Por Rocío Airoldi (@rocioairoldi)
En apenas diez días se convirtió en una especie de contraseña social: una forma rápida de romper el hielo, compartir frustraciones y comprobar que nadie entiende demasiado qué está pasando en esta Copa del Mundo. Los prodes volvieron. Y volvieron con fuerza.
No recuerdo que hubiera sucedido algo parecido en Qatar 2022. Yo no participé en ninguno. Esta vez estoy en tres y conozco personas que juegan cuatro, cinco o más al mismo tiempo. Como si el Mundial ya no alcanzara con verlo. Ahora también hay que pronosticarlo, competirlo y sufrirlo.
Algunos lo hacen por premios importantes: dinero, viajes, electrodomésticos o los millones que reparten las aplicaciones. Otros por algo mucho más modesto. En uno de los que soy participante, el premio es un mes de cuota social del club de fútbol que nos une. Da lo mismo el incentivo. Lo importante parece ser jugar. La pregunta es inevitable: ¿qué pasó entre Qatar y este Mundial para que los prodes recuperaran semejante protagonismo?
Tal vez la explicación no esté solamente en el fútbol. Quizás forme parte de algo más amplio. En los últimos años volvieron las camisetas retro, regresó el hábito de coleccionar revistas viejas de El Gráfico, las figuritas recuperaron un lugar central y hasta las estéticas vintage -las tipografías de otras décadas, el grano de las fotos, los diseños inspirados en los años 80 y 90- volvieron a ponerse de moda.
En ese contexto, el prode parece encajar perfectamente. Es una costumbre de otra época que encontró una nueva vida en los teléfonos. Una mezcla de nostalgia, competencia y conversación. Una excusa para hablar de fútbol incluso cuando no hay partidos.
Queremos sentirnos parte
Pero quizás haya otras razones. En los últimos años las apuestas deportivas ocupan un lugar cada vez más dominante en el ecosistema futbolero. Están en las camisetas, en las transmisiones, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas. Y durante el Mundial esa presencia se vuelve todavía más omnipresente: acompañan cada partido, cada análisis y cada pronóstico. La posibilidad de anticipar resultados dejó de ser una rareza para convertirse en una práctica habitual para millones de personas.
¿El regreso del prode no es una versión inocente de esa misma lógica? ¿Una forma social y comunitaria de participar del juego sin dinero de por medio? ¿Una consecuencia cultural de una época que nos invita permanentemente a anticipar resultados, calcular probabilidades y poner algo en juego?
Resulta llamativo que el furor llegue justamente cuando la discusión sobre la ludopatía y las apuestas online ocupa cada vez más espacio público. Mientras se multiplican las campañas publicitarias de las casas de apuestas y crecen los debates sobre sus efectos sociales, también aumenta el atractivo de cualquier formato que permita competir, acertar y ganar.
Quizás el auge de los prodes no pueda explicarse con una única respuesta. Conviven en él la tradición futbolera, la competencia entre amigos, la nostalgia por viejas costumbres, la ilusión de ganar algo y también una época atravesada por la lógica de la predicción permanente. El mismo fenómeno puede ser leído como un simple juego compartido o como parte de una cultura que cada vez nos invita más a calcular probabilidades, anticipar resultados y poner algo en juego.
Las preguntas, entonces, quedan abiertas. ¿El prode es apenas una excusa para hablar de fútbol y sostener vínculos en tiempos cada vez más individualizados o expresa algo más profundo sobre nuestra relación con la incertidumbre, el riesgo y la expectativa de obtener una recompensa? Probablemente haya algo de todo eso.
Porque si algo demostró la primera ronda de este Mundial es que el fútbol sigue siendo impredecible. Y, sin embargo, millones de personas continúan completando casilleros, haciendo cuentas y revisando tablas.
Tal vez no porque crean que pueden adivinar el futuro, sino porque el ejercicio de intentarlo les permite participar de él. Encontrar una narrativa propia dentro del caos. Convertir la incertidumbre en una conversación, en una competencia o en una ilusión compartida. Quizás allí resida el verdadero atractivo del prode, no tanto en acertar sino en seguir creyendo que todavía hay algo por descubrir cuando la pelota empieza a rodar.

Mercado Pago en el VAR
Mercado Pago lanzó su propio «Fixture 2026», una competencia gratuita para pronosticar resultados del Mundial. Sin embargo, la iniciativa quedó envuelta en una polémica cuando la Asociación de Loterías, Quinielas y Casinos Estatales (ALEA) advirtió que una de sus modalidades, denominada «Torneo con amigos», podía interpretarse como una forma de captar apuestas sin autorización.
Tras los cuestionamientos, la empresa modificó la herramienta y eliminó la posibilidad de competir por dinero dentro de la plataforma. La reemplazó por formatos recreativos como «Amistoso» y «Por los porotos».
La discusión se dio en medio de un contexto de creciente preocupación por las apuestas online y la ludopatía. Mientras Mercado Pago sostuvo que se trata de una experiencia gratuita basada en la habilidad para pronosticar resultados y no en el azar, el caso volvió a poner sobre la mesa una pregunta más amplia: ¿Dónde termina el juego entre amigos y dónde empieza una apuesta?
«Si gano el prode de Mercado Pago me puedo comprar esta casa», comentó un conocido mientras la conversación giraba alrededor de los pronósticos del Mundial. La frase provocó una risa inmediata, pero también dejó una sensación extraña.
Ya no sabemos muy bien qué hacer para acceder a algo que nos permita vivir con un poco más de tranquilidad, sin la preocupación constante del alquiler, de las cuentas o de llegar a fin de mes. Detrás del chiste aparecía algo más profundo: la ilusión de una salida. La esperanza de que un golpe de suerte, por improbable que sea, pueda cambiar aunque sea un poco el panorama. Quizás ahí también se explique parte del furor por los prodes.
Más allá del juego, de la competencia entre amigos o del orgullo de acertar resultados imposibles, aparece la búsqueda de una pequeña épica personal. La fantasía de que, por una vez, algo salga exactamente como uno lo imaginó. Que el resultado inesperado termine favoreciéndonos. Que el cálculo imposible nos cierre.
En tiempos donde proyectar a largo plazo se volvió una tarea compleja, acertar un Mundial entero parece tan improbable como encontrar una solución mágica a muchos de los problemas cotidianos. Y, sin embargo, millones de personas vuelven a intentarlo.
