Por Daniel Reinoso (@futbolymultitudes)
Hay nombres que evocan una forma de sentir el fútbol, y el de Germán Martelotto es uno de ellos. Surgido de la cantera inagotable de Calchín, el Tato fue protagonista de una de las épocas más gloriosas de Belgrano y hoy vuelca su experiencia en la formación de nuevos talentos.
La Pelota Siempre Al 10: ¿A qué edad llegaste a Las Palmas y quién te llevó luego a Belgrano?
Germán Martelotto: Llegué a Las Palmas a los 19 años. De ahí me llevó a Belgrano la «Chiva» Froilán Altamirano. Él llegó al club como ayudante de campo del “Pucho” Arraigada y me sumó a ese grupo. Éramos muchísimos jugadores del interior; creo que al menos quince en aquel plantel.
LPSA10: ¿Por qué ese equipo quedó en la memoria de todos?
GM: Fue un momento particular. El club venía de una inactividad por problemas económicos y decidió apostar por gente joven. Armaron un plantel donde la mayoría éramos chicos, muchos recién llegados a Córdoba. Terminamos ganando ese campeonato [Torneo Regional 1985/86] y nos identificamos profundamente con el sentimiento de la gente.

LPSA10: ¿Qué tenía ese mediocampo que emocionaba tanto?
GM: En el equipo del ’86 el medio era de Selección, exquisito, un Villarreal con una calidad impresionante. Y de “Jota Jota” qué se puede agregar, uno de los mejores en su puesto. Me acuerdo de una anécdota en una práctica, JJ era de pasar la pelota sin mirar al destinatario, y en una jugada que no esperaba que me la pasara, me dijo: “Pibe, siempre que tenga la pelota esperá el pase, porque yo no miro a quien se la doy” Impresionante jugador.
LPSA10: Ese equipo rompió un poco el molde del estilo histórico de Belgrano, que siempre fue más asociado a la «garra».
GM: Sos el primero que me lo dice, pero es verdad. Aquel equipo no tenía tanto ese rasgo de lucha pura, sino que salía a proponer y a imponer su estilo de juego en cualquier cancha. Fue un torneo largo y desgastante, pero Belgrano jugaba de igual a igual en todos lados; esa era nuestra intención. Fuimos un equipo ofensivo que siempre buscó el arco de enfrente, y por eso el hincha se sintió tan representado.
LPSA10: ¿Cómo era el «Tito» Cuellar con ustedes?
GM: El «Tito» nos daba toda la libertad. Su apuesta era lograr un equipo netamente ofensivo que saliera a proponer. Era un fútbol abierto, vertical y con buen pie en todas las líneas. Salvo un par de jugadores que se encargaban de recuperar, el resto pensábamos siempre en el arco de enfrente, de local y de visitante. El «Tito» era como un padre para nosotros; quizás sin tanto desarrollo estratégico, pero con una confianza absoluta que nos contagiaba para salir a jugar siempre igual.
LPSA10: Volviendo al Belgrano del 86, ese equipo que estuvo 40 partidos invicto, hubo una figura clave en la preparación física que luego trascendió fronteras: el profesor Andrés Fassi.
GM: Sí, Andrés estaba con nosotros en el club, era muy joven y recién recibido de PF. Hizo un año con nosotros y cuando se fue el «Tito» Cuéllar, él también partió.
LPSA10: Imposible no preguntarte por tu paso por la Selección Argentina en aquella gira de 1991.
GM: Fue un premio a varios años de sacrificio. Me llegó de grande, a los 28 o 29 años. En ese momento, tras el tema del doping de Maradona, el «Coco» Basile estaba buscando un volante creativo. Me tocó probar en esa gira por Estados Unidos e Inglaterra, donde jugamos en Wembley un 25 de mayo. Finalmente, el puesto quedó para Leo Rodríguez, que la rompió en la Copa América de Chile.

