Por Uriel Frimet (@ufrimet_)
Yo ya presentía que no iba a salir redondo el día de laburo. Sabía desde el lunes que quería tenerlo todo bien cerradito para el viernes a las 4 de la tarde, por si surgía algún martes 13 y tener 2 horas para solucionar cualquier inconveniente e irme rajando a la cancha a las 6 de la tarde.
Pero este laburo del orto, con compañeros displicentes, sueldos bajo tierra y ni una mina linda, nunca me va a dar un puto día de paz. Y con paz me refiero a poder salir en horario y llegar puntual al clásico. Este no era cualquier clásico. Pasaron 23 años desde el último que jugamos. Se fueron tan al descenso que llegaron a quebrar los boludos.
Lo digo en voz alta pero toco madera, no vaya a ser que por decir esta mufa nos pase a nosotros. Ese día de la quiebra sus barras empezaron a quemar pelopinchos en la sede central. Se ve que alguno laburaba en una empresa de plásticos y se afanó varias piletas para llevarlas al reclamo legítimo que tenían.
Hubo cobertura de varios medios de televisión pero también un vecino del barrio que quedó incomunicado para siempre. Inhaló tanto plástico quemado que la quedó. “Ya estaba a un paso del cielo”, decían los barras en el juicio cuando los imputaron por homicidio indirecto.
Frente a todo pronóstico pude salir seis y diez. Era más que una batalla ganada. Salí corriendo como pude por los molinetes de la oficina y me fui a la parada del bondi. De camino ya visualizaba cómo y por cuál calle iba a entrar a la cancha; como iba a esquivar a todos los faloperos que siempre entran tarde y encima gratis porque la barra les da entradas. ¡Forros!
Pero el puto bondi no llegaba. Eran las seis y veinte. Y pensé en tomarme el subte y después otro bondi para acortar camino. Lo hice. Arranqué disparado como si tuviese un monopatín y casi que no esquivé a la gente y me llevé puesto hasta la vieja más vieja.
Ya en el subte siendo las seis y cuarenta me puse a pensar si haber saltado el molinete de la estación había estado bien. Recuerdo que pensé “Me chupa un huevo todo”. Es que era viernes y jugábamos el clásico después de años verlos hundidos en la mierda. Nunca festejé el dolor ajeno, pero pa’ qué te voy a decir que no si sí.
Faltaban 10 minutos y yo todavía estaba a media hora. Puteaba al aire a cada uno de mis inútiles compañeros. Primero en orden alfabético y después por edad, de mayor a menor. Porque me daban más rabia los viejos esos que pedían ayuda todo el tiempo con la computadora.
Son las 7 de la tarde y recién me subía al bondi. Estuve sentado con las manos y pies orientados a la puerta del medio para salir corriendo en cuanto sea mi parada. Miraba por la ventana y veía a cada pelotudo llevando su día tan tranquilo que me daba ganas de sacar la cabeza por la ventana y gritarle cosas para activar su nerviosismo.
¿Que no se dan cuenta que es el clásico? ¿Qué mierda van a hacer un viernes a la tarde? Estos pensamientos de matón creo haberlos heredados de mi tío que era medio tranza y medio ferretero. Nunca supimos bien qué le pasó. Dicen que se la pegó haciendo la Willy en el puente de San Martín, pero nunca encontraron el cuerpo ni nada. Ya no quería pensar en desgracias. Yo necesitaba llegar.
Supe nada más que estaba 0 a 0 a los diez minutos de haber empezado el partido y me quedé sin batería en el teléfono. Estaba a la deriva. Sin rastros de mi club ni de los amargos esos quebrados. La ansiedad y la transpiración aumentó exponencialmente al estar incomunicado totalmente con mi mundo real, el clásico.
Contaba cada semáforo en rojo que no se arriesgaba a pasar el colectivero. Sumaba los segundos que tardaban en subir las viejas al bondi. Asomaba mi cabeza a ver el tablero para asegurarme que vaya lo más rápido posible. Son incontables la cantidad de detalles que uno puede estar pendiente cuando se enfoca en un objetivo.
Lo último que recuerdo del trayecto de ese día amargo, vacío y sin alma era que lo vi a Tito, el del kiosco del barrio, contando billetes de tantas birras vendidas. Al menos uno en el barrio se fue feliz ese día. Y yo, que ya no distinguía qué molinete pasar civilizadamente y cuál no, crucé el de la cancha con un salto en alto formidable.
Caras largas, desazón y bocas tapadas con bigotes a punto de largar una guarangada sobre la madre del primer jugador que se equivoque. Había un silencio incómodo, gente con manos en la cabeza, hombres sentados diciendo cosas incoherentes a punto de perder la razón.
Un ambiente en el que se debía prestar ovación a once energúmenos en realidad era un funeral multitudinario con tribunas llenas replanteandose su existencia. Giré mi cabeza hacia el tablero electrónico. 40 minutos y 0-4 abajo.
Miré incrédulo a los ojos a quienes tenía a mi alrededor. Fue en ese preciso instante que engendré y coordiné, como nunca había hecho en mi vida, el momento de mayor divinidad sobre la faz de la tierra. Un instante que parecía ensayado durante años y que mi destino me tenía esperando: liderar 40.000 almas congregadas para descargar sus miserias y labrar por un bien común gritando un humilde y sentido: “Jugadoooooores la concha de su maaaaaadre…»
