Por Toni Schweinheim (@ToniDibujante)
Nací en Mambúm, una ex colonia africana de la República de Lendor. Como todas las potencias, después de chuparles un rato la sangre, las dejan liberadas a su suerte. Decir que uno es mambunés en Europa era una forma de que te discriminaran… salvo que fueses futbolista.
De mi país recuerdo primero el calor sofocante. Después recuerdo a mi madre. Luego a mi padre, alto, grandote, pero flaco. Mi madre tenía unas manos enormes. Podía llevar una olla hirviendo con un trapo, cargar a mi hermana, espantar una mosca y acariciarme la cabeza casi al mismo tiempo. Mi padre, en cambio, las manos las tenía siempre trabajando.
Éramos pobres, aunque entonces yo no lo sabía. El ruido del estómago por el hambre para mí era lo más natural del mundo. No sabía que era algo producto de la pobreza. Nos entrenábamos, algunos corriendo y otros jugando a la pelota, pero no con una pelota sino con cualquier objeto que pudiéramos patear.
Después vino la guerra. Con los años aprendí los nombres de los bandos, las razones, los mapas y hasta las fechas. Pero nada de eso estaba ahí cuando comenzaron los tiros. Mi padre murió primero. Fusilado en la puerta de casa. De mi madre nunca supe más nada. Se la llevaron con mi hermana. A mí me tiraron en un camión.
Si hubiese muerto, hubiese sido todo más fácil, pero salí de Mambúm con doce años. Nos fuimos en una barcaza de colados junto a un primo del que no nos separamos después de encontrarnos en ese camión. No voy a contar el viaje, ni todo lo que hice una vez llegado a Lendor, porque uno tiene que sobrevivir. Lícita o ilícitamente. Yo no tuve la suerte de elegir.
Tuve hambre. Tuve frío. Dormí en lugares donde ningún ser humano debería dormir. Vi hombres pegarles a otros hombres por un pedazo de pan. Vi mujeres abrazar a sus hijos durante noches enteras para convencerlos de que al día siguiente habría comida.
La primera palabra que aprendí en su idioma fue refugiado. La segunda fue negro. De la tercera prefiero no acordarme. A los catorce años empecé a trabajar limpiando baños y de a poco fui escalando: de los baños pasé a los platos, luego cargué cajones.
Siempre jugué al fútbol en los pocos ratos libres que me quedaban, y un domingo me vio un hombre que me preguntó mi nombre y si tenía documentos. Le dije que lo segundo era bastante más complicado que lo primero y que, si quería deportarme, me iba tranquilo. El tipo sonrió. Dos semanas más tarde estaba entrenando en un club de tercera división.
A los diecisiete debuté. A los dieciocho me mandaron un telegrama desde la selección de Mambúm, para integrar la Sub 20. Supuse que todavía estaría en guerra. No me molesté en contestar. A los diecinueve me compró un equipo de primera, y a los veinte me fichó uno de los grandes de Lendor.
Entonces ocurrió algo curioso: dejé de ser el refugiado, el negro, el mambunés que venía a robar. Si hasta tenía un departamento lujoso. Los diarios comenzaron a llamarme «la joya de Lendor». Decían que mi velocidad era lendoresa. Que mi potencia representaba el espíritu lendorés. Que mi sacrificio era un ejemplo de los valores de aquel país.
Ahí llegó el llamado de la selección de Lendor. Les dije que no. Yo estaba tranquilo. Era como un pirata en ese momento, no tenía nación. El entrenador vino personalmente a verme.
“Este país te dio una oportunidad”, me dijo. No me gustó la frase. Lendor no me había regalado nada. Todo lo contrario, venía arrebatándole cosas a mis ancestros.
Terminé aceptando porque para un futbolista no hay un sueño que no involucre un Mundial. Canté el himno de Lendor con respeto, aunque nunca conseguí sentirlo en el mismo lugar del cuerpo donde todavía vivían las canciones de mi madre.
Cuando ganábamos, yo era de Lendor. No importaba el color, el origen. Lendorés de pura sangre. Cuando perdíamos volvía a ser el africano. El negro. El refugiado. Ese que nacionalizaron. El extranjero al que le habían permitido ponerse una camiseta que, según algunos, nunca terminaría de pertenecerle. Aprendí a convivir con eso.