LPSA10: Vos sos uno de los tres «calchinenses» famosos del fútbol, ¿verdad?
GM: Así es. Junto a Julián Álvarez, nada menos, y Luisito «el Cabrito» Rolfo, que jugó en Instituto y en la Selección. También está Ariel Moreno, que fue crack en Talleres. Es algo raro que un pueblo tan chico haya dado tantos jugadores de Selección.
LPSA10: Repasando tu carrera, te tocó integrar equipos excelentes. Pasaste por un gran Rosario Central y luego por uno de los mejores Deportivo Español de la historia. ¿Qué recordás de esa etapa en Buenos Aires?
GM: Es cierto, en Deportivo Español teníamos un equipo que salía de memoria. Estaba Catalano en el arco, Batista por un lateral, y arriba jugaba el «Puma» Rodríguez, que era una fiera, potencia pura; lo terminaron vendiendo a España.
LPSA10: Y en México también dejaste una huella importante. Jugaste en Veracruz, Pachuca y nada menos que en el América. De hecho, fuiste el primer argentino convocado a la Selección jugando en esa liga.
GM: Así fue. Antes no se convocaba a quienes jugábamos en México. A mí me ayudó mucho Miguel Ángel López, que dirigía a las Chivas de Guadalajara y le pasaba información al cuerpo técnico de la AFA. Me enteré un fin de semana antes y no lo podía creer; en esa época la citación te llegaba por telegrama al club. Fue una sorpresa muy grata.
LPSA10: Quienes te vieron jugar destacan tu elegancia: la cabeza levantada, el panorama para el pelotazo y la pegada. Tenías una forma de conducir muy vertical.
GM: Trataba de ser punzante, me gustaba aprovechar los espacios que generaban los delanteros. Recuerdo una anécdota con Pedro Marchetta; en una práctica erré un par de pases y me puse a correr para compensar. Pedro me paró y me dijo: «Tato, no corras. Vos sos tan malo marcando que si te cierran un ojo te comen el amague. Quédate ahí y jugá cuando te llegue la pelota». Tenía razón, lo mío era crear con la pelota, no recuperar.

LPSA10: Si hoy tuvieras 20 años y tuvieras que saltar a la cancha con la intensidad que se juega ahora, en este «bosque de piernas» constante… ¿Sentís que tu talento y habilidad bastarían?
GM: Pienso que sí. Trataría de adaptarme lo antes posible a este cambio generacional y al cúmulo de información que reciben hoy los jugadores. Si bien no era un jugador de mucha velocidad, creo que en determinado lugar de la cancha podría cumplir; quizás como un enlace detrás del «9» o una segunda punta volcado a la izquierda para favorecer mi perfil.
LPSA10: Hablando de momentos agridulces, es imposible no mencionar la final del ascenso que Belgrano pierde contra Banfield en 1991. ¿Cómo explicás ese partido después de tanto tiempo?
GM: Fue la amargura más grande de mi carrera. Teníamos todo a favor: habíamos ganado el primer partido en Córdoba. El segundo partido podríamos haber goleado, erramos muchos goles y en cinco minutos nos empataron y cuando parecía que íbamos al suplementario nos hicieron el segundo y no pudimos recuperarnos. Es algo que todavía no encuentro explicación.

LPSA10: Hoy te toca estar del otro lado de la línea de cal. ¿Cómo te trata la dirección técnica en la Liga de San Francisco?
GM: Estoy dirigiendo en Carrilobo hace unos años. Es un cambio de perspectiva total. Antes uno pensaba en su rendimiento individual; hoy tenés que pensar en función de 25 jugadores y sus familias. Me llevó un tiempo encontrarle el gusto, pero cuando ves que lo que trabajaste en la semana sale el domingo, la satisfacción es la misma que sentía cuando jugaba.
LPSA10: Tuviste maestros de la talla de Arraigada, Cuellar, Marchetta, el «Zurdo» López, Basile, Yudica y hasta Leo Beenhakker en el América de México. ¿Qué rescatas de cada uno para tu propio modelo?
GM: Siempre trate de sacar lo mejor de cada uno. Priorizo el juego ofensivo y vertical. De Beenhakker, que venía de dirigir al Real Madrid, me marcó la disciplina y esa intensidad europea del 4: 3: 3, siempre nos decía: el primer pase siempre tiene que ser recto al arco de enfrente, y si te tapan, recién ahí se juega para los costados. También aprendí de la honestidad de Miguel Mejía Barón en Monterrey.
LPSA10: Si volvieras a nacer ¿te gustaría vivir la misma vida futbolística?
GM: Sí, elegiría la misma vida con la única salvedad de haber ganado esa final imposible que perdimos con Banfield.
La charla con Martelotto deja una certeza: el fútbol, para él, no se agota en un esquema táctico o un resultado. Su visión trasciende la línea de cal. En un fútbol actual marcado por la intensidad física, Martelotto reivindica el valor del pensamiento y la conducción, pero por, sobre todo, la integridad de la persona detrás del atleta. Para el Tato, la carrera puede ser efímera, pero el respeto ganado y la identidad con una institución son los únicos trofeos que no se oxidan con el tiempo.
