Por Matías Grimberg (@matigrim.dt)
Hace ya treinta años, en el 2120, ocurrió un accidente que hizo que retrocediéramos doscientos años en materia tecnológica, especialmente en cuestiones electrónicas. Algunos dicen que fue un pulso electromagnético, pero nadie sabe bien si esas cosas existen o solo pasan en las películas. Otros dicen que algo salió mal con la inteligencia artificial.
En definitiva, hubo que reinventar muchas máquinas que nos facilitaban la vida, aprender cosas que ya sabíamos pero habíamos olvidado, y sobre todo un punto muy sensible: perdimos todo registro de archivos reproducibles en una pantalla. Ese fue el gran cambio, el difícil, el aterrador.
Por supuesto que al día de hoy hemos reconstruido mucho, pero extraviamos películas, fotos, videos de todo tipo, y solo nos quedó lo analógico. Volvieron los viejos VHS, las fotos impresas, las revistas. De estas cosas solo los coleccionistas y los nostálgicos conservaban en su poder y algunos ganaron mucha plata comerciándolas.
A partir de esto, el fútbol volvió a sus bases en dos cosas fundamentales: la primera, volvió a jugarse en todos lados y a cualquier hora. Todos lados no es el alquiler de la cancha de 5. Todos lados son las calles poco transitadas en las que hay que frenar al grito de «¡Auto!», o en una plaza donde los arcos son mochilas o abrigos.
Y la segunda, volvió a discutirse en el bar. Ya no estábamos embriagados de registros con tomas de todos los ángulos de los goles de Messi en toda su carrera. Ya era un mito la recordada como mejor final de la historia en Qatar 2022, que en su tiempo se transmitió en todo el mundo en alta definición y se reprodujo infinidad de veces. Ahora era recordada como se recuerdan los grandes hitos de la historia universal, por la palabra. Como en todo recuerdo narrado, no faltaban las exageraciones, los incrédulos, los que elegían creer.
Y es en ese terreno donde, cien años después de que nos dejara, en una época donde nadie lo vio jugar en vivo pero sí llegaron a la época de los registros fílmicos, creció la religión Maradoniana. Y claro, la Iglesia Maradoniana existe desde que Diego vivía, pero estamos hablando de religión con todo el peso de la palabra. Hablamos de fé, de creyentes, de ateos y agnósticos, de quienes acusan a los adeptos de herejes.
Al principio se recordaba con nostalgia todas sus jugadas que ya no podían verse, sus declaraciones filosas y sus respuestas ocurrentes. Con el tiempo había cada vez más gente que nunca había visto ningún archivo en video suyo, pero que si veía fotos impresas, revistas o hasta los murales de todo el mundo. Era tal el tiempo que había pasado, que se permitía la duda: ¿Fue un hombre de verdad? ¿Es la imagen de un santo? ¿Es un dios que bajó del cielo?
Cuando la memoria había llegado a un límite difuso, el mito no hizo más que crecer. Los que aún recordaban discutían, y en el terreno de las exageraciones habían quienes lo empujaban para arriba y quienes querían tirarlo para abajo. Aquellas personas eran conocidas por los fieles como «los que la tienen adentro».
– El tipo agarró la pelota en mitad de cancha, en un Mundial, contra los ingleses, pocos años después de la Guerra de Malvinas, y los dejó a todos en el camino. Querían agarrarlo pero los traspasaba, era intocable para los mortales, no paró hasta gambetear hasta al arquero y meter el gol.
– Sí, pero vos querés contar que también hizo un gol con la mano.
– Y si eso no es justicia divina, ¿qué pensás que es?
Por supuesto que el fútbol era solo una arista dentro de los pilares que lo erigían como dios.
– También bajaba a las calles para reclamar por los derechos del pueblo.
– Le gustaba meterse en política pero se tenía que dedicar al fútbol y dejarse de joder.
– Vos porque sos un cagón que no defiende a los jubilados.
Cuando se enumeraban sus virtudes, para quienes no fueron contemporáneos de ningún archivo suyo ya solo quedaba creer o en la religión o en que se exageraba.
– Jugando era el mejor, lindo tipo, un poeta que dejaba frases icónicas, rápido para responder con picardía, con conciencia de clase.
– Dale, y me vas a decir que cantaba bien también.
– ¡Obvio! Cantaba y bailaba también.
Sus pecados también eran discutidos. Algunos fieles los negaban, otros los relativizaban, otros buscaban la comparación: si Jesús tropezó…
Se decía que vivió mil vidas en una, que salió de Fiorito, que un día debutó en primera y lo fueron a ver más personas de las que entraban en el estadio, que se hizo dios de Nápoles aún en vida, que conquistó el mundo con los colores de su patria que tanto amó, que fue usado política y mediáticamente, que tropezó y se reinventó, que quiso estar mejor para sus hijas, que era capaz de transpirar un corazón o las Islas Malvinas y que siempre, pero siempre, fue el Diego de la gente.
Por eso algunos dijeron que era un genio pero humano, cuando lo vieron llorando porque “se le fueron sus dos viejitos”. Carne y hueso o divinidad, la historia del pibe de Fiorito, del Barrilete Cósmico, de Diego Armando Maradona, se convirtió hoy en un mito. En una forma de entender el mundo. En una religión.
