Por Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Casi 6400 kilómetros separan el Toronto Stadium, donde hoy se jugó el tercer partido del Mundial 2026, de la ciudad alemana de Karlsruhe. Allí nació Sead Kolašinac, referente en el vestuario de la selección bosnia desde hace más de una década. Sus padres se habían mudado al país teutón poco tiempo antes de que él naciera, buscando huir de los conflictos que se desataron a lo largo de todo lo que había sido Yugoslavia luego de la caída del bloque comunista.
Hoy fue clave con una salvada tremenda sobre la línea, en un partido que le significó después de 12 años de espera (ya había jugado el de 2014) volver a tener minutos en un Mundial con la camiseta de su país. No el de nacimiento y crianza, sino al que pertenece por cultura, identidad y arraigo a la distancia.
Más de 7300 kilómetros separan el Toronto Stadium de la capital de Bosnia, Sarajevo. En 1986, cuando todavía era suelo yugoslavo, nació allí Edin Džeko. A diferencia de la familia de Kolašinac, sus padres no tuvieron la posibilidad de escapar a tiempo.
Cuando tenía 6 años, Edin vivió con plena consciencia el comienzo del Sitio de Sarajevo, uno de los bloqueos más largos y complejos de la segunda mitad del siglo XX. Durante los cuatro años que duró, aquel niño que veía muerte y hambre a su alrededor todos los días tenía su dosis de goles y alegría gracias a Bubamara, la escuela de fútbol de Predrag Pašić.
Hoy, a 30 años del final del Sitio, Džeko no tuvo minutos ante Canadá; sin embargo, nadie duda de que su liderazgo, sus goles y su amor por el país son los principales motivos de la participación de Bosnia en este Mundial.
2700 kilómetros separan el Toronto Stadium de otra ciudad canadiense, Edmonton. El arquero Asmir Begović no nació allí, pero vivió en esa ciudad de los 10 a los 16 años. En 2005, con 18 años, por primera vez fue suplente en la Selección mayor del país. Posteriormente también fue titular en el Mundial Sub 20 de 2007, y un año después volvió a ver desde el banco un partido de la mayor.
Fue por esa época que sus raíces lo llamaron. Porque Begović, al igual que Džeko, nació en Yugoslavia. Trebinje, su ciudad, hoy es territorio bosnio. Y su historia también se encuentra con la de Kolašinac, porque la familia de Begović también tuvo que desplazarse forzosamente a Alemania.
Se instalaron con el pequeño Asmir en Heilbronn y él vivió parte de su infancia allí, hasta que las leyes de ciudadanía del país cambiaron y pasaron a formar parte de la comunidad de refugiados bosnios que encontraron asilo en Canadá. Se calcula que hoy más de 40.000 ciudadanos canadienses tienen antepasados del país balcánico.
En 2009 el entrenador Miroslav Ćiro Blažević (el mismo que guió a Croacia al tercer puesto del Mundial ‘98) le propuso formar parte de una selección que si bien todavía no era de segundo orden dentro del fútbol europeo, tenía el potencial para serlo. Luego de varias idas y vueltas, Begović aceptó. Y más allá de que no forma parte de la selección desde 2020, esos 11 años le sobraron para consagrarse como un ícono futbolístico dentro del país.
En su momento llevó adelante la Fundación Asmir Begović para la ayuda de refugiados. Hoy, aún en actividad futbolística para el Leicester City de Inglaterra, es embajador de la ACNUR (Agencia de la ONU para los Refugiados) y alza la voz por todos los que no pueden vivir donde desean por culpa del hambre y los conflictos armados. Su agradecimiento a Canadá sigue siendo tan grande que consultado por FIFA, alegó que para este partido tenía el corazón dividido y no tenía preferencias sobre cuál país podría salir ganador.
Pero esto, recordemos, se llama “Crónicas desde el living”, y no todo es guerras y tragedias; también hay un Mundial de fútbol de por medio. En realidad, me retracto. No es fútbol, es parecido. Por eso pienso en los 9000 kilómetros que separan el Toronto Stadium de mi casa, y en que la señal tuvo que recorrer tantísima distancia para traerme un primer tiempo totalmente olvidable, con un gol que si no hubiese sido de Bosnia (con todo lo que implica para el país hacer un gol en un Mundial) tampoco tendría mayor relevancia.
Por suerte antes de ver ese esperpento futbolístico cumplí con mi tradición de no ver ceremonias inaugurales, con lo cual al menos me ahorré más disgustos y logré que dos paquetes de galletitas Club Social se convirtiesen en una compañía agradable.
En el segundo tiempo al menos hubo un muy lindo gol de Cyle Larin para empatar y me quedé con dos certezas: por un lado, que Canadá en lo defensivo deja muchísimas dudas, y por otro, que el equipo bosnio no tendrá grandes jugadores pero sí está para competir por garra y carácter. El partido, desde lo emocional, fue suyo de principio a fin.
Mientras por enésima vez en el día veo en Twitter una foto del coreano Gue-sung Cho con su mate, pienso en que este es un buen Mundial para que Corea del Sur intente dar un paso adelante respecto de sus últimos mundiales, y en la victoria de anoche contra República Checa se vio algo de eso. Dudo que en cuatro años Heung-min Son pueda seguir rindiendo al nivel que lo van a necesitar.
Ahora sí, despido esta crónica porque se viene Estados Unidos – Paraguay, duelo entre DTs argentinos (Pochettino y Alfaro). En un rato seré más guaraní que cazar utopías imposibles.
