Por Matías Mosquera (@matiasmosquera)
La potencia del hecho de ir a un Mundial reside en las costumbres y en el patriotismo fuera de contexto. Al llegar a una tierra mundialista uno va recibiendo señales: el aeropuerto mismo ya tiene mensajes de bienvenida, el sello del pasaporte por las autoridades qataríes con el logo de la copa ya te suben.
Después viene la inauguración, en aquel Qatar vs Ecuador en Al Bayt, con el Jeque presente. Son ceremonias a las que por tele no se les ve mucho sentido pero que en el estadio son una demostración de la potencia de la civilización humana.
Aún así, el Mundial realmente empieza, o al menos uno se da cuenta de que empezó, cuando llega el primer día de partido de la Selección y uno se desplaza hasta el estadio. Solo entonces se puede comenzar a sentir algo distinto.
Estoy en Barwa Barahat Al Janoub, que todavía no es el Barrio Argentino. Es un búnker con viviendas a estrenar en el medio del desierto, lo más barato que se podía encontrar en Qatar (100 dólares un cuarto para dos, que podías rebuscarte para compartir entre cuatro). Forma parte del territorio FIFA que se arma en los Mundiales, con colaboradores ayudando a los viajeros de todo el mundo y transporte gratis.
Salgo bien temprano porque ya venía midiendo las distancias y Doha estaba empezando a colapsar en algunos puntos. Unos bondis que salían cada 20 minutos hasta el límite con Doha. Un viaje compartido con marroquíes, mexicanos y, no sé por qué, colombianos. En el bondi somos 20-30. Muy temprano todavía. No son ni las 9 de la mañana y el partido es a las 13.
Así voy a la cancha yo, por laburo o como hincha, no importa: muy temprano. Después de casi 40 minutos de bondi se llega a la estación de Al Wakra, la última adonde llega la red. Estoy en el medio de la nada, el sol pega y en la inmensidad del desierto los argentinos se mezclan y se dispersan. Todavía no estamos. Desde esta estación remota el tren va semivacío. Pasa uno cada 2 minutos.

A medida que se acerca a Lusail, uno va viendo cómo en cada parada suben más argentinos. El punto de inflexión es la última estación. Por la ventana ya se ve el estadio y es hipnótico. Se abre la puerta y ahí cambia todo. Te cae la ficha. Bajan argentinos de todos los vagones y se suman a los que ya bajaron hace 2 minutos, hace 4, hace 6. Se escucha el bombo y el “para seeeer campeón, hoy hay que ganaaar. Vamos vamos Selección”. Ahora sí. Estamos.
La caminata por la estación ya saca una primera lágrima. Retumba por el pasillo, la marea argentina es infinita. Adelante hay más, atrás viene otro tren con más. El estadio dorado brilla y el soundtrack emociona. Toda esta gente viajó 14 mil kilómetros. Eso es el Mundial. Una verdadera locura.
La primera imagen que tengo de un Mundial es de 1994, con 5 años. Fugaz. Ya jugaba al fútbol, pero no recuerdo si tenía noción de quién era Maradona, y menos aún registro de las piernas cortadas. Pero me quedó un instante: agarrar un fixture de esos de heladería y mirarme todas las banderas.
Ahí me veo repasando grupo por grupo, descubriendo colores y formas. Una me llamó la atención para siempre, Arabia Saudita. Imposible saber qué de todo esto realmente pasó y qué fue construido luego. Pero ahí estaba, una bandera verde con unos garabatos y ¡una espada! No había ninguna otra así.
Eso también lo debo haber construído luego, pero me autoconvenzo de que esa fue la piedra basal para fascinarme por las culturas de este mundo, con las banderas y el fútbol como puerta de entrada. Ahí reside la manija de venir hasta este territorio tan inhóspito como trascendental.
“La derrota inesperada golpea, pero refuerza la fascinación por un deporte que no pide credenciales. Como todos sus jugadores juegan en la liga local, el Reino de Arabia Saudita concluyó la liga y los puso a todos a entrenar juntos, a coordinar movimientos, a prepararse físicamente. Se plasmó a la perfección. Un Mundial en el desierto, sin alcohol en las canchas ni las calles, en diciembre, con árabes copando estadios y dando el primer golpe futbolístico. Se juega en Medio Oriente, una región que es mucho más que petróleo”
Eso escribí luego del partido. Un poco tuve la sensación de otra vez que arrastraba de Rusia, donde todo lo que podía salir mal salió mal. Incluso cuando la energía era otra, cuando Messi era otro, tuve un instante de “bueno, quizá no es para él ni para mí”.
Pero la realidad es que el foco se me fue enseguida a la fascinación por los árabes, locales absolutos en el estadio y las calles. Sus gritos de guerra contagiaron al equipo. Un poco me alegré por ellos. Por la oportunidad que tuvieron de poder ver un Mundial cerca de su casa y de guardarse este recuerdo eterno.
El golpe de realidad, que en retrospectiva lo vemos como necesario, detuvo el tiempo. Lo que parecía de memoria ahora era dudas. Romero tocado, Paredes sin ritmo, De Paul impreciso, Messi con una molestia. Pero de golpe leo en twitter. Porque así es estar en un Mundial también, no ver la tele.
“No los vamos a dejar tirados” dice Messi, y pone en marcha la Scaloneta de nuevo. Apenas leí la frase, y más cuando la escuché, recordé Rusia, donde a cada golpe le seguía el silencio y la cabeza baja. Esto era nuevo.
