Por Kwame Twumasi-Ankrah, fundador de Pattern Of Play
Traducción de Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Este artículo fue originalmente publicado en https://kwametwumasiankrah.substack.com/p/the-most-visible-the-least-in-control. Traducido y reproducido con permiso del autor.
Existe una versión de la historia del fútbol africano de cara al Mundial de 2026 que es verdaderamente histórica. Diez selecciones. La mayor representación continental en la historia del torneo. Una nación del norte de África confirmada como coanfitriona del Mundial de 2030. Jugadores africanos en la élite del fútbol europeo. Según todos los indicadores externos, el fútbol africano nunca ha tenido tanta influencia en el ámbito global.
Y esa versión de la historia es cierta. Pero he aquí la versión que no se cuenta: cada aspecto de ese poder externo fue otorgado por una estructura que el fútbol africano no controla, el logro de 10 selecciones clasificadas existió porque la FIFA amplió el torneo a 48 y la coorganización de 2030 se concedió tras cinco candidaturas fallidas a lo largo de tres décadas.
Los jugadores africanos en la élite del fútbol europeo están ahí porque los clubes europeos los consideraron útiles. Los formaron, los contrataron y establecieron las condiciones de su traspaso. El cambio cuatrienal que la CAF anunció en vísperas de la última Copa Africana de Naciones (AFCON) se debió, en palabras del propio presidente de la Confederación Africana de Fútbol, a que tuvo que ceder ante el calendario mundial.
La historia externa es real. También lo es el patrón subyacente. El momento de mayor visibilidad del fútbol africano se basa sustancialmente en permisos otorgados por instituciones que no gobierna, decisiones tomadas en salas que no preside y una economía global del fútbol cuyas reglas no dictó. Este artículo trata sobre ese patrón.

¿Cómo se manifiesta lo otorgado?
En enero de 2017, la FIFA votó por unanimidad a favor de ampliar la Copa Mundial a 48 equipos a partir de 2026. En mayo de ese mismo año, el Consejo de la FIFA ratificó la asignación de plazas: nueve garantizadas para África, en lugar de las cinco anteriores, con una décima disponible mediante una repesca intercontinental. La decisión fue de la FIFA. Las cifras fueron de la FIFA. África recibió lo que la FIFA determinó que debía recibir.
En junio de 2018, la FIFA votó para elegir la sede del Mundial de 2026. Los candidatos fueron una candidatura conjunta de Estados Unidos, Canadá y México, y Marruecos. La votación fue de 134 votos a favor y 65 en contra. Marruecos perdió.
En diciembre de 2024, el Congreso Extraordinario de la FIFA confirmó a Marruecos, España y Portugal como coanfitriones principales del Mundial de 2030, junto con los partidos del centenario en Uruguay, Argentina y Paraguay. Era el sexto intento de Marruecos por organizar un Mundial, tras haber fracasado en 1994, 1998, 2006, 2010 y 2026. La candidatura tuvo éxito cuando Marruecos se unió a una alianza europea que la FIFA consideró aceptable. Los derechos de organización estaban vinculados a dicha alianza.
Nada de esto resta mérito a lo que Marruecos ha construido ni a los logros del fútbol africano. Pero sí aclara algo importante sobre la naturaleza de este logro. Los avances se han logrado a través del sistema futbolístico global al volverse comprensibles, útiles y compatibles con él, no al transformarlo.
Hay una diferencia entre poder y visibilidad. La visibilidad es lo que otros te otorgan. El poder es lo que se ejerce en tus propios términos. El fútbol africano, en 2026, cuenta con más visibilidad que nunca en su historia. La cuestión del poder es considerablemente más compleja.

