Por Natanael GFM (@gerafutebol)
Traducción y adaptación de Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Al ver Le Samouraï (1967, traducida al español como El silencio de un hombre), apenas vemos a Alain Delon abrir la boca. Lo más humano del personaje es precisamente esta aparente ausencia de vida en un hombre aprisionado por el método y el objetivo, que existe para producir y que avanza de esta manera.
Delon es una criatura casi invisible, aparece y desaparece entre el humo y las sombras como si fuera un fantasma. Silencioso, meticuloso, frío, pero letal. Se expresa poco porque no se le permite mucho más allá de la ejecución de tareas. Y en todo lo que hace parece haber una preocupación primordial por la eficiencia.
La forma en que esto se muestra no es solo una construcción visual; de hecho, toda la estructura parece querer evocar estas ideas. Esta prisión del mundo de Delon, más allá de la representación, se transmite a través del estilo. La rigidez, el desapego, la lentitud deliberada. Las localizaciones son frías, grises, distantes, pero solo porque revelan la impersonalidad presente. La imposibilidad de escapar de la prisión.

La ontología del 10
Me interesa conectar el número 10 con Melville y Le Samouraï, pero primero debemos intentar entender qué es un 10. Hoy en día, cuando hablamos del número 10, o del «10 clásico», solemos asociarlo con una posición: el mediocampista que juega atrás de los delanteros, cuyas principales características son desequilibrar al rival mediante la técnica y tener gran parte de la responsabilidad creativa del equipo. Pero creo que la mística del 10 es también un concepto estético.
La mística del 10 comienza con Pelé, pero no solo por lo que Pelé produjo, sino por su forma de jugar. La forma en que Pelé manejaba la pelota, la forma en que marcaba goles, la forma en que driblaba y pasaba, la forma en que Pelé existía para el juego. Esto también ocurrió con otros números que se asociaron con ciertas posiciones, funciones y estilos de juego. Pero con el 10 la mística es totalmente diferente.
El 10 es la estrella del equipo, el que juega con belleza, el que más desequilibra. Por lo tanto, debemos entender que el 10 es un concepto estético, y que la estética no existe como algo separado de la técnica o la calidad; no existe solo como algo para complacer nuestros sentidos, sino que también es un canal de recepción para nosotros. Esto es fundamental en nuestra formación como hinchas o investigadores del fútbol, e incluso en la formación del propio jugador.
La libertad del jugador

En el propio juego la idea de libertad ya sufre ciertas limitaciones inherentes a su dinámica. ¿Qué libertad individual es realmente posible dentro de un juego colectivo con tantas reglas y una organización formal y sistémica, a menudo rígida?
La libertad puede entenderse aquí como el sistema, el esquema, el modelo de juego; y sus dinámicas trabajarán para encontrar, dentro de un equipo, las relaciones más complementarias y para cada jugador.
El 10 destacó precisamente por su capacidad disruptiva para romper algunas de estas barreras. Era un jugador que cuando tenía la pelota resolvía los problemas colectivos. La cuestión es que el 10 no es un 10 por ser el más dotado técnicamente o el más productivo; es un 10 por ser el más imaginativo y disruptivo. Hablamos del jugador que encarna la capacidad más grande que existe en el fútbol: desafiar su propia estructura.
Su idea es intentar superar los propios límites y los que impone la realidad que lo rodea. Transforma una jugada con poco peligro de gol en una obra maestra, convirtiendo a la pelota en una especie de prisionera rendida a sus pies, descifrando las defensas más cerradas, enfrentándolas de frente como un hombre que atraviesa un ejército, marcando no el ritmo más frenético, sino el que mejor se adapta al juego del equipo.
Lo atractivo de la figura

Aunque todo esto sigue regido por el formalismo del juego, de la competición, es un tipo de jugador que inevitablemente hace que el juego gire en torno a él. Por eso también es el jugador que más nos inspira, el que más nos llama la atención y, sí, quien moldea nuestra percepción estética del fútbol.
Así que el 10 es casi siempre el más dotado técnicamente, pero lo que lo convierte en un jugador cautivador es que desafía las exigencias y limitaciones del juego para crear algo que escapa a una concepción formal de la técnica y la ejecución. Eso trasciende los términos banales del juego.
Él es la solución, pero también es el showman. Existe dentro de una estructura limitante actuando en la frontera de lo posible. Pero aunque no todo es posible, aunque exista un límite, lo que hacen los genios es expandir esa frontera hasta donde su imaginación se lo permita.
¿De dónde viene el 10?

