Por Guido Ramos Cattolico (@julioarguelles_)
Las estadísticas mataron al fútbol. O eso dicen muchos. Lo cierto es que, al contrario de lo que pasa en la NBA, aún no veo al jugador que no arriesgue un tiro difícil para cuidar su producción individual y que no afecte su tasa de conversión de tiros.
Los datos hoy son indispensables. Tan útiles como peligrosos, pues generan un ambiente de conocimiento nuevo que puede influir en que personas que “no saben” sí crean que saben, pues le da acceso a un mar de datos sin tener esa persona la capacidad real para interpretarlos y compaginarlos con el contexto en el que fueron producidos.
Otro gran mal de la cuantificación del fútbol se da en la discusión pública. El discurso en redes y, lastimosamente, medios de comunicación, que hoy son una institución degenerada que se limita muchas veces a reproducir tendencias de las redes sin elevarlas ni criticarlas, cae en un reduccionismo cínico de los datos duros.
Así un hecho tan complejo y hermoso, es decir un hecho estético, como lo es el fútbol, que tiene su técnica, su tecnología, su historia, su táctica y una inherente carga emocional, se ve rebajado a “X jugador es mejor que este porque a) tiene más goles y asistencias o b) tiene más títulos”.
Igual o más peligroso es trasladar esta lógica al pasado y pretender comparar jugadores de épocas distintas con parámetros comunes, ya sea para criticar la actualidad o levantar/destruir la figura de un ídolo. Pero hoy quiero demostrar que con razonamientos lógicos más profundos se puede lograr sortear hábilmente esa brecha entre épocas y traer algo más de justicia a este y otros debates.
La lejanía del mito
Voy a tomar el caso de un jugador como Martín Palermo. Lo tomo porque: es el máximo goleador del fútbol argentino en épocas contemporáneas y es el único de los 20 máximos goleadores históricos de la primera división argentina que jugó durante el actual siglo. Pero además es un jugador que vimos todos y justamente por esa cercanía es que tiene muchos detractores que lo caracterizan como un jugador deficiente, a pesar de todo lo que hizo en su carrera.
Mi visión es distinta; lo pondero como un jugador absolutamente genial y en extremo talentoso. Sí, con el obstáculo de no poseer un tipo físico prodigioso para el dominio de la pelota, pero superaba cualquier dificultad con su talento innato, características intangibles como lo pueden ser la inteligencia, la repentización, la creatividad, la capacidad para leer el partido táctica y sentimentalmente, la picardía y la sensibilidad para interpretar a los compañeros y jugar en función de ello.
Pero aún explicando esto, si comparo futbolísticamente a Martín con, por ejemplo, Labruna o Erico esto puede y va a ser tomado como una falta de respeto, poco menos que una herejía y una declaración de guerra hacia los hinchas de Independiente o River, que no vieron aquellos jugadores y por ello les confieren características cuasi divinas que se corresponden, además, con su condición de máximos goleadores de la historia argentina. Ellos están en el “más allá” y Martín en el “más acá”

El juego de los números
¿Qué pasa si hacemos un ejercicio un poco más complejo y tomamos los recaudos para poder trasladar a Martín al más allá? El experimento que voy a plantear implica calcular cómo habría sido la carrera de Martín Palermo si en vez de debutar en 1992, como sucedió en la realidad, lo hubiera hecho en 1931, en los albores del fútbol profesional, respetando los clubes en los que jugó y, fundamentalmente, su producción individual ajustándola a su época. Se tuvieron en cuenta las lesiones que tuvo en la vida real y su paso por Europa.
Para conseguirlo, ajustamos sus números a la cantidad de partidos jugados y de goles que se hacían en aquellos tiempos. Cito un ejemplo: vamos a pasar la temporada 1997-98 de Martín Palermo al año 1933. Mantenemos el hecho de que Martín jugó el 84% de los 38 partidos del campeonato local (Apertura y Clausura), pero ahora lo aplicamos sobre las 34 fechas que se jugaron en el ’33.
