Por Leonardo Nieto (@leonardo_nieto17octubre)
Esta vez era Nieto el mayor el que manejaba. Había pasado por la casa de su hermano -circunstancia extraña- para levantarlo. Raro. Por lo general, era Nieto el menor el que manejaba y se ocupaba de buscar al otro Nieto a quien debiera buscar. La cosa dependía siempre del trabajo. Y en esta ocasión, había un trabajo. Y Nieto el mayor había sacado del garaje su Corvette Stingray 1963 color plata.
-¡Qué hacés, Nieto!- le había gritado el menor a su hermano mientras cerraba la puerta de calle en su casa de San Martín.
El Corvette en marcha, Nieto el mayor habló en voz baja, negando con la cabeza; lo envolvía un aire de frustración y cualquiera habría notado con absoluta nitidez una suerte de resignación. El menor subió al auto.
-Uh, ya veo que te estás quejando.
-Pará, son las cuatro de la mañana, bajá la voz. Discreción, Nieto. Te pido discreción- habló el mayor.
Se dieron la mano. Nieto el menor bajó el vidrio de su lado. Estaba excitado, ansioso, inquieto. Como siempre. El auto echó a andar.
-Qué raro- escupió el menor de los hermanos.
Estaba nublado. Una brisa amable se repartía para ingresar sin permiso a través de cada ventana.
-¿Qué es lo raro?
-Que hayas sacado el Corvette.
-Mmm…
-Que me hayas buscado vos a mí.
-Mmm…
-Que no me hayas pedido un vehículo discreto.
-Nunca traés un vehículo discreto.
-Yo soy el que se encarga del transporte siempre. ¿Pasa algo?
-¿A qué te referís?
-¿Estás enojado conmigo?
-Te pido por favor.
-Siempre lo mismo con vos- se quejó Nieto el menor mientras se cruzaba de brazos como un chico con el ceño fruncido.
-No empecés. Y no me hablés, que estoy pensando.
Nieto el menor se arrellanó en su butaca, buscó los cigarrillos en el bolsillo del saco y se puso uno entre los labios. Buscó el encendedor en el otro bolsillo.
-¿Qué hacés?- inquirió el primogénito.
-¿Qué hago con qué? ¿Qué hice ahora? ¿Qué pasó?- dijo el menor, que ahora sostenía el cigarrillo con pulgar y mayor de la mano izquierda, el encendedor en la otra mano.
-¿Vos me ves fumar acaso?
-Uy, no te la puedo creer.
-¿Vos me ves fumar? ¿Sabés cuánto vale este auto?
-Ya empezamos mal. Qué día de mierda vamos a tener.
-Vos. Yo no. Yo estoy bien. Sos vos el que me pone así. Pero no te voy a dejar. Yo voy a tener un gran día.
Nieto el mayor dobló a la izquierda.
-¿Por qué bajás tanto la velocidad para doblar? Si no hay nadie.
-No me hablés- contestó el primogénito, enojado.
-A esta hora no hay nadie, mirá.
-Callate.
-¿Fuiste de cuerpo antes de salir? Lo mejor es ir bien temprano. Te acomoda el resto del día. Yo hice antes de que me buscaras.
-Callate, ¿querés?
-Ah, no me digas que estás tomando ese brebaje de mierda otra vez.
-¿Qué brebaje? ¿Qué decís?
-Esa bosta hindú que se te ocurrió tomar en ayunas hace un par de años.
-No sé de qué me hablás.
-Era una porquería radiactiva que te había recetado la Pitonisa. Y vos tomabas esa cagada de loro descompuesto no sé para qué carajo pero te ponía de un humor de perro. Horrible.
-Tenemos trabajo- dijo Nieto el mayor para cortar justo cuando doblaba a la derecha.
-Ahora me contás. ¿Puedo fumar?
-No.
-Pero saco la cabeza por la ventana.
-Ni se te ocurra.
-Ah, el señor no quiere que le fumen en el Corvette… Ah, el señor y su auto de colección…
-Callate.
-El señor es el hermano mayor…
-Nieto.
