Por Juan Vargas (juanfrvargas)
Estados Unidos ’94 no solo fue mi primer Mundial, sino también mi primer consumo real de fútbol. Ya lo jugaba en el colegio, tenía pelota en casa e hinchaje definido, pero a mis recién cumplidos 7 años aún no veía partidos, no conocía jugadores ni entendía lo que el juego generaba. Por eso resultó de mucha suerte que mi acercamiento formal a él se diese auspiciado por el país de la parafernalia, el consumo y el exceso.
Ese Mundial implicaba, además, mi primer encuentro con algo de carácter absoluto. El campeonato lo disputaban países, aquellas grandes unidades que organizaban mi vaga comprensión del mundo, por lo que el campeón sería incuestionable.
Los mejores competirían, uno se consagraría y todos seríamos testigos. Acudir a mi primer suceso indiscutible otorgaba aquella tranquilidad que viene de las certezas compartidas. Estaba emocionado de que lo inexplorado se me ordenase todavía un poco más tras ese mes frente al televisor.

Fue también un momento de aprendizaje. El álbum Navarrete que coleccioné afanosamente fungió de Atlas Mundial para mis primeros pasos sobre geografía. Nombres de países hasta ese entonces ajenos a mi vocabulario fueron haciéndose un lugar en mi descubrimiento del espacio.
Conocí la historia de los mundiales anteriores y así adquirí también noción del tiempo pasado a través del fútbol. El álbum venía con cuadros estadísticos que memorizaba con rigurosidad y también con un recuento de las vicisitudes numéricas que transitaron los participantes para llegar a la cita de aquel año.
Navarrete pensó también en una sección especial de stickers, además del espacio de las mortales figuritas que se pegaban con goma. Estaba reservada para los mejores jugadores de cada equipo y resultó una muy ilustrativa manera de establecer jerarquías para los novatos.

Tuve pósters y muchas repetidas que sirvieron para empapelar mi cuarto durante los siguientes cuatro años. Con mi abuelo acudíamos cada domingo al mercado de Magdalena a conseguir las que me faltaban. Eran épocas en que un sobre costaba 30 centavos de sol peruano. Otra economía, otra infancia.
Por supuesto llevé un diario. Recortaba periódicos, revistas y cualquier imagen que llegase a mí para que acompañaran mis crónicas de los partidos en un cuaderno que encontré en casa.
También dibujaba camisetas y celebraciones. Armaba listas y polemizaba conmigo mismo reportando las opiniones de mis amigos del colegio. En aquel Mundial me enamoré especialmente de Rumanía y Suecia, vaya uno a saber por qué. Nombres como Hagi y Ravelli tienen hasta la actualidad un lugar especial en mi corazón. Fueron mis primeros héroes con bandera ajena.
También recuerdo haberme preparado para ver a Maradona. La cadencia musical de su nombre me resonaba sin poder rastrearla. Como todo dios, habitaba mi mundo antes de que yo lo supiese. Era el mejor de todos y sería su último Mundial, se repetía. Se había preparado para retornar y sería un suceso, se auguraba.

Me dejó un golazo contra los griegos y la imagen por entonces incomprensible de la enfermera sacándolo del campo. Luego estuvo el asesinato de Andrés Escobar y la realidad invadiendo un espacio que hasta ahí se sentía solo fantasioso. Yo había visto su autogol en vivo y até cabos rápidamente.
También se rompió un arco durante un partido y recuerdo que aquello descuadró mi entendimiento a pesar de su rápido arreglo: el fútbol era también escenografía y fuera de él persistía una realidad encargada de sostenerlo. Así pues, lo divino, lo mortal y lo artificial convivían y se superponían a veces en una cancha.
Finalmente, Estados Unidos ’94 fue también mi primera experiencia del fútbol como fenómeno de masas y como novedoso vínculo que juntaba a la gente. Lo primero lo aprendí al ver los estadios rebalsando, la televisión llena de programas alrededor del evento y de participar de reuniones familiares para ver partidos. Ni qué decir de cambiar figuritas o jugar en el recreo con imaginarias camisetas ajenas.

