Por Lionel Pasteloff (@queenlionel)
Rudy Tomjanovich es un célebre entrenador que hoy es tan recordado por sus éxitos con Houston Rockets como por su legendaria frase tras salir campeón por segunda vez consecutiva: «Nunca subestimes el corazón de un campeón».
Jalen Marquis Brunson nació en 1996, después de que aquella proclama fuera pronunciada. Pero de alguna forma, vino al mundo con ella incorporada. Hijo de Rick Brunson (jugador con varios años en la NBA), pasó su infancia rodeado de pelotas naranjas y grandes escenarios. Incluso acompañó a su padre mientras estaba en los Knicks y era parte de la última final de la franquicia en 1999. Aquella vez fue derrota 4-1, pero algo se había sembrado.
Nunca fue fácil para Jalen. Le reconocían su enorme talento, pero por su altura (un 1,88 que se sospecha menor) y diversas cuestiones, no terminaban de confiar en él. Lo querían, pero no se atrevían a cargarle el peso que una superestrella debe soportar.
Tras destacarse en Villanova Wildcats, donde salió campeón de la NCAA junto a varios compañeros que lo acompañarían en la NBA, le tocó dar el salto y otra vez la desconfianza se hizo carne: lo eligieron en segunda ronda del draft (puesto 33), algo reservado para jugadores de mucha menor jerarquía.
Le tocó ir a Dallas y ser reemplazo del enorme Luka Doncic, pero su capacidad lo llevó a jugar bastante. En 2022 logró gran protagonismo agarrando la manija del equipo tras la lesión del esloveno. Sin embargo, a la hora de ofrecerle una renovación desde el equipo optaron por cuidar las finanzas y arriesgarse a dejarlo ir. León Rose, al mando de los Knicks, le ofreció un aumento considerable y se lo llevó a la Gran Manzana.
Desde su arribo todo cambió. Un equipo históricamente relegado pese a su importancia, comenzó a ganar. Peleó arriba y Jalen estuvo a la altura, pero aún faltaba. Tom Thibodeau giraba al quinteto alrededor de su talento y él comenzó a probar de qué estaba hecho.
Y no todo ocurrió en la cancha. Brunson debía renovar y optó por no tomar la opción de un contrato máximo que hubiera dejado a su equipo limitado para contratar a otros jugadores de elite. Resignó la chance de ganar 113 millones para ayudar a conseguir el anillo. Ahí comenzó a gestarse el éxito.
De a poco lo fueron rodeando. Llegaron los chicos de Villanova (primero Hart, luego Bridges). También vinieron OG Anunoby y Karl Anthony Towns. Todos grandes jugadores, pero ninguna estrella mediática como en otros tiempos. Se apostaba a generar un equipo.
Tras una final de Conferencia después de 25 años, el paso fue osado. Reemplazaron a Tom Thibodeau con Mike Brown para dar el salto definitivo, y pese a algunos nubarrones lograron llevarse la reciente NBA Cup. No era un anillo, pero significaba el primer éxito en más de cinco décadas. La decisión de la franquicia fue no colgar dicho éxito en los carteles del estadio: el objetivo seguía siendo claro.
Terminaron terceros en el Este y sin hacer ruido, le ganaron 4 a 2 a Atlanta con resultados holgados, luego de haber estado 2-1 abajo. Después arrasaron 4-0 tanto a Philadelphia como a Cleveland, otra vez con marcadores amplios.
Tocaba una final tras 27 años, contra el ganador del Oeste (cruce entre el campeón Oklahoma y el joven San Antonio). El consenso señalaba que cualquiera de los dos derrotaría fácilmente al campeón del Este. Le tocó intentarlo a los Spurs del ascendente Wembanyama.
La única duda que rondaba la mayoría de los debates giraba en torno a si los Knicks serían capaces de robar algún partido. La derrota se descontaba. Para sorpresa de muchos los neoyorquinos se quedaron con dos juegos de visitante, siempre remontando desventajas considerables y sobreponiéndose a arbitrajes tendenciosos. De todas formas, seguían siendo subestimados al punto de aún no ser vistos como favoritos.
Los texanos lograron llevarse ajustadamente el tercero ante los ojos de Trump, lo que agudizó el clamor que los veía capaces de darlo vuelta. El cuarto trajo perplejidad: se impuso New York gracias a un toque mágico de Anunoby tras remontar 29 puntos en contra, un récord absoluto en finales.
Increíblemente, se habló del único 1-3 en esta instancia que fue revertido (Cleveland a Golden State). ¿Qué más debían hacer para ser apreciados si estando al borde del éxtasis solo se mencionaban déficit de sus rivales y se les otorgaban más posibilidades a ellos?
Llegó finalmente el quinto y se dio casi lo mismo que en los anteriores. El equipo en que brilló Ginóbili sacó ventaja pero de a poco hubo otra remontada, encabezada con 45 puntos de Brunson. Sí, el petiso a quien el mundo NBA elegía minimizar una y otra vez fue la cara y el alma de un equipo a quien constantemente le bajaron el precio e igual alcanzó la gloria.
Se llevó el MVP de las finales, y no buscó revancha: solo se emocionó y agradeció. Igual que sus compañeros, quienes también siempre creyeron que podían y parecieron alimentarse del ninguneo al que fueron sometidos incontables veces durante este año. Ellos no se marearon pese a la ventaja en la serie y lograron hacerse dignos de la frase de Tomjanovich. Nunca subestimes el corazón de un Knick.
