Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
Nuestro aparato fonador no está entrenado en la formulación de ciertos sonidos que lo componen, pero su nombre de pila, Khvicha (ხვიჩა, en georgiano), arranca con una jota aspirada profundamente, un sonido áspero que se produce desde la garganta.
El apellido arranca con la sílaba Kva que suena bastante parecido a Cua, y contiene, como el nombre, esa kh muy característica del georgiano, de nuevo esa jota profunda y rasposa de antes. Queda escrito Kvaratskhelia y se pronuncia parecido a Cuarats-jelia.
Entenderán que una persona, en este caso un futbolista, no le demanda ese esfuerzo tan particular a otras millones de aprenderse su nombre, siendo este tan complicado, por simple azar o capricho. Esa persona tiene que haber hecho algo importante.
Sepan entonces, y lo diré sin tapujos ni rodeos, que este pibe que nació a más de trece mil kilómetros de cualquier cancha de Sarandí o Barracas hizo más que ningún otro futbolista en el mundo. Y no me refiero a ninguna estadística ni a la extensión de su palmarés, sino a algo mucho más profundo dentro del fútbol y las personas. Kvara trae debajo de los tapones de sus botines mucho de lo viejo y olvidado.

El currículum heroico
Es lo de menos, sí, pero aún en este apartado que suele ser tan frío en las comparaciones modernas es que Khvicha tiene un algo distinto a todos los demás jugadores actuales. Es esa noción de mérito, de hazaña, de épica que hacía falta recuperar.
No tiene la generosa vitrina que podrán tener Vinícius o Luis Díaz, los otros cracks de su misma posición. Pero sí tiene más historias por contar. Como aquella en la que sacó campeón al Napoli, después de 34 años y en una campaña brillantísima y demoledora que lo sorprendió campeón con más de quince puntos de ventaja.
O mismo cuando llegó al París Saint Germain y significó ese salto absoluto de calidad. No hace falta más que fijarse en el rendimiento del equipo antes y después de la llegada del georgiano. Todo para ser campeón por primera vez de la Champions League y meterse luego en ese selecto grupo de tres clubes que ganaron el famoso sextete… Y ahora están en otra final.
Pero si lo que se busca son epopeyas se debe poner en perspectiva su fabulosa campaña con la selección nacional. El fracaso es un lujo que bien podría haberse dado con tal panorama: Georgia es una selección con mayoría de jugadores que en Argentina tranquilamente podrían desempeñarse en categorías como la B Metro o inferiores.
Así y todo logró clasificarlos a su primera Eurocopa en la historia en 2024. Y no solo eso (porque con esto podría haberse ido a casa con un sentimiento de la tarea cumplida), sino que los llevó hasta octavos de final ganándole a Portugal. En Georgia todavía están gritando ese gol de Kvara.

El jugador, el duende
Crecimos con esas fábulas de duendes que bordaban la línea de cal con el número siete o el once en la espalda y las medias bajas. Esos personajes que se prendían y apagaban y que en un momento sufrían ese insight y salían desnudos gritando “Eureka”.
Es una raza de artistas que se creía extinta compusta por genios incomprensibles de la bohemia, magos que desarmaban la marcación con un simple hamaque y jugaban como diciendo “no se puede hacer más lento”. Todo eso tiene el georgiano, que más que un futbolista es un dibujo animado.
Kvaratskhelia dejó de ser un desconocido de manera súbita a los 21 años. Ya desde la pinta es un continuador de esos viejos duendes de la raya. Si acaso es lo primero que me conmovió cuando lo vi. Esas medias bajas, las piernas flacas sin depilar, la barba descuidada y el pelo desaliñado. Usaba el número 77 como si ya avisara que tenía el de oro y el de espada.
Esos caños, arrinconado contra la raya, en la mitad de la cancha. Esos giros con los tacos o esos desbordes interminables. Esas tardes increíbles como la del 5-1 contra la Juventus de Di María. Y esos goles o golazos, como aquel al Atalanta en el que, con el mismo enganche, amaga a tres jugadores y al arquero dos veces seguidas dentro del área.
O mi favorito, en la temporada subsiguiente, contra el Udinese. Kvaratskhelia iluminó el cielo de una tarde gris cuando fue a presionar la dubitativa salida de un defensor, robó la pelota, encaró al arquero y este se arrojó a sus pies. Entonces Khvicha levantó la pelota escasos centímetros, no más de 60, los suficientes como para que pase el cuerpo del arquero como un tren bala. No tuvo más que empujarla con la valla desguarnecida. Una muestra de sutileza cruda, impactante, que no se olvida fácilmente.
De este georgiano diría cualquiera de las grandes plumas del periodismo argentino (Panzeri, Juvenal, Ardizzone, etc.) que bien podría haber nacido en un potrero argentino y no fue sino un despiste de la cigüeña que lo tenía que traer. Es por esa desfachatez que a veces roza la displicencia. Por sus enganches, sus frenos, sus gambetas y por su toque. Por esa costumbre de jugar y hacer jugar que lo consagra en su condición de crack absoluto y sin vueltas. Por ser un wing-wing.
Las dos caras