El precio del compromiso
En vísperas de la Copa Africana de Naciones el presidente de la CAF, Patrice Motsepe, anunció que la Copa Africana de Naciones pasaría a celebrarse cada cuatro años a partir de 2028. La competición, que normalmente genera el 80% de los ingresos anuales de la CAF, se celebraría cada cuatro años, en consonancia con la Eurocopa de la UEFA y el calendario futbolístico mundial. Cuando lo anunció, al lado suyo se encontraba el secretario general de la FIFA.
Las razones expuestas eran coherentes. Buscaban reducir la tensión con los clubes europeos por la cesión de jugadores, alinearse con el calendario mundial de partidos y generar mayor prestigio en torno a un torneo menos frecuente. Estas son consideraciones válidas.
Pero consideremos también lo que ocurrió en ese momento. El anuncio lo hizo el presidente de la CAF junto al secretario general de la FIFA, no la CAF sola. Se hizo antes de que comenzara el torneo, antes de que los entrenadores y jugadores de la competición hubieran terminado de expresar su oposición.
El seleccionador de Mali, cuyo sustento y selección nacional dependen de la Copa Africana de Naciones, declaró públicamente que la decisión no beneficiaba al fútbol africano sino que era una decisión tomada por la UEFA, los clubes europeos y la FIFA sin tener en cuenta los intereses deportivos del continente. La institución procedió de todos modos.
Vale la pena recordar lo que dijo Motsepe en ese momento: “Tenemos que comprometernos”. El compromiso no es intrínsecamente malo y las instituciones en un sistema global siempre negocian. Pero la dirección del compromiso es importante.
CAF reorganizó su principal competencia, su principal fuente de ingresos y su principal mecanismo para desarrollar y sostener la identidad continental, en respuesta a la presión de los clubes europeos y el calendario mundial.
No porque el fútbol africano decidiera que estaba listo. No porque los entrenadores y las federaciones del continente lo pidieran. Porque el sistema que controla a los jugadores, los derechos de transmisión y el valor comercial del fútbol africano exigía un acuerdo diferente. Eso no es que el fútbol africano ejerza poder. Eso es que el fútbol africano se adapte a él.

El patrón subyacente
Esta no es una dinámica nueva. Es la misma que puso fin a la restricción de jugadores extranjeros en 1982. La CAF introdujo esa regla en 1965 específicamente para limitar el número de jugadores extranjeros en cada plantilla, una medida diseñada para retener a más jugadores africanos en el continente, fortalecer las ligas nacionales, desarrollar canteras de talento local y resistir la fuga de talentos estructural que ya era evidente. Se mantuvo vigente durante diecisiete años.
Luego fue abolida, bajo la presión de la misma economía global del fútbol que desde entonces ha absorbido a la mayoría de los jugadores más talentosos de África en ligas, academias y contratos europeos. El patrón a lo largo de seis décadas es consistente. El fútbol africano reivindica su posición. El sistema global ejerce presión. El fútbol africano se adapta.
Cada adaptación tiene una justificación racional. El cambio de 1982 permitió a los jugadores africanos competir al más alto nivel. El cambio cuatrienal reduce la tensión entre clubes y selecciones nacionales y potencialmente genera mayor valor comercial en torno a la Copa Africana de Naciones (otro torneo de nivel continental). La coorganización de 2030 trae consigo una inversión real en infraestructura y reconocimiento mundial. Ninguna de estas son pérdidas directas.
Pero el efecto acumulado de décadas de adaptación es que un organismo rector anuncia la reestructuración de su principal competición junto a un funcionario de la FIFA, en vísperas de su inauguración, a pesar de las objeciones expresas de los más afectados. Así es como se vive internamente el momento de mayor relevancia internacional del fútbol africano.
El sistema que produjo este momento en particular es un sistema en el que el poder externo del fútbol africano y su soberanía interna se mueven en direcciones opuestas. Más visible, más representado, pero con menos control sobre los términos de esa representación.
Eso es lo que está detrás de la celebración. Y una vez que se ve, es imposible ignorarlo: en el torneo, en las ruedas de prensa, en las decisiones que se tomen en los años que transcurran de aquí a 2030. La pregunta no es si el fútbol africano está en auge. Claramente lo está. La pregunta es, ¿hacia dónde se dirige ese auge y en qué términos? Esa respuesta está por verse.