-El preferido de mamá…
Nieto el menor había dejado de hablar repentinamente. El silencio llenó la cabina del Corvette y se metió en la luneta. Nieto el mayor había manoteado la .45 de la sobaquera con la mano derecha y había apoyado el cañón en el cuello de su hermano.
Nieto el menor tiró el cigarrillo apagado por la ventana. Lo propio hizo con el encendedor que tenía en la otra mano. Luego buscó el atado en el bolsillo del saco y lo arrojó también, furioso.
-No fumo más.
Nieto el mayor miraba hacia el frente, la mano izquierda apoyada en el volante, cuando habló:
-Pasá los cambios, Nieto.
-Sí, señor.
Nieto el menor se ocupó de la palanca cuatro o cinco veces, con la mano derecha, para lo cual debió arquearse un poco, girar levemente el torso. Sintió que el cañón del arma le presionaba la garganta con mayor ímpetu.
-¿Estamos bien?- preguntó el primogénito al cabo de varias cuadras.
-Estamos.
Nieto el mayor guardó la .45 en la sobaquera y se hizo cargo de la totalidad de los controles nuevamente. Su hermano se relajó, se arrellanó en su butaca y bufó.
-No se puede joder con vos. No te aguantás un chascarrillo ni por putas- soltó.
Nieto el mayor encendió el reproductor y comenzó a sonar el Dave Brubeck Quartet. Time out. 1959. Anduvieron un largo trecho. Sin hablar. Entrada la madrugada, la noche estaba linda; seguía nublado y estaba fresco. El conductor estacionó al costado de una plaza sobre una calle de doble mano y le bajó el volumen a Dave Brubeck. Giró la cabeza para hablarle a su hermano.
-Escuchame bien.
-Ah, por fin vas a largar prenda.
-Anoche me llamó el Chiqui.
-¿El tullido que corta?
-No, bruto. El Chiqui- contestó poniendo énfasis en el artículo.
-Ah, el Chiqui- repitió Nieto el menor con el mismo énfasis en el mismo sitio de la oración.
-Sí. Terminó el partido y me llamó.
-No me hablés del partido, negro y la puta madre que te parió.
-Atendeme.
-Sí. ¿Qué quería?
-Tenemos que sacar del país al uruguayo.
-No me digas. ¿Por el penal?
-Sí.
-¿El negro uruguayo que erró el penal?
-¿Querés que te lo escriba?
-Lo odio. Cómo nos cagó.
-Pará.
-Hijo de re mil puta cómo lo puteé.
-Concentrate, por favor.
-Hijo de una gran puta cómo vas a errar el penal…
-Nieto.
-Era el gol del empate, uruguayo perdedor, cagón…
-¡Nieto!- gritó en voz baja el mayor a la vez que agarraba a su hermano del cuello de la camisa.
-Sí, sí, está bien. Me calmo. Ya está.
Nieto el mayor largó. Habló sorprendido cambiando el rumbo de la conversación.
-¿Y la corbata?
-¿Qué corbata?
-Te pedí que esta vez te pusieras una corbata.
-Yo no uso corbata. Es más, vos tampoco deberías. Te envejece. Y te queda como el culo.
-Nieto y la puta madre que te parió. Una vez. Una puta vez que te pido que te pongas una puta corbata.
-No te entiendo. Es un detalle. Insignificante. Qué ganas de hinchar las pelotas.
-Te odio.
-¿Qué? ¿Es por el Chiqui?
-Después tenemos que ir a Ezeiza.
-Ah, entiendo.
Nieto el mayor bajó del auto y prendió un cigarrillo. Su hermano bajó lo mismo.
-No tengo cigarrillos- le dijo por encima del techo del Corvette.
Nieto el mayor rodeó el auto por delante y subió a la vereda de la plaza. Le dio su cigarrillo a su hermano y encendió otro para sí.
-Gracias- dijo sinceramente el benjamín.
Mientras fumaba, Nieto el mayor explicó:
-Tengo al uruguayo en el baúl.
-Me vuelvo loco. ¿Está el negro ahí atrás?
-Sí.
-¿Muerto?
