Por Facundo Nolasco (@stabilemat)
Esta es la quinta parte de una serie de notas. Podés leer la cuarta acá: https://lapelotasiempreal10.com/reflexiones/repensando-a-peucelle-su-gran-pregunta/
Podemos trazar tres momentos epistémicos que han pensado los grupos en el siglo XX, no como una línea progresiva, sino como cortes que revelan lógicas distintas: el líder organizador, el guía habilitador y el coordinador invisible.
Estas lógicas, marcadas por los pares antinómicos de la Modernidad (individuo/sociedad) no son compartimentos fijos ni etapas cerradas; un DT puede encarnar una u otra según el momento, el equipo o la circunstancia, y Peucelle las atraviesa con su apuesta singular. La clave es, ¿dónde se ubica su DT? ¿Es un coordinador invisible o una presencia que sostiene una ontología distinta del fútbol?
El líder organizador
En el auge del capitalismo industrial, el grupo se piensa como un “todo práctico” bajo un líder que ordena cuerpos dóciles para maximizar la producción. Elton Mayo, un siglo atrás, descubrió que la productividad crecía no por mejoras físicas, sino por la cohesión afectiva entre trabajadores, un “plus grupal” que el líder canalizaba hacia los objetivos empresariales.
Este “Test Room” buscaba una organización científica del trabajo, respondiendo a la demanda del taylorismo: producir más en menos tiempo en un contexto de acumulación urbana y cadenas de montaje fordistas.
El grupo era un conjunto numerable de personas cuyas relaciones — un “todo más que la suma de las partes” — se disciplinaban para servir al capital, visibilizando una moral grupal que potenciaba el rendimiento, mientras los procesos inconscientes y los atravesamientos institucionales quedaban invisibles.
Kurt Lewin, en los 40, aportó el “campo dinámico”: una red de fuerzas interdependientes donde el líder, como ingeniero social, reequilibraba tensiones para mantener el orden. Sus experiencias con niños y amas de casa, diseñadas para legitimar ideales democráticos y modificar hábitos de consumo (alimentar tropas en guerra), mostraron que el grupo se mueve por conflictos, generando un plus a través de la red de vínculos.
El DT, en este corte, ejerce una autoridad total, reduciendo a los jugadores a piezas de un engranaje. Dentro de esta clasificación podemos encontrar a Louis van Gaal, quien exigía un juego posicional donde cada jugador era un engranaje exacto. Tiempo después, Luis Enrique lo radicalizó discursivamente: «Si un jugador se mueve como quiere, hay situaciones que escapan a mi control, y yo quiero controlarlas todas».
Este DT estandariza el juego, como un modelo industrial que uniforma cuerpos y movimientos, sacrificando cierta diversidad por una eficiencia predecible. El líder organizador disciplina cuerpos y afectos, alineándolos a un objetivo racional -ganar como se produce en serie- en un periodo de masas y totalitarismos donde el liderazgo era incuestionable. Para Peucelle, esta lógica industrial mataba el «elemento humano» que veía como un flujo vivo, no como un engranaje.

El guía habilitador
Tras la Segunda Guerra, el psicoanálisis y la psicología social redefinen al grupo como un espacio de dinámicas inconscientes y afectivas, un campo donde lo imaginario emerge. Wilfred Bion, en los 50, trabajó con militares para levantar su moral y evitar traumas, diseñando grupos que revelaban “supuestos básicos”: dependencia (interdependencia con el otro), ataque-huida (lo externo como amenaza) y apareamiento (fantasías mesiánicas).
No hay grupo sin emociones comunes ni circulación fantasmática inconsciente, pero su enfoque — el “grupo isla” — tipificaba roles, dejando en la sombra múltiples atravesamientos sociales.
El coordinador, como oráculo, explicaba sin liderar del todo, manteniendo un poder interpretativo. Didier Anzieu, en los 70, aplicó el psicoanálisis a grupos de formación, destacando la “resonancia fantasmática”: fantasmas individuales que se anudan en el colectivo, visibilizando angustias y organizadores inconscientes.
El grupo amenaza la unidad del yo, pero también lo sostiene; el coordinador, silencioso, sabe sin intervenir, cediendo poder al grupo mientras lee lo inconsciente. La demanda era asistir masivamente (Bion) y formar psicoanalistas (Anzieu), viendo al grupo como un sostén yoico y un contexto de descubrimiento.
En el fútbol, esto se ve en DTs como Ancelotti (no el de hoy, marzo de 2025, sino el que supimos ver en gran parte de su carrera), Diniz y Scaloni, que seleccionan y orientan con ajustes mínimos, resistiendo la estandarización total.
Ancelotti define roles funcionales y compacta la defensa, pero deja que la química fluya en ataque; Diniz fomenta conexiones espontáneas en el espacio-tiempo del juego, aunque sostiene un orden defensivo.
Ambos habilitan al grupo sin soltarlo del todo, a medio camino entre el control y la libertad. A diferencia de estos coordinadores que aún leen lo inconsciente, Peucelle no interpreta: confía en que el acoplamiento surge solo, sin necesidad de un oráculo.

