Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
Gustavo Alfaro le ha devuelto su idiosincrasia a la selección de Paraguay. Tras varios intentos fallidos con otros entrenadores foráneos que malgastaron el talento con el que contaban, Alfaro entendió la identidad del futbolista paraguayo, como Néstor Lorenzo hizo con Colombia, y logró la armonía.
Ni siquiera que una selección cuatro veces campeona del mundo como Alemania estuviera enfrente quebró la moral paraguaya. Convencidos de sus maneras y lejos de ponerse de rodillas, llevaron adelante un loable ejercicio de resistencia. Ver a un equipo paraguayo defender centros es como ver a un samurái haciendo gala de su destreza con la katana o a un cocinero italiano preparando pasta. Lo que se dice tradición y buenas costumbres autóctonas.
Que los aforismos y las frases de coaching ontológico con las que Alfaro adorna sus conferencias de prensa (y que son carne de memes en Twitter) no opaquen el rendimiento de un equipo que recuperó el sueño mundialista. Paraguay estuvo convencido de que en cada pelota estaba su Mundial. Matías Galarza Fonda, errático y apesadumbrado cada vez que interviene en River, aquí fue la reencarnación del mariscal Solano López.
Y no jugó mal Alemania. Paraguay redobló todos los esfuerzos: ganó los duelos, recuperó, peleó cada balón. Sí, una gambeta puede abrir cualquier partido, y para eso están en la cancha Florian Wirtz, Jamal Musiala y compañía.
Pero es mucho más fácil escribirlo que gambetear a un paraguayo. Cuando no cortaba José Canale, lo hacía Gustavo Gòmez y si ninguno de los dos podía, aparecía Orlando Gill. El arquero de San Lorenzo acalló todas las críticas que José Luís Chllavert había espetado sobre él con su mala leche característica.
Quienes estuvieron cerca de una hazaña similar fueron los japoneses. El primer tiempo lo jugaron al ritmo del gambare nippon, ese canto que se repite una y otra vez como si fuera un hechizo. Los jugadores mantuvieron el orden, vigilaron las rupturas de los rivales y movieron el balón con la precisión de un metrónomo. Estaban en trance: todo era medido, todo salía bien.
Brasil fue empujando a Japón contra su propia área. Sin espacios para explotar, Vinicius y Rayan quedaban neutralizados, mientras los centros de Gabriel encontraban siempre alguna parte del cuerpo de Tomiyasu, que hasta defendió uno con la cara. Pero resistir a Brasil es un ejercicio de desgaste permanente. Los nipones comenzaron a sentir el peso de sostener semejante esfuerzo y, lentamente, la fortaleza empezó a agrietarse.
A Japón le faltó esa malicia que sí tuvo Paraguay para defender su propia área. Si hubieran estado unos centímetros más adelante en el gol de Casemiro o si Ao Tanaka hubiese rechazado la última pelota… Ante un rival como Brasil no podés dudar. Tenés que hacer un partido perfecto en ambas áreas.
Lo interesante es que ambos eligieron un camino parecido, pero no idéntico. Japón construyó su resistencia desde el orden, la sincronización y la disciplina colectiva. Paraguay, en cambio, añadió un componente emocional. Cada despeje, cada cruce y cada pelota dividida se jugaron como si fueran la última.
No hubo diferencias tácticas abismales entre ambos planteos; la diferencia estuvo en cómo defendieron el área cuando el partido empezó a romperse. Ahí apareció ese oficio que Paraguay lleva décadas cultivando y que Alfaro, lejos de modificar, decidió potenciar.
