Por Coni Vanzini (@covanzini)
Esta no es la historia de cómo Messi conquistó a Argentina. Es la historia de cómo Argentina aprendió a querer a Messi, tiempo después de que el mundo ya estaba rendido a sus pies. En un Monumental explotado para despedir a la leyenda, poco después de la final perdida ante España en el Mundial 2026, se cerró un círculo, porque las verdaderas historias de amor nunca son perfectas, pero valen la pena.
Hace cinco años Messi sintió lo que era el amor correspondido. Argentina acababa de ganar la Copa América 2021 y, después de tantos desencuentros, algo había cambiado para siempre. Con aquel título bisagra después de 28 años de sequía para la Selección, el país entero había aprendido, al fin, a quererlo de la misma manera que Leo merecía.
Hubo un largo período en el que Leo tuvo que demostrar una y otra vez que podía ser el mismo crack de Barcelona también con la camiseta albiceleste. Y durante años, cada derrota parecía abrir una nueva discusión. Hasta que algo cambió.
“Prefiero perder con vos que perderte a vos”, decía una bandera en la tribuna por 2016, en la primera gran declaración de amor en camino a la incondicionalidad unánime hacia Messi. Su decisión de alejarse de la Selección fue un despertar para miles de argentinos.
Luego aparecieron Scaloni y los nuevos talentos para firmar un equipo de época campeón: la Copa América 2021, la tercera estrella en Qatar 2022, la Finalissima y la Copa América 2024. Y finalmente este subcampeonato en el Mundial 2026, sin el trofeo en sus manos aunque con grandes batallas y con un Messi que, una vez más, brilló y encontró la manera de sorprender(nos). Porque, como dijo alguna vez Pablo Aimar, el mejor Messi siempre es el último.
Quizás el verdadero triunfo de Messi con Argentina no haya sido ganar todo sino haber conseguido algo todavía más difícil: que un país que durante años le pidió que demostrara que era argentino terminara preguntándose cómo será el fútbol celeste y blanco sin él en la cancha.
Sin dejar el exitismo que caracteriza a estas tierras, hubo un momento en el que los argentinos aprendieron a mirar los partidos de otra manera, a valorar más el camino y la lucha. El épico triunfo ante Inglaterra en la semifinal quedará en la memoria como uno de esos partidos que trascienden todo. No hacía falta una copa posterior para entender lo que significaba esa rivalidad, esa victoria, esa histórica bandera y esos goles.
Por eso la derrota ante España duele, pero ya no significa lo mismo. Antes perder una final borraba todo el proceso recorrido. Hoy, una final perdida puede convivir con el orgullo. Puede doler y, al mismo tiempo, formar parte de una historia extraordinaria. Eso también lo cambió Messi.
No tuvo el final perfecto. Tuvo uno más humano. Y quizás eso le haga todavía más honor a su historia de perseverancia, porque más allá de lo extraordinario de su ser, ¿qué hay más terrenal que seguir intentando? Después de haber alcanzado la cima en el Mundial en Qatar, Messi no necesitaba que su 2026 terminara con otra Copa para completar su obra. Podía haber elegido que aquella noche en Lusail fuera el cierre, pero siguió. Se arriesgó a ganar y a perder una vez más.
Quizás la gran lección de Messi con Argentina no sea haberse despedido en la gloria, sino elegir seguir jugando incluso después de haberlo ganado todo. Así como los hinchas argentinos aprendieron a amar verlo jugar por encima de todo. Por eso, Messi se va con un amor mutuo, completo y eterno que ya no necesita ninguna demostración.
