Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
Escocia tenía una sola misión: no hacerse goles sola. No pudo cumplirla. Sus gigantescos defensores centrales temblaban cada vez que la pelota les llegaba a los pies. Regalaron dos goles, aunque en el VAR parecían pensar que el partido no podía terminar tan rápido y les concedieron unos minutos más de vida. Apenas alcanzó para retrasar lo inevitable. Vinicius marcó el siguiente mientras esperaba, casi con paciencia burocrática, el próximo error escocés.
La única esperanza de Escocia era Ben Gannon-Doak. El pibe de 20 años tenía el atrevimiento de encarar e intentarlo una y otra vez, aunque el ataque de su equipo fuera un yermo.
Esperaba un gran partido de Scott McTominay, un futbolista que suele crecerse en estos contextos. Tenía que ser su partido. No lo fue. Brasil dominaba con la tranquilidad de quien sabe que la sola presencia de una camiseta con cinco estrellas en el pecho ya alcanza para infundir respeto y, a veces, también un poco de miedo.
Escocia parecía estar resignada al fútbol. Rendida ante su rival de antemano como si fuera una continuación del partido que disputaron en el Mundial ‘98. Cada control era apresurado, cada pase tenía algo de resignación y cada error parecía confirmar lo que ya sospechaban desde el sorteo: que estaban frente al pentacampeao y que era una montaña imposible de escalar.
Brasil ni siquiera necesitó desplegar todo su repertorio. Le alcanzó con ocupar la cancha con naturalidad y esperar que su larga sombra proyectada sobre la cancha nublara a sus aturdidos rivales.

Con el partido liquidado y la poca resistencia escocesa, Ancelotti decidió darle un gusto al público y mandó a Neymar a la cancha. Su sola presencia provocó una conmoción inmediata.
Podría haber pasado un plato volador sobre el estadio que nadie lo habría notado: todos estaban mirando a él. Incluso los propios alienígenas seguramente habían venido atraídos por su presencia. El murmullo de la tribuna cambió apenas pisó el césped. Se cambió la narrativa. El partido, el resultado, los aliens, dejaron de importar. Todo estaba centrado en que Neymar toque la pelota.
En el día en que comenzaron las pantallas divididas, sorprendía cuando en la pantalla anunciaban que había un gol de Haití. Parecía un error, alguien que tipeó mal. Pero no, ahí estaba la selección caribeña dando la sorpresa, al menos por unos instantes, en un partido que parecía que estaba solo para rellenar el fixture.
Haití quería quedarse con todos los titulares. La selección caribeña sorprendía y durante un rato hizo creer que era posible uno de esos batacazos que alimentan la mitología de los Mundiales. Al final los africanos hicieron valer su jerarquía, pero se llevaron un susto considerable.
Alajbegovic es la enésima demostración de que los gambeteadores florecen en cualquier rincón del planeta. Bosnia llegó a jugar un Mundial de un solo partido y lo ganó. Y si iba a ser un día histórico para los bosnios, tenía que ser con Edin Džeko en la cancha y participando del gol que les dio la victoria.
Suiza, por su parte, sigue siendo Suiza. Gana los partidos que debe ganar, pierde los que suele perder y, de vez en cuando, se permite alguna sorpresa. A veces para bien, como aquella eliminación de Francia en la Eurocopa; otras para mal, como la derrota frente a Qatar. Lleva años instalada entre las mejores selecciones de la clase media europea y en Mazambi parece tener a otro candidato a revelación de este Mundial.
Hoy, como dijimos, arrancaron las pantallas divididas. Tendremos que multiplicar nuestra atención para no perdernos todo lo que pasa porque cada gol pesa. Será una semana para tener la calculadora en la mano, sacar cuentas imposibles y descubrir quiénes avanzan como mejores terceros. Empieza la fase más caótica del torneo. Es, probablemente, lo más dramático del Mundial. Y también lo más hermoso.