Eventualmente llegó mi segundo Mundial. Tenía veintiocho años y Lendor era uno de los candidatos. Pero había algo que me daba una sensación rara en el pecho: Mambúm había clasificado por primera vez. Eso me ponía contento por un lado, aunque no quería tener que enfrentar a la tierra de mis padres. Y mía, por supuesto.
Mambúm apenas había conseguido clasificarse y aquello ya había sido una fiesta. Vi por televisión las calles llenas de gente. La verdad, los edificios, las calles, me parecían muy ajenos, pero aún así me tocaban el corazón. Como si una voz interna quisiera abrazarse con toda esa gente. Lloré solo en la habitación del hotel.
El sorteo quiso que no compartiéramos grupo. Me tranquilizó… Pero Mambúm fue la revelación y entró a octavos primero, y a cuartos después. Y ahí ya no hubo salvación: Lendor contra Mambúm. No dormí durante los tres días previos a esos malditos cuartos de final.
Durante los himnos miré hacia la otra fila. Los jugadores de Mambúm cantaron. Y yo conocía aquella canción. La había escuchado antes de saber qué era un país. Mi país.
No les voy a dar un detalle del partido, pero fue un 0-0 que derivó en penales. El entrenador nos preguntó quiénes estaban dispuestos a patear, y yo dije que sí. Curiosamente, otros dos compañeros nacidos en Mambúm dijeron que no.
Mambúm ya había ejecutado cinco penales. Había fallado dos. Nosotros habíamos fallado uno y todavía nos quedaba el último. Ese último era el mío. Si convertía, Lendor pasaba a semifinales.
Caminé desde la mitad de la cancha. Nunca una cancha me había parecido tan larga. Tenía las piernas pesadas, no sé si de tanto cansancio o por los nervios de ser el verdugo de Mambúm.
Apoyé la pelota y el arquero me miró. Yo sonreí. Sin darme cuenta le había dado de comer a toda la prensa amarillista. Detrás del arco estaban los hinchas de Mambúm. Había hombres llorando antes de que pateara. Mujeres rezando. Chicos con camisetas rotas. Un país desgarrado por infinidad de guerras.
Pensé en mi padre. Pensé en las manos de mi madre. En mi hermana, que nunca volví a ver. Pensé en el hambre. En la barcaza. Pensé en Lendor. Porque sería injusto decir que allí solamente sufrí. Allí dejé amigos, una familia, una nacionalidad.
El árbitro hizo sonar el silbato. Tomé carrera… Y la tiré afuera. Como a un metro del palo.
La serie siguió pero quedamos eliminados. No miré a mis compañeros. Escuché el estadio partirse en dos. De un lado lloraban. Del otro también.
Esa noche volvieron todas las palabras: negro, refugiado, africano y muchos adjetivos que prefiero no recordar. Después de tantos años, tantos goles y tantas veces que habían dicho que yo era uno de ellos, bastó que una pelota pasara junto a un palo para devolverme al lugar donde había nacido.
Todos dijeron que lo había hecho a propósito. Al día de hoy no puedo afirmarlo ni negarlo. No sentí nada al errar el penal. Ni angustia, ni felicidad ni pena. Nada de nada. La verdad es que, al momento de patearlo, se me puso todo borroso. Quedé confundido desde que tomé carrera.
Mambúm perdió la semifinal cuatro días después. Lo golearon tres a cero. Yo vi el partido solo, en el living de mi departamento en Lendor. Cuando terminó, la televisión mostró las calles de Mambúm. Seguían llenas. La gente cantaba y bailaba.
Estoy agradecido con Lendor. Profundamente agradecido. Fue la tierra que me dio una cancha cuando yo no tenía nada, el lugar donde pude convertirme en futbolista. Me gané con mis piernas cada centímetro que avancé.
Pero aquella gente necesitaba esa alegría más que nosotros. Aunque fuera por cuatro míseros días. Porque ellos eran mi gente. Y, al parecer, yo seguía siendo uno de ellos. Después de todo, apenas erré aquel penal, volví a ser africano para todos. Sobre todo para Lendor.
Si llegaste hasta acá es porque esta nota te dio una mirada distinta, te contó algo nuevo, te hizo una diferencia sobre lo que leés en otros medios. Para que podamos seguir haciendo este tipo de contenidos, podés apoyarnos cliqueando en la imagen de abajo o en este link: https://lapelotasiempreal10.com/suscripciones/