Palermo jugaría entonces un estimado de 29 partidos (lo hacemos por partidos jugados y no por minutos disputados porque en la antigüedad no había cambios). Si dividimos el promedio de gol del fútbol argentino de 1933 (3.51) por el de 1997-98 (2.935) nos da 1.20. Ese coeficiente lo multiplicamos por el promedio de gol de Martín Palermo en 1997-98, 0.69, y nos da un promedio de gol ajustado de 0.82. El resultado es que en esos 29 partidos Martín Palermo hubiese metido 24 goles. Este es el ejercicio que extenderemos a todos los años, desde 1931 a 1946.
Repitiendo este experimento, ajustando minuciosamente cada temporada a cada año, nos da el siguiente resultado: al finalizar su campaña habría registrado 292 goles en 325 partidos con un promedio de 0.899, teniendo por temporada de máxima producción la de 1934 en la que metería 43 goles en 36 partidos.
En comparación, Arsenio Erico metió, según la última investigación del Centro de Investigación Histórica del Fútbol (CIHF), 293 goles en 332 partidos en la primera división, que dan un promedio de gol comparable con el de Martín. El de Ángel Labruna rondaría el 0.57, consiguiendo 295 goles en 515 encuentros.

Comparar al hombre con los mitos
Este juego de números se me ocurrió hace ya tiempo. Cuando lo planteé se me objetaron varias cosas, entre ellas que a Palermo no le daría el nivel para jugar en esos equipos de la época de oro del fútbol argentino. ¿Por qué? ¿Cómo lo sabrán aquellos hinchas de River e Independiente que se sintieron ofendidos?
¿Cuántos hinchas de River, por ejemplo, sabrán que Labruna no fue ni por asomo el mejor jugador de La Máquina? De hecho, habría que buscar si hubo algún año en el que haya sido el mejor jugador en el plantel. ¿Saben los hinchas de Independiente cómo metía sus goles Erico? Lo que sucede es el choque entre lo vivo (el hombre, Martín) y lo muerto (el mito, Erico o Labruna). Y nunca vamos a poder saber lo que fueron esos nombres en la realidad, es decir la historia, si no los sacamos del bronce y los ponemos en perspectiva con su época.
No es ofensa decir que Palermo tenía más gol que Ángel Labruna, ni decir que el Titán cabeceaba mejor que Erico. Mi análisis estadístico los puso uno al lado del otro. Ni hablar de la técnica y la táctica. ¿Qué pensará aquel que me dijo que antes Palermo no jugaría si le plantease las condiciones reales en las que Palermo entraría en juego en aquella época?
Reflexiones finales
Mi análisis únicamente simula una producción de Martín de 1931 a 1946 que es igual, proporcionalmente, a la que hizo en la realidad entre 1995 y 2011. De modo que no entraron en el análisis el hecho de que se defendiera con menos gente o que hubiera dos wines bien abiertos especializados en proveer al delantero centro y dos armadores de juego.
En los ’90 y 2000, Palermo solo disfrutó de la compañía de un solo atacante neto por fuera (Guillermo, Delgado, Palacio, etc.) y un enganche (Riquelme o Insúa). Tampoco entró en consideración que Martín midiese 1,88 y pesase 84 kilos, por lo que era 10 centímetros más alto y 5 kilos más pesado que cualquier stopper que pusieran a marcarlo en 1940.
Imaginen ahora esa interminable lista de factores que no entraron en consideración en mi ejercicio de traslación temporal y posterior comparación. Aún mi esfuerzo para dar profundidad y justicia a este debate (y que se puede repetir en cualquier otro) palidece frente a la real cantidad de parámetros, matices y aristas a los que se ciñe el fútbol. ¿Por qué, entonces, pretenden algunos la verdad, comparando goles y títulos cuando en realidad están comparando peras con manzanas?
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