Por Sebastián Pujol (@seba_del83)
Hoy todos vimos por televisión algo atemporal y perturbador. Se jugaban los octavos de final de la Copa del Mundo en Nueva Jersey. El partido había comenzado con cierto vértigo. Antes de los diez minutos le habían anulado un gol a Noruega en off side y Brasil erraba un penal -del que todos pensamos que se haría cargo Vinicius, pero pateó un nervioso Bruno Gimarães-. Después el partido fue de ida y vuelta y ambos equipos se repartían las ocasiones de gol.
Entonces, a los 79 minutos sucedió. Una imagen que no pareció de este tiempo, que no pertenecía al 2026. Desde el living de mi casa en esta tarde invernal y lluviosa la vi con la piel de gallina, repetida varias veces en cámara lenta por la televisión: un tipo de un metro noventa y cinco entraba al área brasilera a buscar un centro. Era rubio, llevaba el pelo largo, tenía la boca ancha y los ojos pequeños. Casi no parecía humano. Era el centrodelantero noruego. No lo habían buscado demasiado durante el partido, pero era su momento.
Saltó ante el defensor de amarillo y cabeceó la pelota a la red. Fue en ese momento, cuando Erling Halland estaba en el aire, que se me vino una imagen a la cabeza. El jugador del Manchester City se había convertido en un vikingo bajando de un barco a cortar cabezas. O incluso, todavía peor, un vikingo robot futurista dispuesto a exterminar cualquier posibilidad de triunfo rival.
En cualquier caso, la escena que se desarrolló bajo el sol estadounidense fue inquietante y volvió a repetirse cuando cerca del final el robot vikingo recibió la pelota afuera del área y con una displicencia y una potencia inexplicable la clavó abajo, ante la impotencia de Alisson. Se fue caminando hacía el córner como si lo que acababa de hacer fuera lo más normal del mundo.
Brasil tuvo un penal que convirtió Neymar, ingresado en el segundo tiempo, pero que no alcanzó para torcer el destino del partido. En el mundial de las grandes figuras individuales, la bestia noruega, debutante en esta competición, tampoco defrauda. Ya lleva siete goles al igual que Mbappé y Messi.
En cuartos de final él y su sólido equipo escandinavo se enfrentarán al que resulte vencedor del partido entre México e Inglaterra, a jugarse en el mítico Estadio Azteca. Por su parte, Brasil ya no sorprende. Profundiza la crisis y sigue sumando frustraciones.
Hace varios mundiales que no honra su papel de eterno candidato a ganar la sexta. Cada cuatro años los futboleros del mundo volvemos a decir lo mismo y lo seguiremos diciendo cuando pensemos en los más importantes aspirantes a levantar la copa: “Ojo con Brasil”. Sin embargo, desde que saliera campeón en 2002 solo pasó de cuartos de final siendo local en 2014, para perder estrepitosamente contra Alemania por 7 a 1 inmediatamente después.
Desde el punto de vista de quien escribe esta crónica desde el living, que la verdeamarelha haya ido a buscar a un técnico italiano, por más prestigioso y ganador que sea, es una muestra de la profundidad del problema que tienen los pentacampeones.
Ver a Neymar llorando tras haber entrado a jugar algunos minutos en los que fue el jugador más desequilibrante de Brasil, está también en esta misma línea: no merecía terminar lo que quizás fuera su última experiencia mundialista de esta manera. A todos los que nos gusta el futbol nos dolió verlo llorar de impotencia. Un Mundial de futbol sin Brasil es siempre un poco más feo, más triste. Quizás sea hora de que el gigante recobre la memoria.
