Por Facundo Nolasco (@stabilemat)
Esta es la tercera parte de una serie de notas. Podés leer la segunda acá: https://lapelotasiempreal10.com/reflexiones/repensando-a-peucelle-un-futbol-vivo-para-la-actualidad/
Repensar a Peucelle nos lleva a abrir su “uno solo” -su idea de un fútbol eterno y único, Todotiempo- a un horizonte más amplio. Para él, el fútbol era una esencia eterna que no cambiaba con las épocas, un juego que “es” en cada presente, un instante único donde todo -táctica, lucha, mística- se junta y luego se disuelve en recuerdos.
Pero su juicio “bueno o malo” lo reduce: el fútbol “bueno” era su ideal de equilibrio y dinamismo, y lo “malo” era todo lo que se alejaba de eso, como los equipos que se encerraban o jugaban para atrás. Hoy, podemos imaginar el fútbol como una red viva, un tejido de posibilidades donde no hay una sola forma correcta. Nos corremos del «bueno o malo»: el fútbol no se mide, se despliega.
En vez de una esencia fija, el fútbol se despliega como flujo múltiple: un juego que se ramifica en cada instante, donde las paredes y los piques de Peucelle coexisten con el orden táctico de un equipo que ocupa el campo o la paciencia de otro que espera para contraatacar. Peucelle lo soñaba como «esencia eterna», un arte humano que «es» en cada presente, pero nosotros lo vemos devenir, un flujo vivo que se rehace con el roce del balón y el alma de los jugadores.
Estos hilos no se pelean por ser el “verdadero” fútbol; se cruzan, se entrelazan, se separan y vuelven a juntarse, como un río que se divide en arroyos y luego confluye. Esa red no es solo una idea: es un organismo que respira y crece, un tejido que late con cada pase, cada gambeta, cada pausa; es el potrero que estalla en un desborde, todos vivos, todos parte de un juego que se expande sin un centro que lo domine.
En este tejido, el relacionismo -con su foco en el balón y las conexiones entre los jugadores- es una corriente poderosa que nos abre a un juego más allá: no una lógica fija, sino un flujo, como Peucelle intuía, «a cada momento una situación nueva» que va a pausas o desbordes salvajes, enriqueciendo el todo sin encajonarse. Así, su «uno solo» se expande: no hay un fútbol «verdadero», solo un tejido vivo de formas diversas.
Este fútbol vivo no ve las tácticas como una imposición que ahoga el juego, como Peucelle las sentía cuando criticaba la “ciencia” europea, sino como un saber que el jugador puede tomar y transformar a su antojo. No es una jaula que encierra, sino un conjunto de herramientas que el “hombre sin puesto” usa cuando quiere: saber cómo se mueve el rival, dónde están los huecos, cuándo acelerar o frenar no es someterse a un plan, sino potenciar el instinto con un conocimiento que brota del juego mismo.
Porque el fútbol sigue siendo, ante todo, un acto del cuerpo: es el pie que acaricia el balón en un pase corto, los ojos que captan el movimiento del compañero en una pared, las piernas que se tensan en un pique o se pliegan para robar la pelota. Es una danza que se siente en la piel, un latido que no necesita pizarrones ni teorías, y repensarlo es dejar que ese cuerpo baile en un juego más amplio, donde el potrero argentino se encuentra con el mundo sin perder su calor, su tacto, su vida.
Es un fútbol que afirma su energía creadora: engañar al rival con una pausa, sorprender con un desborde, desorganizar con un pase inesperado son actos de pura vitalidad, un juego que celebra la diversidad sin caer en la monotonía de los sistemas cerrados o lo estéril de la posesión sin riesgo.
Este repensar es también una celebración de la vitalidad: a su fe en el “elemento humano”, su “ensalada” avivada por la amistad entre jugadores y su rechazo a la rigidez, los enriquece un relacionismo que no se queda en el potrero mal llamado “primitivo”, sino que se abre a un juego plural.
Es un fútbol que vive en el “momento”, como Peucelle lo soñaba, pero que no se aferra a un ideal fijo: la pared sigue siendo su latido, la “arritmia” su pulso, la elasticidad su aliento y el “acoplamiento” su alma, pero ahora se tejen en una red que no se limita a “toda la cancha” en sentido absoluto o a un “uno solo”, sino que se abre a un juego plural.
Este fútbol vivo honra “La Nuestra” mientras la lleva a un horizonte más grande, un arte humano que no se planifica desde afuera, sino que se vive desde adentro, en cada toque, en cada carrera, en cada encuentro, un juego que deviene en cada instante. Y que sigue siendo, ante todo, humano.

Esta es la tercera parte de una serie de notas que se publicará en los próximos días. La parte 4 está disponible acá: https://lapelotasiempreal10.com/reflexiones/repensando-a-peucelle-su-gran-pregunta/
Este texto fue extraído de https://medium.com/@stabilemat/repensando-a-peucelle-f%C3%BAtbol-todotiempo-en-2025-47eb4f178169