-No, qué decís. Tenemos que sacarlo del país. Le buscamos papeles nuevos, lo llevamos al puerto, lo metemos en un bote y chau, de vuelta a Montevideo.
-Fácil.
-Delicado.
-Fácil. ¿Está inconsciente?
-Sí.
-En un barco, entonces.
-Un bote. Algo discreto.
-¿Lo golpeaste?
-Un poco.
-¿Lo puteaste?
-Un poco.
Nieto el menor echaba el humo por la nariz cuando empezó con su retahíla:
-Uruguayo hijo de mil puta, negro indigno, te voy a enseñar a errar un penal, ya vas a ver.
-Bueno, calmate.
-Indocumentado.
-Nieto.
-Sí.
-Me cruzo a la panadería. Unas cremonas que te morís. A esta hora están calentitas.
-Dale.
-Ya vengo. No toques nada.
-¿Qué voy a tocar?
-No hagas nada.
-¿Podés confiar en mí?
-Me quedo tranquilo.
-Tranquilo- confirmó Nieto el menor.
-Ahora vengo- dijo el otro y cruzó.
El menor de los hermanos giró y contempló la plaza. Pitó y echó el humo.
-¡Nieto!
-Sí- dijo el mayor a mitad de la avenida.
-¿Puedo correr un poco?
Nieto el mayor no le contestó, volvió a girar y se dirigió a paso rápido a la panadería.
El menor volvió a ojear la plaza. Luego se acercó al auto, lo contempló un momento y palmeó dos veces el techo en señal de cariño, de aprobación o acaso de envidia:
-Algún día- dijo para sí.
Luego se agachó y miró a través de la ventana abierta. En el interior vio que la llave estaba puesta en el tambor. Los ojos le refulgieron un instante. Se irguió para echar un vistazo hacia la panadería. Vio a su hermano dentro, conversaba con alguien, el dueño del boliche o quizás algún empleado. Volvió a mirar la llave. Hizo un gesto con la boca, un frunce, como si pensara No, no está bien. Me dijo que no tocara nada. Cuando se dio cuenta de lo que cavilaba, ya estaba levantando la puerta del baúl.
-A la mierda- dijo.
El centrodelantero estaba ahí echado, la pilcha del partido puesta, sin las canilleras, las medias bajas, las manos atadas detrás de la espalda, los pies inmovilizados con un suncho. Tenía machucada la jeta por los golpes de Nieto el mayor. Estaba dormido. O inconsciente. Para el caso… Nieto el menor le metió un par de cachetazos para despabilarlo. Cuando el jugador abrió los ojos, éstos no tardaron mucho en revelar el miedo que el hombre experimentaba.
-Así que te gusta andar errando penales- habló Nieto el menor.
El futbolista uruguayo trataba de moverse, de zafarse.
-Perdimos.
Nieto el menor tiró la colilla y la aplastó con el zapato.
-Perdimos por tu culpa. Porque erraste el penal. La hinchada te odia. El club y los dirigentes te odian. Yo te odio.
Volvió a mirar en dirección a la panadería. Nieto el mayor bailaba -su hermano adivinó que se trataba de un vals- con una empleada de trenzas negras y pollera. Nada.
-Vamos a hacer una cosa. Atendeme. Te voy a sacar la cinta de la boca. Si tosés, si llorás, si bostezás te hago un agujero en el pecho- dijo y abrió levemente la hoja izquierda del saco para que asomara la .45 en la sobaquera.- ¿Está claro?
El jugador asintió como pudo. Nieto el menor le despegó la cinta de la boca sin removerla del todo.
-Tranquilo. Ahora decime. Bajito, no vas a gritar, pelotudo, eh. ¿Por qué la cruzaste? ¿Por qué mierda la cruzaste? Nunca la cruzás y anoche se te ocurrió cruzarla y al arquero se le ocurrió adivinar el palo y la reputa madre que te parió.
El delantero pidió agua. La voz casi no le salía. Nieto el menor, decepcionado, le metió un puñetazo en el estómago.
