Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
Libertad
La leyenda cuenta que Johnny Marr estaba tan desesperado por romper con la discográfica Rough Trade que entró una noche a las oficinas para robar el master de grabación del disco The Queen Is Dead. Esa noche se encontraba el dueño, Geoff Travis, que vio a Marr huyendo por la ventana con el master en su poder. Él no se enojó, simplemente lo miró y le dijo: “¿Querés el master? Pagalo”. Marr tuvo que devolverlo e irse con las manos vacías.
Rayan Cherki tiene el espíritu de Marr, está luchando por un fútbol que sea libre, de los artistas y para la gente. Un fútbol que no pertenece ni siquiera a los entrenadores, muchas veces meros gerentes, sino que se lo adueñaron otros que en su vida tocaron una pelota.
Ante Sunderland, una tarde cualquiera de fútbol inglés, metió una asistencia de rabona muy precisa para que su compañero Phil Foden cabecee al gol. La gente gritó más por asombro que por el propio júbilo del gol. Hasta los propios hinchas de los Black Cats se tomaban la cabeza asombrados por el centro; alguno hasta debe haber replicado la reacción del Ogro Fabbiani cuando Di María anotó un golazo de tiro libre en el clásico rosarino. Todo era alegría… o al menos debería serlo.
Los medios ingleses empezaron a cuestionar el recurso. Que si era innecesario, que si fue canchero, que no era la mejor opción. Hasta su propio entrenador, Pep Guardiola, lo retó por no ser “más sencillo”. Cherki, como ese alumno que se sienta en el fondo de la clase, no se aplacó ante estos cuestionamientos: “La rabona es mi creatividad. Lo hago en todos los partidos: todo el tiempo juego como un alma libre porque es mi vida. Quiero disfrutar y quiero dar placer a los aficionados”.
“¿Cómo gambeteo con dos toques?”, le respondió Roberto Baggio a Arrigo Sacchi en 1994 cuando el seleccionador italiano le pedía ser más resolutivo. Sacchi buscaba explicarlo todo. Baggio defendía ese territorio donde la imaginación sigue siendo irreductible.
Tres décadas después, Cherki parece recoger la misma bandera. Gran parte del deporte parece avanzar hacia sistemas cada vez más controlados, donde cada movimiento responde a una lógica previamente diseñada y los equipos funcionan como una mente colmena. El francés sigue reivindicando el valor de la improvisación. No porque rechace el orden o la táctica, sino porque entiende que la creatividad necesita espacios donde escapar de ellos. Cherki, al igual que Baggio, viene a cuestionarlo todo.
Igualdad
No todos los futbolistas necesitan lo mismo. Hay algunos que necesitan libertad creativa dentro del campo, mientras que otros requieren más información, conceptos y estructuras claras. No es una cuestión de privilegios, sino de comprender las singularidades de cada individuo.
La automatización de los métodos de entrenamiento y el control táctico generan una falsa idea de igualdad, pero en realidad lo que crean es una alienación. Los futbolistas cumplen sus órdenes, respetan los lugares preestablecidos, no corren riesgos y reducen los márgenes de error. Todos juegan y se mueven de la misma manera.
Johan Cruyff decía que “para jugar bien, necesitas buenos jugadores, pero un buen jugador casi siempre tiene el problema de la falta de eficiencia. Él siempre quiere hacer las cosas más bonitas de lo estrictamente necesario”. Esa búsqueda de belleza, ese riesgo de decidir algo inesperado, de sorprender, es lo que enaltece a los grandes futbolistas.
Cherki tira rabonas, caños, tacos, gambetea, no para inflar su propio ego ni porque busque destacar deliberadamente, sino porque es incapaz de jugar de manera automática. Ve líneas de pase que otros no detectan, percibe espacios que todavía no existen para el resto y encuentra soluciones que alteran el desarrollo esperado de una jugada. Se niega a anclarse en un sector porque quiere compartir con sus compañeros, quiere jugar con ellos y, de esa forma, también soltarlos. Los invita a expresarse en cada pase.
En un momento histórico donde buena parte de los jugadores tienden a parecerse entre sí, Cherki representa algo distinto: la reivindicación de una personalidad futbolística reconocible. La idea de que cada acción puede llevar la firma de quien la ejecuta.
Fraternidad
“Mi estilo es fácil. Amo jugar con la pelota. Me encantan las fintas, ayudar a mis compañeros. Estoy para que disfruten”. Cherki pone en cancha su visión y su talento en pos del goce de sus compañeros y del público. Como Riquelme cuando decía disfrutar más de un pase gol que de un gol.
Es que también piensa en la pelota, el vital elemento, como hacía Román cuando la besaba antes de cada tiro libre. “Intento acariciarla, no puedo hacerle daño a la pelota. Son cosas que quizá no se noten, pero puedo ver en algunos toques que a la pelota no le gusta. Es como tener un gato. Un gato no se acercará a ti si no le caes bien, si no le gusta cómo lo acaricias. Cuando tengo la pelota quiero que la gente diga: ‘¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo vio?’. Nos encantan las cosas que brillan”. Cuidar la pelota es respetar a sus compañeros, a sus rivales, a la gente, al juego mismo.
Cherki se toma muy en serio el jugar porque su fútbol no está construido para el lucimiento individual. Está pensado para compartirse. Con los compañeros que reciben sus pases, con los hinchas que asisten a la cancha y con los niños que descubren la belleza del deporte a través de futbolistas como él. Cuando sostiene que el fútbol actual es menos bonito de ver porque se arriesga menos y que quiere “reavivar esa llama” para transmitirla a las nuevas generaciones, está defendiendo precisamente ese carácter colectivo de la belleza.
En su célebre trilogía, Krzysztof Kieślowski utilizó los tres colores de la bandera francesa para preguntarse qué significaban realmente la libertad, la igualdad y la fraternidad. Quizá baste con observar noventa minutos de Rayan Cherki para encontrar las respuestas dentro de una cancha.
