cual llamaron La Bombonerita. Se los podía ver todos los días en cualquier horario a pata pelada y descamisados. Elvis José y sus amigos eran muy pobres, pero inmensamente felices y sobre todo muy optimistas. Todavía el pesimismo no hacía parte de sus vidas.
Me contaba mi amigo, al que conocí en una protesta contra el imperialismo yanqui, que el primer partido del Mundial lo vio sentado en las baldosas relucientes de la sala de la casa de la niña Ana. Toda la cuadra estaba allí, no cabía un alma más. Era la única casa que tenía televisor a color. Esa vez la sala quedó hecha una mierda, por lo que el esposo de la niña Ana cerró las puertas y ventanas hasta dos días después de haber terminado el torneo.
Los otros partidos mi amigo defensor de los derechos humanos y asesinado por paramilitares los vio desde la ventana de alguna casa del barrio de los ricos, junto a varios de sus amigos que tampoco tenían televisor.
Debo decir que a mi amigo Elvis José una de las cosas que le dolió de ese mundial fue la eliminación de Brasil en manos de Francia. Era un equipo de América del Sur, y siempre todos los que somos de acá, queremos que ganen los de acá.
Ese día que Argentina derrotó a Inglaterra en los cuartos de final de la Copa Mundial de México 1986, muchos en ese pueblo no pudieron verlo porque llovió, y siempre que caía agua del cielo y venía con rayos y centellas, la luz eléctrica se iba.
Es increíble, pero eso todavía pasa en ese pueblo ubicado cerca del mar, donde aún hoy día la gente sigue arriando agua en burros o en carretas ya que no hay un dirigente que valga la pena.
Puesto que el radio viejo también funcionaba con batería o pilas eléctricas, todos los de la cuadra del barrio El Carmen pusieron plata y compraron las doce baterías que necesitaba el radio, y de esa manera lograron escuchar ese partido.
A los alrededores de la casa vieja con techo de palma, paredes levantadas con guaduas (bambúes) y repelladas con barro, pisos en tierra y cercas de palito, había gente de todas partes del pueblo, pues el radio de Elvis José tenía una potencia y sonido increíble.
Había logrado adaptarle una antena de cobre para escuchar noticias desde cualquier rincón del mundo, ya que los noticieros de acá a veces no dicen la verdad. Así tuvieron la dicha de sintonizar la narración de Víctor Hugo Morales del Gol del Siglo y la Mano de Dios.
Ese veintidós de junio del año 1986, Maradona no solo era héroe en su país. Lo era en todos los pueblos del mundo donde un potrero o campo de fútbol árido se convertía en el lugar perfecto para soñar con cosas que le dieran alegría a la humanidad.
La luz no volvió tampoco al día siguiente, por lo que no podía acceder a la repetición de los goles por televisión. Los diarios se habían vendido en tiempo récord. En vistas de esa situación mi difunto amigo Elvis José se dirigió a la biblioteca del pueblo. Sabía que allí el repartidor de la prensa dejaba un ejemplar del periódico más leído a nivel nacional. La fila de gente esperando turno para leer las páginas dedicadas al Mundial era enorme.
Quiso Elvis José ser el último en leer ese periódico, y cuando lo hizo, ratos después, la luz eléctrica llegó y pudo desde la ventana de la casa del político que mandaba en el pueblo, apodado Maquiavelo, ver a color la repetición de los goles que Maradona había anotado. Después de aquello todos en el campo de fútbol llamado La Bombonerita querían ser como Maradona.
Elvis José no sabía por qué, pero recordaba como si fuese hoy que la Gitanita, la partera del pueblo y de quien se dice sabía cosas del más allá, desde que Maradona en ese Mundial hizo su primer gol a los italianos predijo que Argentina sería campeona del mundo y Diego Armando Maradona la gran estrella de ese mundial. No se equivocó. La Gitanita se dedicó desde entonces a la quiromancia y se llenó de plata para después morir en la ruina.
Casi cuarenta años después de haber terminado el Mundial de fútbol de México 1986, debo confesar (ya que el proceso penal prescribió porque nunca se pudo dar con el autor de ese hurto que alborotó al pueblo) que fue Elvis José, porque él mismo me lo contó en vida, quien robó la página central del periódico de la biblioteca municipal. En ella se leía: “Diego Armando Maradona, el atleta que juega fútbol con dos corazones, uno en el pecho y otro en sus manos”.
