Por Facundo Nolasco (@stabilemat)
Carlos Peucelle, una figura inmensa del fútbol argentino, fue mucho más que un jugador habilidoso o un observador agudo: fue un poeta del césped que destiló la esencia de “La Nuestra” en su libro Fútbol Todotiempo: Historia de La Máquina, escrito en 1974.
Peucelle no solo vivió el fútbol, lo entendió desde adentro y luego lo miró desde afuera con una mezcla de nostalgia y lucidez. Para él, el fútbol es humano hasta la médula. “Es infinito porque el fútbol es a cada momento una situación nueva”, y “ese elemento humano es el único que decide lo que puede pasar dentro de una cancha”, no los entrenadores con sus pizarrones ni las tácticas rígidas que en la época llegaban de Europa.
Lo imagina como un juego infinito, cambiante, un flujo constante donde cada instante trae una situación nueva, imposible de atrapar en un manual. Luego de instalarse ya cierta ola cientificista-metodista en los 60s, sumado al fútbol total holandés que se asomaba como una novedad, Peucelle defendía el potrero, la calle.
Creía que el verde césped es la verdadera escuela del fútbol, despreciando los “libritos” europeos llenos de triangulaciones, bisectrices y proyecciones que pretendían reducir el juego a una ciencia exacta.
Su ideal es el 1–10, un sistema que no se dibuja con números fijos como el 4–2–4 o el 4–3–3, sino que vive en la cancha: los diez jugadores de campo suben juntos al ataque y bajan juntos a defender, sin posiciones estáticas que encorseten su libertad.
Esto lo llama “disciplina de la elasticidad”, y es uno de sus conceptos más hermosos: no es la rigidez de un esquema donde cada uno tiene un casillero asignado, sino una flexibilidad viva, un equipo que se estira y contrae como una red elástica según las necesidades del juego. Es una disciplina que no limita, sino que potencia: los jugadores se comprometen a participar, pero con espacio para improvisar, como una orquesta que toca sin partitura fija.
Peucelle veía el fútbol como arte puro, no como ciencia, y lo llenaba de imágenes poéticas: un “ritmo” que no es una marcha constante, sino un vaivén entre lento y veloz. Un “ritmo arrítmico”, como él lo redefine, “lento cuando conviene y veloz cuando dejó de convenir lo lento”, que engaña al adversario con pausas y explosiones repentinas.
Este ritmo depende del “acoplamiento”, la magia de unir elementos humanos dispares -el gambeteador impredecible, el pasador preciso, el luchador incansable- en una “ensalada humana” que vibra con vida propia. «No hay ningún maestro que pueda enseñar el juego», decía, «solo alumnos que lo adquieren» en la cancha, porque «el arte sale del discípulo» y no del pizarrón.
Peucelle era un práctico con alma de filósofo. Ganó el apodo de “Barullo” en los años ’20 porque bajaba desde su puesto de puntero, subía como interior, desbordaba o asistía, desorganizando al rival con un orden que solo él entendía.
No era desordenado; era un «desorganizador de lo ajeno», un caos vivo que no caía en la mal llamada anarquía, sino que tejía una lógica sutil desde la inteligencia de los jugadores, su picardía y su lectura del momento, y con eso, según él, marcó el fin de los punteros estáticos pegados a la línea.
La pared, esa jugada simple de pases cortos y rápidos entre dos compañeros, la eleva a símbolo: nacida en la calle con los chicos, es para él la esencia del fútbol, un intercambio veloz que mueve al equipo hacia adelante y que Pelé y Coutinho llevaron a la perfección con su «doble pared», «la jugada esencial del 1–10», como él la llamó.
En un debate con Adolfo Pedernera, su compañero en “La Máquina”, discutían cuántos pases cortos y largos hacían falta: Pedernera apostaba por tres cortos y uno largo para dar seguridad; Peucelle, por dos cortos y uno largo para sorprender, pero ambos terminaban en que no hay fórmula -“son las que hagan falta en cada momento”- porque el fútbol es circunstancial, no un guión.
Peucelle no creía en épocas: odiaba las etiquetas de “antiguo” o “moderno” que dividían el fútbol en etapas, y afirmaba que es “uno solo”, un Fútbol Todotiempo que trasciende el calendario y se juega en “toda la cancha” con todos involucrados, desde el arquero hasta el jugador más avanzado.
Sin embargo, lo juzgaba con un criterio ético-estético: “bueno” cuando es equilibrado y dinámico, “malo” cuando es rígido o desequilibrado, como esos equipos que “juegan para atrás” o se encierran sin atacar. Criticaba el creciente profesionalismo de 1974, que veía como un negocio “enloquecedor” que ponía al fútbol al servicio de demasiados aspirantes a vivir de él, perdiendo su raíz lúdica.
Para él, el fútbol es un un montón de cosas -táctica, lucha, amistad, mística- que se ensamblan en un instante único -un encuentro- y luego se disuelven en recuerdos, un juego que no se planifica porque vive en la cancha, no en los escritorios. Ejemplos como Sastre, un “hombre sin puesto” que encontraba su lugar en cada jugada, o “La Máquina”, que “jugaba de memoria”, son su prueba: el fútbol es humano, espontáneo, un arte del momento.

Esta es la primera parte de una serie de notas que se publicará en los próximos días. La parte 2, «Un fútbol vivo para la actualidad», está disponible acá: https://lapelotasiempreal10.com/reflexiones/repensando-a-peucelle-un-futbol-vivo-para-la-actualidad/
Este texto fue extraído de https://medium.com/@stabilemat/repensando-a-peucelle-f%C3%BAtbol-todotiempo-en-2025-47eb4f178169