Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
En la fría Vancouver, Colombia no pudo generar calor a partir de sus gambeteas y toques. Todo pareció desarrollarse bajo una temperatura emocional demasiado baja para un equipo que necesitaba incendiar el partido. Incluso las tribunas, habitualmente entregadas a la marea amarilla, estuvieron más silenciosas de lo habitual, como si intuyeran desde temprano que esta vez la historia no tendría un final feliz.
El encuentro, en realidad, comenzó varias horas antes del pitazo inicial. La noticia de la ausencia de Johan Mozambi modificó el escenario por completo. En un Mundial siempre duele perder a un gran futbolista, pero también a esos jugadores que uno enciende el televisor para ver. Su baja le quitó una dosis importante de imaginación al partido.
Aún así, Suiza es una selección que cambia de nombres, de generaciones y hasta de estilos ofensivos, pero jamás de personalidad. Ya no están Xherdan Shaqiri ni Yann Sommer, dos emblemas de la última década, pero los suizos siguen haciendo exactamente lo mismo: arremangarse los pantalones, trabajar cada jugada con paciencia y convertir cualquier partido en una tarea incómoda para el rival.
Lo hicieron en Brasil 2014, cuando aquel remate de Dzemaili que devolvió el palo -bendecido, dirían algunos, por el papa Francisco- evitó una eliminación prematura de la Argentina de Alejandro Sabella. Lo repitieron en la Eurocopa 2020, cuando dejaron en el camino a la campeona del mundo, Francia. Y volvieron a hacerlo hoy.
Granit Xhaka es el mejor resumen posible de esa identidad. Juega con una serenidad casi sobrenatural, como si viera el partido unos segundos antes que el resto. Da la impresión de que podría cerrar los ojos como su -casi- homónimo de la casa de Virgo y aun así encontraría al compañero libre. Maneja los tiempos con la exactitud del más refinado reloj suizo, distribuye cada pase con naturalidad y transmite una calma que termina contagiando a todo el equipo.
Colombia, en cambio, volvió a quedar atrapada en un viejo debate que acompañó todo el ciclo de Néstor Lorenzo. El entrenador jamás abandonó su particular staffetta, aquella palabra que los italianos utilizaron durante décadas para describir la alternancia obligada entre dos fantasistas incompatibles. Primero fue Rivera o Mazzola. Más tarde, Baggio o Del Piero. Siempre uno u otro. Nunca juntos.
En la selección colombiana la discusión fue James Rodríguez o Juan Fernando Quintero. El diez histórico o el heredero natural de esa sensibilidad para jugar. Lorenzo eligió una y otra vez. El 20 tuvo un mundial más influyente que el diez, pero permanecerá inevitablemente la sensación de aquello que nunca llegamos a ver: ambos compartiendo el campo durante un tramo importante del partido.
Aun así, Colombia tuvo oportunidades suficientes para cambiar la historia. Campaz encontró el espacio que tanto había buscado y por un instante pareció convertirse en el héroe de la tarde. Sin embargo, el delantero de Rosario Central falló un remate que probablemente lo acompañe durante el resto de su carrera. En los Mundiales existen esas jugadas que no duran más que un segundo, pero sobreviven durante décadas en la memoria colectiva. Colombia pagó demasiado caro no tener delanteros que conviertan goles.
El desenlace desde los doce pasos terminó de completar una historia demasiado conocida para los cafeteros, ya que Colombia y las tandas de penales mantienen una relación casi trágica. Da la sensación de que consumieron toda la fortuna que les había reservado el Dios Fútbol aquella inolvidable noche de 2004, cuando Once Caldas derrotó a Boca para conquistar la Copa Libertadores. En Rusia 2018 cayeron por esta vía ante Inglaterra, en la Copa América 2021 contra Argentina y ahora esta nueva frustración frente a Suiza.
Así se terminó otro Mundial para una generación que volvió a dejar la impresión de que podía aspirar a mucho más. Este parecía ser el año indicado. El cuadro acompañaba, el equipo estaba maduro, el destino parecía sonreír. Pero los Mundiales no premian las posibilidades sino las certezas. Y Suiza, silenciosa como casi siempre, volvió a demostrar que hace mucho ruido sin necesidad de levantar la voz.
Los helvéticos estarán en los cuartos de final. Del otro lado los espera Argentina, otra vez. Como en Brasil hace doce años. Entonces apareció Di María en el tiempo suplementario para romper una resistencia que parecía interminable. Ahora será una historia diferente, con otros protagonistas, pero con el mismo adversario que lleva más de una década especializándose en hacer que cada favorito pase un mal rato.
