Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
Es una de las imágenes más repetidas de la historia de los mundiales. 1974, Mundial de Alemania. Mwepu Ilunga era parte de la barrera que se enfrentaba al peligroso tiro libre brasileño. El árbitro hizo sonar su silbato, Rivelino se aprestaba a ejecutarlo cuando el jugador del Zaire abandonó la formación, pegó un pique y despejó la pelota hacia campo contrario. Una acción sorpresiva que parecía absolutamente incomprensible.
Durante mucho tiempo se pensó que Ilunga y el resto de jugadores zaireños directamente no conocían el reglamento, aunque en realidad había una historia mucho más oscura detrás. Hoy los jugadores de la RD del Congo -ex Zaire- demostraron que ese viejo prejuicio, sesgado por un inherente racismo, ya quedó atrás. Pero en cambio sí ignoraron una regla no escrita: que el precio de arriesgar contra una selección como Inglaterra puede ser muy alto.
Desde el primer minuto hicieron, como Ilunga en el ’74, lo inesperado. Arrancaron defendiendo bien y atacando mejor, jugándole de igual a igual a toda una potencia. Allí se comenzó a erigir la figura de Cipenga, el wing izquierdo, y vino su gol.
Un pase largo de Mbemba, el marcador central derecho, lanzado desde la mitad de la cancha, cruzó el área diagonalmente hasta llegar a Cipenga en la otra punta, completamente solo porque Spence, el lateral inglés, se había cerrado sobre el centro delantero. Floja respuesta de Pickford.
Inglaterra no había digerido bien el gol. Se prodigaron las imprecisiones, los errores no forzados. Los africanos no se inquietaban por la tenencia de los ingleses, porque sabían que se morían en el centrito mientras ellos especulaban con el contragolpe.
Cuando lo que se preveía era una acentuación de esta superioridad congoleña, sonó la campana del hydration break y con ella el cambio de planes. Aunque la última y más clara ocasión fue de la RD del Congo, el dominio inglés ahora sí era notorio.
Kane no quiso
Me tocó cubrir los primeros dos partidos de Inglaterra (Croacia y Ghana). Conozco bien al equipo y puedo decir que lo único que los mantiene por encima de la línea de pobreza, retomando los términos que empleé semanas atrás, es la figura de Harry.
Hoy fue Harry el que no quiso el ridículo, no quiso ni siquiera irse al alargue. Lo empató de cabeza, tras un muy buen desmarque (floja reacción del arquero, que venía siendo figura) y lo dio vuelta con un golazo en el que escapó entre varios defensores y sacó un sablazo implacable dentro del área. Con esos dos impactos terminó asesinando la ilusión de la utopía imposible.
Dicen que este viene siendo el Mundial de las estrellas porque las más grandes figuras (Messi, Vinicius, Mbappé, Olisé, etc.) vienen metiendo goles de a montones. Una de esas figuras es Harry Kane, que termina esta jornada siendo el sexto goleador histórico de los mundiales (empatando a Just Fontaine) superando nada menos que a Pelé, y con apenas un partido más.
La humilde RD del Congo tuvo la mala fortuna de encontrarse de frente contra uno de los más grandes jugadores ingleses de todos los tiempos, pero el duelo entre africanos y europeos se reeditó tan solo dos horas después.

“Seattle”, una película de 132 minutos
Hay que ver cómo envejece en la memoria colectiva. Sinceramente no creo que lo hayan visto demasiadas personas en vivo. No muchas personas recuerdan el gol de Archie Gemmill a Holanda en el ’78 o la tijera de Negrete contra Bulgaria en el ’86. Puede suceder eso mismo con este gol que, para mí, es el mejor hasta ahora de la actual Copa del Mundo.
Desde la izquierda vino un pase de Niakhaté. Fue un pelotazo de 50 metros digno de la maestría de Gerson en sus tardes más memorables de México ’70. El héroe esta vez fue Ismaila Sarr, que se vistió de Pelé y durmió la pelota en su pecho para luego a la carrera despedir un tiro violentísimo que dejó sin chances a Thibaut Courtois. Sin dudas lo mejor del día.
La historia cerraba perfecta, ya tenía la crónica escrita. Habalaba de cómo Senegal había vengado lo ocurrido en el partido antes relatado al vencer con contundencia a Bélgica, porque así lo fue durante 70 largos minutos en los que física y tácticamente la diferencia en favor de los africanos fue increíble.
Tenía preparadas varias líneas despidiendo a los Diablos Rojos. De hecho, les voy a transcribir un fragmento: “Especialmente desilusionantes fueron las actuaciones individuales de sus buenos jugadores como Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku y, sobre todo, Jeremy Doku. Se van de la copa sin dejar nada, ni una imagen, ni un recuerdo”.
No estaba errado. Era el fiel reflejo de la realidad. Una realidad que rápidamente dejaría de existir. Porque Senegal tradujo la supremacía en goles, dos goles. Una distancia confiable a falta de 40 minutos. Pero sucedió lo que dice esa frase poco repetida que sostiene que el 2 a 0 es el resultado más engañoso.
Resurrección
En una ráfaga contra la lógica, Bélgica casi sin quererlo empató el partido en tres minutos. Un chiste de mal gusto. La dinámica de lo impensado. A partir de ahí fue como The Walking Dead y los que antes estaban muertos se levantaron entre las ruinas y empezaron a empujar.
Durante el suplementario la lucha no claudicó, arriesgaron, fueron a buscar el resultado los dos equipos. Y cuando el tiempo ya estaba cumplido, y se pensaba más en los penales que en otra cosa, un centro a rastrón belga cruzó el área. Hubo un contacto en el medio. La pelota pasó y Lukébakio reventó el travesaño. El VAR llamó y el árbitro dio penal, ejecutado magistralmente por el capitán Tielemans. Simplemente uno de los partidos más caóticos del Mundial.
Una fecha especialmente triste para los fanáticos de las gestas heroicas y los defensores de los humildes. Pero el fútbol es fútbol y se caracteriza por trámites como estos, en los que a veces toca sufrir y otras gozar. Viene siendo un torneo mal jugado en mi opinión, pero ciertamente divertido y con todo eso que le gusta a la gente: muchos goles, goles agónicos y cambios en el marcador… Aunque yo diría que son muchos goles y poco fútbol.