El coordinador invisible
En el siglo XXI, con la crisis de las narrativas modernas, el grupo se piensa como un “campo de problemáticas”, un espacio complejo de múltiples atravesamientos — institucionales, políticos, sociales — que no se define ni categoriza, sino que se interroga: “¿Cómo funciona?”.
La pregunta desplaza la esencia (“¿qué es?”) por la potencia de lo diverso, la capacidad de afectar y ser afectados en un devenir singular-colectivo. El coordinador invisible se nutre de un juego sin centro, donde las conexiones fluyen libremente, las escenas emergen del caos espontáneo y lo común se teje sin un autor que lo dicte, un campo que apuesta por la multiplicidad sobre la unidad.
La autoridad se disuelve: el coordinador suspende su saber o se corre del centro, dejando al grupo construir lo común desde su heterogeneidad, no desde una identidad fija. Este campo grupal, constituido por tensiones y no por determinaciones, apuesta por saberes situacionales que escapan a la lógica cartesiana de la Modernidad, visibilizando la diversidad como fuerza creadora.
Este DT renuncia a estandarizar, dejando que el juego se multiplique desde las singularidades de los jugadores, un fútbol plural que escapa a la captura de modelos globales.
En el fútbol, esto es un ideal raro: Diniz se acerca al habilitar conexiones, pero no se aparta del todo. Peucelle se alinea por su cesión pero no llega al descentramiento total: su intervención inicial persiste como un marco mínimo.
Su DT es un nodo que conecta y se desvanece parcialmente, confiando en la espontaneidad del futbolista para tejer un juego que no necesita un centro ordenador, sino un caos vivo que se multiplica desde la diversidad de los jugadores. Sin embargo, su marco mínimo lo distingue: no es un abandono total, sino una apuesta práctica por el caos creador que él vivió en la cancha.
Peucelle: ¿Ontología propia?
El crack de River selecciona y orienta en instantes de guía, se aparta en otros como coordinador invisible. “El fútbol es una ensalada de muchas cosas”, dice, resistiendo totalidades fijas. Su relación con los jugadores es de confianza en su “elemento humano”, no de control ni de interpretación. No suspende su saber del todo, sino que lo usa para potenciar y luego se retira.
Esto sugiere una ontología propia del fútbol: un ser que no se define por esencias, sino por un devenir colectivo donde lo singular (lo propio de cada jugador) y lo colectivo (el acoplamiento) se anudan sin jerarquía.
Es una tensión viva, no un punto fijo entre momentos. Esta ontología abraza la danza entre lo singular y lo colectivo -la esperanza y la falibilidad de cada jugador- como el corazón del fútbol, un desafío a los sistemas que aplastan esa riqueza humana bajo un orden rígido y uniforme.

Esta es la quinta parte de una serie de notas que se publicará en los próximos días. La parte 6, «Diálogo con el presente», estará disponible el 17/1!
Este texto fue extraído de https://medium.com/@stabilemat/el-dt-seg%C3%BAn-peucelle-un-seleccionador-de-lo-humano-en-el-juego-cca444eedd4b