Lo segundo, sobre todo, por sentarme frente a la tele con mi mamá. Varios de los partidos están adheridos a mi memoria como plebiscitos a los que acudí, tomado de su mano segura, a confirmar día tras día durante cuatro semanas que el fútbol era una de las cosas que quería disfrutar para siempre.
Así, lo que conocí en 1994 fue un mundo nuevo, que se expandía más y más mientras me aproximaba a él. Cada detalle era firmemente encajado como parte de la estructura que ese año empecé a construirme para comprender y disfrutar del fútbol de manera total.
No había cuestionamientos a los organizadores, no había afinidades ni animadversiones hacia los países por su historia, ni tampoco críticas a la calidad de la transmisión o sus comentaristas. A los 7 años, todos los protagonistas del Mundial tenían carta libre conmigo, iniciaban de cero. Una bella tabula rasa en la que nada excedía a los veintidós jugadores y la pelota sobre el rectángulo verde.
Pero también en el fútbol el tiempo desgasta el color de lo nuevo. Hoy tengo 39 años. Desde entonces hasta Catar vi 8 mundiales. Cada uno tuvo un contexto distinto porque cada uno lo vivió un Juan distinto.
Hubo mundiales con menos chance de ver partidos que otros porque se crece, estudia y trabaja; hubo los que revivo con más alegría que otros porque la vida cambia cada cuatro años y con ello lo que se recuerda; y por ahí incluso hubo uno extraño en que Perú clasificó, mandé todo al diablo y conocí Rusia.

Soy otra persona. Ya no creo en dioses, tengo la mortalidad de la felicidad más que asumida, y que la vida es un balance constante entre ficción y realidad es algo que trabajo en terapia.
El fútbol sigue produciéndome cosquillas, estrés, problemas y las alegrías más intensas. Esa mezcla me lo ha mundanizado. Me enamoré enfermamente de un solo equipo, apoyé a selecciones ajenas en citas para las que no alcancé invitación, perdí más de lo que gané sobre la cancha, y mis ídolos y héroes fueron haciéndose mayores y jubilándose, al punto de que hoy los jugadores de mi edad están retirados.
Se envejece y no se puede tener héroes menores que uno. Es simplemente antinatura. Ese solo detalle lo cambia casi todo. Una experiencia como la de Estados Unidos 94 ya no es dable.
Con internet lo ignoto se redujo, los misterios se resuelven en cosa de segundos. Hacen falta la pausa y el aburrimiento necesarios para absorber y disfrutar de las cosas.
Además están las ideas sociales y políticas que uno va explorando, defendiendo, y con cuyos filtros se comienza a evaluar lo que nos rodea. Un sano ejercicio de escape de la fantasía que te carga de presiones y culpas de las que es difícil desentenderse. Así, treinta y dos años después, ya no se puede leer a Estados Unidos en clave Disney, Hollywood o Striker, el perrito mascota de aquel mundial.

El fútbol se aprende a ver como negocio, como herramienta política, como receta para el aturdimiento social. En esa espiral, aquellos que lo disfrutamos tratamos de señalar a los buitres que lo ven como carroña, de mantenerlo lo más cercano posible a lo que era cuando nos enamoró.
Así como yo atesoro el Mundial del ‘94, otros harán lo propio con el anterior de Italia o el posterior en Francia. Los mayores dirán que para mi llegada al fútbol todo aquello a lo que le adjudico pureza ya estaba corrompido.
Si bien podríamos relativizar todo de acuerdo al momento en que aparecemos en el mundo y nos consideramos sus protagonistas, la causalidad en la historia existe, y nos permite establecer criterios, comparaciones y juzgar lo que fue, lo que es e incluso aventurar opinión sobre lo que no debió ser.
Uno siempre querrá impermeabilizar los refugios que construye para permitirse ser sordo y ciego un rato, hipócrita en la justa medida que todo disfrute demanda, para arrinconar a la realidad por noventa minutos o hasta los penales. Pero al final, también mueren los lugares donde fuimos felices, escribió Ribeyro.
Este Mundial lo estoy viendo en casa, entre las horas que el trabajo y otras actividades me lo permiten. No colecciono el álbum. Hay un 50% más de países y los precios son absurdos.
El último que coleccioné fue el de Rusia 2018 porque encontré cierto sentido en cerrar el ritual con la aparición de Perú en sus páginas. No compraré productos relacionados, no usaré camisetas, no construiré nuevos pedestales ni jugaré pichangas pretendiendo ser alguien más joven que yo. Igual, yo me hago el canchero, el experimentado, el adulto que puede analizar el fútbol en su exacta dimensión y no caer en engaños comerciales o fascinaciones infantiles, pero hace bastante rato armé mi fixture completo en Excel.

También ya coordiné un prode con amigos, agendé los sábados y domingos como días en los que mi casa se convertirá en el punto de encuentro para ver todos los partidos, definí temas alrededor del fútbol sobre los que escribiré y gestioné una convincente lista de excusas para los compromisos sociales que se crucen con partidos importantes.
Diga lo que diga, cada cuatro años, mi yo adulto se organiza de forma exhaustiva para intentar replicarle a mi yo niño la mirada y las emociones con las que conoció el fútbol en 1994. En el fondo, es casi como si ese fuera el objetivo de todo: volver a ver el mundo con ojos de primera vez.