Me gustaría celebrarlo también como el jugador total que es. Para toda la cancha. Porque es un compendio de no solo técnica y talento, sino también sacrificio, solidaridad, despliegue e inteligencia. Habría que destacar, entonces, su condición de hombre de equipo que lo lleva a contagiar de fútbol al resto de sus compañeros, a marcar, presionar y bajar tapando hombres, a hacer goles y, de vez en cuando, evitar los del rival. Para ayudar a su marcador de punta, a sus volantes y a sus “socios” de la delantera.
Todo eso transmite al público. Esa combinación entre guerrero y artista, entre animal competitivo y el solidario que prepara el gol del otro, entre defensor y atacante, sin que ninguno le gane al otro. Contrastando fuertemente contra el recuerdo ingrato y el actual vedetismo de ese otro siete parisino que parece siempre dar más dolores de cabeza a los propios que a los rivales.
En Nápoles se transformó en unos pocos meses en un ídolo al que bautizaron en referencia al más grande de la ciudad (y del mundo): “Kvaradona” lo llamaron. Como si hubiera tocado fibras sensibles del viejo tifoso napolitano…
Las reminiscencias de otros tiempos

Es eso lo que provoca Kvaratskhelia. Esas nostalgias. Despierta el recuerdo de otros cracks y con ellos el de otros tiempos, como siempre mejores. En Brasil lo compararon, y con mucha razón, con Renato Gaúcho. A Renato lo une un evidente aire de familia en sus enganches y un casi idéntico tipo-físico.
Aquí en Argentina escuché comparaciones varias con Enzo Francescoli por su elegancia, su control de pelota y la pegada; también lo compararon con Houseman en eso del uso de ambos perfiles, las medias bajas y la imprevisibilidad, aunque el georgiano es más sobrio que el Hueso.
En mi opinión sí podríamos comparar su condición de wing total con los viejos Félix Loustau y Oreste Omar Corbatta, que daban aire a sus compañeros a lo largo de toda la cancha. Otra comparación que tuvo que resistir aquí en Argentina fue con Di María, aunque la veo menos atinada.
En Inglaterra nombran mucho a Ryan Giggs y a George Best (¡qué nenes, por favor!) por la similitud de sus gambetas. En Francia recordaron al gran David Ginola. En Alemania lo compararon con Ribery por su personalidad. En España creen que Khvicha es lo más parecido que hubo a Luis Figo. Y en Italia evocan a Donadoni, Kaká, Savićević y Bruno Conti.
Me mencionaron también hace unos días cierto parentesco con Arjen Robben, sobre todo cuando se corta para adentro y busca el tiro de media distancia -aquello de “saben lo que va a hacer, pero nadie lo puede parar”.
Recuerdo los versos de un poema de Jorge Luis Borges titulado El Tango:
En un instante que hoy emerge aislado,
Sin antes ni después, contra el olvido,
Y que tiene el sabor de lo perdido,
De lo perdido y lo recuperado.
Y no puedo evitar intervenir otro verso más (con las pertinentes disculpas a J. L. B.) para hablar del georgiano y concluir:
En sus gambetas se hallan antiguas cosas…