-Tomá, negro. Ahí tenés tu agua. Para que aprendas a patear penales. No, si es para matarte. Decí que el Chiqui es un buen tipo, te salvó la vida. Y decí que mi hermano no se sale del plan cuando hay un plan, que si fuera por mí… Pero no, Nieto… Uy, qué boludo, dije Nieto. Olvidate. Vos no escuchaste nada. Para el tipo, el trabajo es el trabajo. Miralo si no- dijo y giró la cabeza hacia la panadería-: cómo baila, es una pluma. Uy, ahora se la está arrancando. Se está arrancando a la bailarina. Uy, cómo mete mano. Decí que no hay otros clientes. No, mi hermano es mi ídolo.
Estiró la mano para volver a poner la cinta sobre la boca y el futbolista, dolorido, echó el vómito incontenible.
-Pero me cago en la mierda. Uruguayo y la puta madre que te reparió, qué asco, me vomitaste la mano. No, yo te tengo que matar. Qué asco. ¿Qué comiste? ¿Qué es esto? Pero me cago en tu carrera y en tus goles y en los doce palos que pusimos la puta madre, será de Dios… No. El auto. El Corvette. Mi hermano me mata. ¿Cómo se te ocurre lanzar en el baúl del Corvette de mi hermano? ¿Pero vos sos retrasado o qué? ¿Sabés qué modelo es este auto? No, qué mierda vas a saber si ni siquiera sabés patear un penal. Qué asco. No, mi hermano me mata. A los dos nos mata.
Nieto el menor se limpió como pudo la mano en la camiseta del jugador, primero en el pecho y luego en el dorsal. Aún le quedaban bajo las uñas. Discriminó algún pedacito de jamón cocido. Luego sacó del bolsillo del pantalón la corbata que su hermano le había pedido que llevara para la ocasión. Prolijamente doblada en varios pliegues para evitar que se arrugara, la desplegó y acto seguido la estrujó en una mano para formar un trapo o más bien una esponja y le limpió la jeta al futbolista haciendo el mayor de los esfuerzos. Ahora, sin embargo, la cinta ya no agarraba. Con la mano limpia se tanteó los bolsillos buscando un pañuelo. Nada.
-Me cago en tu puta madre, negro. Doce palos pusimos para traerte. Doce palos. Y nos hacés esto. Te maldigo. ¿La tenías que cruzar justo anoche? ¿Qué se pasó por la cabeza? No me digas… No me digas que tomaste algo. ¿Ingeriste estupefacientes? ¿Le mandaste narcóticos? Tendrías que ir al dópin. Shh… Si abrís la boca te disparo. Tengo silenciador. Esto no es una conversación. Estoy hablando solo. Me estoy descargando. Hago catarsis.
Quiso limpiar el tapizado del baúl con la corbata echa un bollo y lo empeoró todo.
-Soy hombre muerto- se dijo.
Ahora tenía manchadas ambas manos. Decidió taponarle la boca al delantero con la corbata. Dio una última advertencia -más bien una amenaza de muerte-, le metió una piña al nueve para volver a dormirlo y bajó la puerta. Corrió hasta el asiento del acompañante y vio salir a su hermano de la panadería. Se apresuró a agacharse y colocar la llave en su sitio. Se limpió el sudor de la frente con la manga del saco y cruzó los brazos sobre el techo del Corvette.
-¿Estamos bien?- preguntó Nieto el mayor.
-Bien.
-Tomá- dijo y le pasó un paquete a su hermano por sobre el techo del auto.- Una para nosotros y una para la Bárbara.
-Me vuelvo loco, la bárbara.
-Pero no se come en el auto. Esperá que lleguemos. Estamos cerca.
Subieron al Corvette. Dave Brubeck reanudó la música. Arrancaron.
-Doce palos pusimos para traer al uruguayo este.
-No me hablés. Estoy pensando.
-Cómo piensa.
Nieto el menor tanteaba el paquete calentito que llevaba apoyado en el regazo.
-Me vuelvo loco con la salvaje.
-Bárbara- corrigió el primogénito.
-Bárbara. Qué sobrina. ¿Cómo se llama?
Nieto el mayor palmeó dos veces el torpedo del Corvette en señal de cariño, de aprobación o acaso de orgullo. Siguieron andando.
