Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
Ya se va, ya se está yendo. Fueron poco más de veinte años sin antes ni después. La más increíble singularidad de la historia del deporte. Sin entrar en la polémica de si fue el mejor de todas las épocas —corriendo el riesgo de que el calor de las pasiones le gane la mano al raciocinio, empujándonos al romance del pasado o bien al ritmo acelerado y seductor del presente— diré, sin tapujos y sin temor a equivocarme, que este es el crack que más disfrutamos y que más disfrutaremos.
Veinte años en el máximo nivel competitivo. Veinte años frente al milagro de la tecnología que trasladaba su imagen a la palma de cada mano de cada individuo. No hubo lesión, guerra o sanción que hiciera claudicar tamaño espectáculo.
Messi fue un prodigio que nació futbolísticamente rodeado de cracks, en una época en la que el Barcelona ya concentraba muchas de las figuras a nivel mundial. Fue una cuna de oro en lo que a maestros y guías se refiere. Y compartió las mieles de ese nuevo orden mundial, en el que pocos equipos contienen a demasiados jugadores de primer nivel, con otros cracks de la altura de Xavi, Busquets, Iniesta, Neymar, Suárez…
Vinieron los títulos, uno, dos, tres, cuarenta. Y los balones de oro, que llegaron a ocho. Hay quienes dicen que, desde 2006 hasta el actual 2026, lo justo y razonable habría sido entregarle esa distinción consecutivamente. No puedo más que suscribir esa opinión, aunque cierto es que había que hacer de la cuestión algo más interesante y variado.
Messi, Borges, Homero, John Ford, José Hernández
Borges, en una entrevista de julio de 1966, hablaba de cómo los escritores de aquel tiempo parecían haber olvidado su “deber épico” de contar una historia guiada por el valor, el honor, la lealtad, el coraje y el destino. La acción física, la trama, la aventura, en un marco ético claro. La novela moderna se había vuelto excesivamente introspectiva, reflexiva, analítica y había relegado el hecho narrativo.
Una obsesión típica de Borges, la decadencia de la narrativa contemporánea frente a la pureza del género épico que solo encontraría insospechados herederos en la literatura gaucha y el cine western. ¿Y acaso no sirve el fútbol para contarnos estas historias? ¿No será otro heredero de la épica?
Pienso también qué alegría tendría Homero si viviese (o si existió), a casi tres mil años de su tiempo, y viera que de nuevo un deportista merece los más extraordinarios halagos de un pueblo que canta sus hazañas como lo haría el propio poeta en la época de las primeras Olimpiadas.
Al igual que en Argentina hoy, en la Grecia antigua se honraba a los deportistas a tal punto que se creía que los dioses se declaraban simpatizantes de unos y otros, y que esas diferencias generaban conflictos entre ellos. Homero se encontraría con que hoy no habría diferencia allí arriba: Zeus, Poseidón, Apolo y toda su tropa serían hinchas de Messi.
Messi fue un héroe. Así como lo fue el gaucho cimarrón por la infinita pampa, los vaqueros de John Ford en la frontera con el salvaje o el honorable héroe griego que cruza el mar defendiendo el orden frente al caos. Messi luchó aún cuando supo que no ganaría. Aceptó su destino.
Fue un héroe ya que, siendo el mejor de manera indiscutida, tuvo que aguantar estoicamente un vasto período de “destierro” al principio físico, en el exilio temprano de Rosario a Barcelona, y luego espiritual, cuando fue, durante años, señalado como extranjero en su propia patria. Un héroe caído que parecía condenado a la frustración eterna.
Y el final, la épica redención, lo conocemos todos: la gloria, la hazaña, el emir vistiendo al capitán con el bisht, esa túnica negra y dorada del mundo árabe. Luego la aventura por Estados Unidos, los goles, el desahogo.
La liturgia del héroe
Muchos son los que creen que con el partido del martes se terminó la “era Messi”, y ocurre más bien lo contrario, porque la muerte del héroe es la que enciende la llama de su recuerdo inquebrantable. La transfiguración del ídolo. Ahora es el momento en el cual todo lo que pase de hoy en adelante sufrirá la sombra tutelar del gran capitán, porque el jugador que salga a jugar nunca va a saciar las ansias de ver a Messi una vez más, por más bueno que sea.
Y cuando Messi se vaya de este mundo, seguramente se levante una estatua de bronce. Quizá en su Rosario natal, quizá aquí en Buenos Aires o en las lejanías de Barcelona. Alrededor de esa estatua que marcará su sepultura, posiblemente se haga un museo. Me lo imagino circunferencial, con forma de pelota, dejando un patio interno donde estará la magnífica estatua. Logro ver las procesiones de gente que se organiza para llevar ofrendas y celebrar la figura de su héroe.
Esa pasión que despierta la admiración que produce Messi sin excepciones a lo largo y ancho del mundo (porque para él toda la tierra fue cancha, como cantaba Martín Fierro) es tan joven como el niño recién nacido, que marca con su vida el comienzo de la era Messi, en la que su imagen se multiplicará en las calles y en las casas.
Y perdurará en el tiempo, madurando. Astor Piazzolla solía repetir que “no se le puede pedir a un muchacho que ahora tiene 16 años, que sienta y se conmueva con Gardel, porque Gardel le habla en sus canciones de cosas inexistentes” porque Gardel, como ahora Messi, fue en un momento ídolo mitificado, un hecho social sin precedentes. Y luego pasó a ser más bien un prócer, y los próceres no emocionan, sino que, en cualquier caso, inspiran respeto. Una liturgia que se enfría protocolarmente.
Ya está. Ya se fue. Disfrutemos ahora con la repetición de su imagen. Del Messi rejuvenecido por el recuerdo y la tecnología, que vuelve a enganchar al rival sin que este nunca llegue a tocar la pelota. Del Messi de las camisetas con el 10 en la espalda, que de ahora en más pasan a ser remembranzas, reliquias que irán ganando en valor cuando alguien diga “mi abuelo tiene una camiseta de Messi”, aunque ese ya no será el Messi que conocimos.
