Por Lucas Sotelo (@LuquiSotelo)
Francia tuvo que estrenar el “gol de oro” antes de estrenarse como campeona del mundo en casa; Alemania -a la postre subcampeona en Corea/Japón- debió hacer gala, no sin dificultades, de ese viejo axioma de Gary Lineker (“el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, en el que se juega once contra once y siempre ganan los alemanes”); y España, “tiki-taka” distintivo de la mejor generación de su existencia, sudó la gota gorda hasta que el Guaje Villa hizo solo algo más de todo lo que hizo en Sudáfrica.
Pero Estados Unidos -cuna treintañera del “soccer”, dueño legitimado pero ilegítimo de la pelota- dejó a Paraguay hecha un trapo con cada circulación, aceleración, contrapresión y habilitación al espacio. “Son aprendizajes dolorosos, sí, muy dolorosos”, dijo Gustavo Alfaro, entrenador-profesor, después de la Masacre de Inglewood (4-1).
Una semana después le dio una vuelta de tuercas al plan de estudio y sus alumnos (re)aprendieron la lección con la que habían promocionado el año pasado: supieron sufrir para cazar una utopía imposible.
Santa Clara, corazón de revoluciones tecnológicas en Silicon Valley, es el hogar de los San Francisco 49ers en la habitualidad. En la excepcionalidad de una Copa del Mundo, lo fue, al menos durante una noche de viernes, del pueblo paraguayo.
Sponsor tapado y banderas y camisetas ajenas al “football” de allá pero propias del de acá. Y una clasificación pendiente de un hilo en el impiadoso contexto mundialista, no menos ingrato aún con cambio de formato. “La destrucción lleva a un camino duro / Pero también engendra la creación”, cantan los Red Hot Chili Peppers. Dream of Californication.
Matías Galarza, de tocar fondo a impactar a fondo

A Matías Galarza Fonda -campeón en Talleres de Córdoba pero bluf de un semestre en River, suplente sin minutos en el debut- cierta parte de la prensa le achacó falta de estabilidad emocional en la previa de Turquía. “Una gran estupidez”, definieron desde su círculo y, tácitamente, en el seno del cuerpo técnico de Alfaro: cirugía en el mediocampo y el Modrić paraguayo adentro.
Función: volante por izquierda de amplio recorrido en el habitual y rocoso 4-4-2 albirrojo. Efecto colateral: Diego Gómez de la derecha hacia el centro y Julio Enciso, indetectable mediapunta, con un socio de mejor toque y descarga que el anclado y castigado Damián Bobadilla. Un minuto (y una de muy pocas presiones altas) le iban a dar sentido al plan.
Abdülkerim Bardakcı, zurdo líder de la defensa otomana, intenta jugar la pelota en salida. No es sencillo: un vikingo, barba tupida y rodete atado, sale a taparlo. El pase pasa a través de la humanidad de Isidro Pitta pero no de la de İsmail Yüksek. Potencia desmedida, control defectuoso.
Andrés Cubas, como en sus tiempos de hormiga atómica en Boca, se activa para recuperar y darle la pelota a un compañero más habilidoso. En este caso, al mejor de todos. Enciso aparece al apoyo, cede con la cara externa de su fina diestra y es testigo de un estallido. Galarza Fonda, a fondo, la clava bien abajo de zurda en el palo de Uğurcan Çakır. Golazo de media distancia y de alta ilusión.
El mundo de las ideas
Si las pasadas Eurocopa y eliminatorias europeas avisaron que Turquía buscaba juntarse sin disimulos por su lado izquierdo, esta Copa del Mundo reafirmó convicciones y, también, tozudeces. Si el potente pero poco técnico Barış Alper Yılmaz naufragó en sus intentos de desborde a perfil invertido frente a Australia, el talentoso Kenan Yıldiz se estrelló contra una pared que pareció demolida una y otra vez por Estados Unidos.
Juan José Cáceres -¡17 de 24 duelos ganados!- fue primera línea hoplítica. Junto al marcador de punta derecho, el inacabable Gustavo Gómez como plomero en caso de filtraciones, al costado de otro titán como Omar Alderete. Al gigante torpe Orlando Gill solo lo probaron una vez en el primer tiempo: fue desde más de veinte metros. A las manos del arquero.
El plan defensivo de Paraguay fue consecuente con el proceso, aunque no por ello menos temerario. Si el bloque medio-bajo predomina de por sí en el ideario de su entrenador, la tempranísima ventaja obtenida fue una sentencia en el aire: ellos, los necesitados, tendrán la pelota mientras nosotros, los atrincherados, esperaremos nuestro momento.
Cáceres, en una de sus pocas proyecciones, tuvo el segundo que nunca llegó. Miguel Almirón, aunque solidario por su costado -al igual que Galarza por el del confiado y confiable Junior Alonso-, dejó al 4 (y a todo su equipo) en banda y a la FIFA satisfecha con la sanción de la “Ley Prestianni”, decisión del salvadoreño Iván Barton mediante. Adiós a cualquier sueño de holgada y tranquila victoria.
“Defender una lucha de dieciséis años”
Salió Pitta, entró Bobadilla. 4-4-1 con el aislado Enciso, menos densidad en la primera línea pero equilibrio recuperado en las últimas dos. Merih Demiral, defensor con pasado italiano y presente árabe, fue el primer atacante de la impotente selección turca: más espacios para avanzar y para lanzar, menos para penetrar dentro de la telaraña sudamericana. La misma que había engullido al decepcionante Kerem Aktürkoğlu en la primera mitad y que hizo lo propio con Yılmaz en el complemento.
Desesperado, Vincenzo Montella -emparentado con la búsqueda del arco rival desde sus tiempos como goleador del Calcio primero y como entrenador después- regó de delanteros la cancha e incurrió en el “como sea”. Alfaro respondió con Gustavo Velázquez por Diego Gómez para armar una inevitable línea de cinco defensores y así defender los centros y proyectiles caídos al área que, despejados con más o menos éxito, alimentaban una sensación de imbatibilidad.
Eso luego fue profundizado con los refuerzos con acento argentino de José Canale y Alexandro Maidana. El remate desviado sobre el final de Can Uzun, tal vez el menos detectable de los revulsivos otomanos, engrandeció más si cabe la figura de Gill. Y el reloj de arena, largos ciento tres minutos después, se acabó.
Sesenta y dos remates sin llegar al gol (récord histórico) y una posesión promedio de 77%, el amargo saldo turco en primera ronda. Impensadamente eliminados gracias a la resistencia estoica, a prueba de la presión y a base de esfuerzos hercúleos, del lado vencedor y sufridor -con uno menos, promedió un 21% de la tenencia, dato más bajo del registro de Opta-.
La gesta de Paraguay trascendió a la fría estadística y apeló a la más humana pertenencia a unos colores, un escudo y una bandera que los José Luis Chilavert, Celso Ayala u Óscar Tacuara Cardozo alguna vez supieron enarbolar. En el medio, un gestor de talento -y de no tanto talento- plenamente identificado con las causas del pueblo guaraní.
“Esto es todo de los jugadores”, reivindicó Alfaro, promotor del “nosotros” antes que el “yo” en épocas de personalismo voraz. Los hinchas, igual, no le hicieron mucho caso a las afueras del San Francisco Bay Area Stadium: “Que de la mano / del profe Alfaro / todos la vuelta vamos a dar”. Según Lionel Scaloni, técnico campeón del mundo, ganará el equipo que “sepa atrincherarse”. Paraguay, especialista en la materia, deberá recorrer un largo camino hasta demostrar que puede volver a ser la molestia en el zapato de las potencias.
