Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
Cuando Alberdi llama, Belgrano responde. Esta vez no con una permanencia heroica, ni con una noche histórica de ascenso o una hazaña contra un gigante. Esta vez respondió con la conquista máxima: campeón del fútbol argentino tras derrotar 3 a 2 a River Plate en una final inolvidable disputada en el Kempes. Morales abrió el camino y Uvita Fernández, el hombre menos pensado, escribió el desenlace con un doblete agónico que quedará tatuado para siempre en la memoria pirata.
El partido de los no look. El clásico ganado. El plantel teñido de celeste cuando todavía faltaban tres fechas, como Rumania en el 98. Los dos match point levantados en La Paternal. Dar vuelta una final contra River con dos goles en los últimos instantes. Belgrano construyó capítulo a capítulo una historia que en varias ocasiones pareció quedar inconclusa porque el fútbol no siempre premia las buenas historias.
Este Belgrano campeón no se explica únicamente desde lo futbolístico. Se explica desde la pertenencia. Desde la identidad. Desde la sensación de que el club decidió mirarse al espejo y reencontrarse consigo mismo. Barrio Alberdi llamando. Y todos volviendo.
Volvió Lucas Zelarayán, el chico que alguna vez soñó en silencio con este momento. “Siempre soñé con ver a Belgrano campeón”, declaró después de la consagración. Y hay pocas cosas más hermosas en la vida de un futbolista que salir campeón con el club de sus amores.
Es materializar todas las fantasías de la infancia: las copas imaginarias en los picados de barrio, los goles contra mochilas haciendo de conos, los relatos inventados con goles que valen títulos. Zelarayán volvió para eso. Se puso la cinta de capitán y desplegó todo su fútbol al servicio de una causa pendiente desde la cuna.
A su lado apareció otro hijo pródigo: Franco Vázquez. La de Vázquez y Zelarayán fue una SAD. No una Sociedad Anónima Deportiva, sino una Sociedad de Alto Desequilibrio en favor del pueblo pirata. El Mudo quiere tener la pelota. La pide, la usa, la protege, la devuelve limpia. Él dicta los tiempos. Un oasis de otra época entre tantos futbolistas programados para jugar a dos toques. Como escribió Matías Manna en La Voz del Interior: “pelota que recupera termina en los pies de un compañero”. Y ahí aparece la diferencia conceptual.
Alrededor de ellos apareció el complemento perfecto: Emiliano Rigoni. Picador en el Belgrano de los pasadores. Qué importante es para asistidores del calibre de Zelarayán y Vázquez tener un futbolista así. Un volante que rompe, arrastra marcas y abre caminos. El socio ideal. El intérprete necesario. Con el pelo celeste como Rodrigo, porque este equipo es profundamente cordobés.
Detrás de todos ellos, firme en el timón, estaba Ricardo Zielinski. El Ruso, capitán eterno del barco pirata. Sin estridencias. Sin espamentos. Con la calma de quien entrega las vicisitudes del partido a la creatividad de sus líderes futbolísticos y se encarga del resto: armar bloques impenetrables y estructuras confiables. Su Belgrano sabe resistir y sabe golpear. También sabía que atrás tenía a Thiago Cardozo, arquero gana partidos. De esos que aparecen cuando la historia exige una atajada imposible.
Y cuando la final parecía escaparse o empantanarse en la tensión, apareció el héroe inesperado. Nicolás Fernández, Uvita para todos. Resistido durante mucho tiempo. Pero el fútbol tiene una fascinación particular por las redenciones. Dos goles agónicos en una final contra River alcanzan para convertir cualquier pasado incierto en eternidad.
En las altas esferas también hubo conducción. Luifa Artime, presidente e ídolo, entendió algo fundamental: los clubes se construyen desde el sentido de pertenencia. Y Belgrano lo inculcó desde arriba hacia abajo. El mensaje fue claro: para competir primero había que volver a reconocerse.
Por eso Barrio Alberdi fue mucho más que un escenario. El Gigante fue corazón y símbolo. Un estadio incrustado en un barrio obrero y popular. El barrio de Agustín Tosco y Rodrigo. El barrio donde ascender socialmente siempre implicó esfuerzo colectivo. El barrio donde las paredes hablan de fútbol, política, música y resistencia. Ahí nació este equipo.
Barrio Alberdi llamó.
Y Belgrano es campeón.