Si asumimos que no podemos entender simplemente al 10 como un jugador que domina los fundamentos técnicos, también podemos entender que no es el entrenamiento futbolístico formal lo que le otorga este don con la pelota. El talento para la improvisación y la imaginación proviene de haber pasado sus años de formación como un ser humano con necesidad de improvisar e imaginar.
Cuando nos inspiramos en nuestros ídolos durante partidos en canchas de barrio de tierra, asfalto o adoquín, lo hacemos porque la mayoría tiene una historia de superación -de ahí la película de fútbol más repetida-, pero también porque queremos jugar al fútbol como ellos. Y los jugadores que más nos inspiran son los 10. La forma en que percibimos el juego de estos jugadores también se convierte en la forma en que nos gustaría jugar, y algunas veces esta idea logra salir de nuestra imaginación y cobra vida con nuestros propios pies.
Si tuviéramos que definir un lugar para el nacimiento del 10, ese lugar no sería el mundo profesional, sino la calle, la liga amateur, los partidos informales, las villas, los suburbios, etc. Por eso cuando entra en la competición profesional lo que hace es subvertir las estructuras rígidas del juego, creando algo nuevo e inesperado. Nos gusta el 10 porque es el responsable de transformar el juego en algo impredecible.
El jugador completo

Lo que más ha cambiado en el fútbol es quizás la relación del juego con el espacio y el tiempo. La forma de defender y presionar, principalmente, influye enormemente en la ausencia de este «10 clásico» en la mayoría de los equipos.
Hoy el juego se desarrolla a un ritmo vertiginoso, los jugadores pasan cada vez menos tiempo con la pelota y el espacio disponible entre líneas es cada vez menor. Además, el rol del 10 ha cambiado. Antes los mejores números 10 del mundo destacaban por su capacidad para crear y desequilibrar defensas con su imaginación, y los equipos se adaptaban para asegurar que este jugador se centrara principalmente en eso. Ahora el abanico de responsabilidades es mucho mayor.
Por lo tanto, el 10 que exigen la mayoría de los entrenadores ya no es un especialista ni un genio, sino lo que muchos llaman un «jugador completo». Por eso jugadores como James, que no son tan físicos ni corren mucho, tienen dificultades para encontrar club. Y cuando lo hacen, les cuesta jugar. Lo cierto es que en la mayoría de los casos el «jugador completo» no es necesariamente un genio, sino que logra desempeñar con excelencia diversas funciones. Y el verdadero genio se queda sin lugar.
¿Qué mató al 10?
Lo que provocó esta desaparición son los cambios sociales que siempre impactan al mundo y, sobre todo, impactan en nuestro deseo de trascender como individuos. El número 10 en el fútbol profesional «murió» porque la profesión gradualmente comenzó a valorar el automatismo más que la excepcionalidad. Relegó a este jugador, que también es un trabajador, a procesos que escapan a su propio control.
Pero estos límites, estas barreras, no existen solo en el fútbol. Volviendo a Le Samouraï, Melville buscó reflexionar sobre esta alienación y este encarcelamiento por el objetivismo, por las barreras materiales que aparecen y que a veces comienzan a absorber al individuo hasta que él se convierte en su profesión.
Lo que el «10 clásico» encuentra es una dificultad para existir frente a esta realidad. Riquelme, por ejemplo, ya ha declarado que no jugaría en el fútbol actual porque no hay espacio para él. Creo que jugaría, pero no como jugaba en aquel entonces. Y esto podría comprometer mucho de lo que hizo especial a un jugador como Riquelme.
Si la mala noticia es que el número 10 ha muerto, la buena noticia es que puede renacer en cualquier momento mientras esta relación entre el hombre y la pelota siga siendo tan íntima. O incluso dentro del limitado mundo profesional, seguir inspirándonos como lo hacen James Rodríguez y Juanfer Quintero, en lugares donde la inspiración todavía no está prohibida.

Una versión más extensa de este artículo fue publicada originalmente en portugués acá: https://opontofuturo.com/que-liberdade-e-possivel/