Por Sebastián Pujol (@seba_del83)
El primer domingo mundialista de este 2026 es un deleite futbolístico. Alemania le convirtió la misma cantidad de goles a la debutante Curazao que a Brasil en las semifinales de 2014 en Bello Horizonte. En realidad fueron siete, pero podrían haber sido más si los teutones lo hubiesen querido.
Países Bajos y Japón, en el segundo partido del día, nos regalaron un hermoso dos a dos. Si bien el primer tiempo terminó con el marcador en cero, los goles llegaron en el segundo tiempo. Los nipones demostraron por qué muchos los ven como posibles candidatos a ser la revelación del torneo.
Sin embargo, en esta sección que se llama “Crónicas desde el living” vamos a correr el foco del campo de juego. Nos situamos en la previa del partido entre Escocia y Haití para contar una historia que sacada de contexto podría parecer inverosímil, ya que une a un jugador surgido de los potreros de la zona sur del Gran Buenos Aires con los hinchas del país más septentrional de la isla de Gran Bretaña.
Primero vamos a sacarnos rápido de encima lo formal: la noche del sábado, sobre la costa este de Estados Unidos (un poco más al norte de donde Brasil y Marruecos empataron el primer partido del grupo A), Escocia sumó de a tres frente a Haití y quedó primera en su zona.
Con algunos destellos de calidad y oficio en ataque, los británicos se pusieron un gol arriba en el primer tiempo y, sufriendo más de lo esperado, se dedicaron a mantener su arco en cero. Los caribeños, que juegan su segunda Copa del Mundo, buscaron y merecieron un empate que nunca llegó frente a un rival que nunca pudo controlar el partido.
Pero todos sabemos que una Copa del Mundo no se circunscribe solo a lo que sucede dentro del campo de juego. En una competición cuya mística se desluce al disputarse en tres sedes -aunque la gran mayoría de los partidos se juegan en un país en guerra eterna que pretende adueñarse del negocio del futbol- se hace difícil que florezca ese no sé qué tan especial y característico. Sin embargo, a casi cien años del primer mundial jugado en tierras rioplatenses, el negocio todavía no llega a comérselo todo.
En las horas previas al debut mundialista de su selección, un grupo de hinchas escoceses encontraron a un argentino en un bar de Boston, lo subieron en andas y entonaron una canción sobre el gol con la mano de Maradona contra los ingleses en México. Otro grupo de escoceses, también borrachos en algún otro bar de estilo irlandés de la misma ciudad, estrenaron una versión en inglés y con la letra modificada de la canción “La mano de dios”, de Rodrigo.
Dice así:
And even if we don’t win, we will win, we will win (Y aunque no ganemos, ganaremos, ganaremos)
We’ll boogie on in Berlin, in Berlin, in Berlin (Bailaremos en Berlín, en Berlín, en Berlín)
No Scotland, no party (Sin Escocia, no hay fiesta)
Steve Clarke’s Tartan Army (La Tartan Army de Steve Clarke)
¿Se volvieron locos? Sí, pero ya estaban locos desde antes. Por eso queremos explicar que los llevó a entonar una canción de cuarteto cordobés con acento escocés en una de las ciudades más antiguas de América del Norte.
Es una historia que puede tener varios comienzos. Podríamos decir que el más antiguo se remonta al año 1296 cuando Inglaterra -fiel a su idiosincrasia- invadió las tierras de sus vecinos del norte. Desde entonces la relación entre estos dos países, creadores del deporte que llegaría a ser el más popular del mundo, está signada por una tensa rivalidad, una pica de siglos que, como corresponde, se traslada al futbol.
La otra línea argumental de esta historia arrancó el 22 de junio de 1986 en la Ciudad de México, cuando los escoceses hicieron propia aquella venganza argentina y adoptaron al jugador número 10, de rulos y pecho inflado, como héroe propio. Desde aquel día la Tartan Army, como se conoce a su hinchada, lleva a Diego en sus banderas y en sus gargantas.
Las coincidencias, si tenemos ganas de profundizar, van todavía más lejos: el primer gol de Maradona con la Selección mayor fue a Escocia en el Hampden Park de Glasgow en 1979 y su debut en el banco argentino fue con una victoria por 1 a 0 en el mismo estadio y contra el mismo rival.
Algo saben los escoceses cuando sacan a relucir la imagen de Diego a modo de talismán. Al igual que muchos de nosotros -e intuyo que los lectores de un medio que lleva por nombre La Pelota Siempre Al 10 van a coincidir- lo llevan como amuleto contra todos los males de este mundo.
Mientras tanto la pelota va a seguir rodando y aunque los escoceses se hayan ganado mi simpatía, van a tener que mejorar mucho para poder pasar la fase de grupos por primera vez en la historia.
