Por Facundo Nolasco (@stabilemat)
Esta es la última parte de una serie de notas. Podés leer la anterior acá: https://lapelotasiempreal10.com/reflexiones/repensando-a-peucelle-tres-logicas-en-tension/
Hoy el fútbol se inclina mayormente al control, con escasas grietas de apertura. Guardiola, y más en quienes le han seguido, encarnan al líder organizador: “Todo debe estar bajo control”. Un fútbol diseñado desde arriba.
Diniz, con su relacionismo, Ancelotti, con su química funcional, y Scaloni, con su confianza en los jugadores, evocan al guía habilitador, dejando fluir relaciones y resistiendo en gran parte la obsesión por estandarizar, aunque sus marcos tácticos y la presión del sistema los atan a cierto control y autoridad, distanciándose de la “casi invisibilidad” de Peucelle.
Este irrumpe como anomalía, desafiando la norma de DTs que retienen autoridad. ¿Qué implica esta posibilidad en el fútbol actual? El líder organizador impone autoridad; el guía habilitador la modula; el coordinador invisible la abandona. Peucelle, con su “casi invisibilidad”, redefine la autoridad como un acto de apartarse tras un marco mínimo. Pero esta visión choca con el presente.
El sistema

El fútbol actual está regido por el control y es una obsesión que va más allá de lo táctico. Es una necesidad de predecir cada movimiento en un juego impredecible: los clubes quieren victorias seguras, los hinchas exigen certezas, y los medios castigan cualquier desvío.
Hay una estructura más grande: una industria que vende el fútbol como producto fiable, una estructura de poder que glorifica al DT como cerebro omnipotente, y una red de expectativas que incluye sponsors, gerencias y academias juveniles.
Esta obsesión estandariza no solo tácticas, sino subjetividades, imponiendo un fútbol global que borra estilos locales y diversidades, un eco de la modernidad que uniforma lo humano. En su afán de control, el juego renuncia a la tensión viva de los jugadores -sus dramas, sus falibilidades- por un orden que los reduce a piezas sin alma, como si el fútbol dejara de ser un reflejo de lo humano para convertirse en un choque de estructuras previsibles.
Esta uniformidad no solo asfixia la competencia; también empobrece al espectador. Un fútbol estandarizado, reducido a patrones repetibles, sacrifica la diversidad que seduce: el gambeteador impredecible, el pase inesperado, el error humano que rompe el guión.
El espectador, atrapado en una oferta global que glorifica la certeza, apenas puede elegir ver otra cosa. Un potrero plural se desvanece bajo estadios idénticos. Sin embargo, su demanda también sostiene esta lógica: al exigir victorias seguras sobre caos vivo, refuerza una industria que prioriza lo predecible por encima del arte. Trasciende la cancha, es una cuestión ética-estética sobre qué fútbol decidimos mirar.
El DT de la actualidad

Los entrenadores lo abrazan porque creen que su rol es dominar el caos, una creencia arraigada en décadas de sistematización. El riesgo es un lujo impagable, y el control se ha vuelto la medida del éxito, sostenida por una formación que vigila, una época que teme lo incierto, una visión tecno-racional que convierte el juego en una red de datos y métricas, despojándolo de su carácter vivo y plural, y una regulación de la vida misma.
Es una norma que se retroalimenta: cuanto más se controla, más se espera controlar, y todo el sistema la sostiene. Los DTs controlan porque se espera que lo hagan (y porque creen que es lo mejor para ganar), los clubes lo exigen para asegurar resultados, y este sistema (industria, medios, sponsors , etc.) lo refuerza como la única vía legítima, dejando poco espacio a otras alternativas.
Pocos DTs ceden porque el control es el aire que respiran. Los ciclos cortos y planteles inestables hacen que apartarse sea un riesgo imposible. No hay tiempo para que el grupo se autogobierne.
Muchos ni lo consideran; creen que ceder es dejar a los jugadores a la deriva, no ayudarlos. Formados para ser gestores, con un saber táctico que idealiza el control técnico total, además de sostenerlos en una posición de poder-saber, ven su autoridad como un deber. Si se apartan, temen que el equipo no esté “trabajado” tácticamente y caiga en el caos.
A los DTs que no se muestran como gestores técnicos intervencionistas se los ve como meros «gestores de vestuarios», un rol despectivo en una cultura que valora al estratega omnipotente.
La prensa lo amplifica. Un DT que no impone es débil; los hinchas lo ven como desidia. Los clubes no toleran la paciencia que requiere la cesión, y el fútbol moderno se piensa como una ciencia que necesita intervención, no como un arte que demanda otra dirección. Es miedo a la incertidumbre.
La mirada de Peucelle

Un DT que selecciona, orienta y se aparta -como Peucelle- transforma el fútbol: los jugadores no ejecutan un plan, sino que lo crean desde su singularidad; la técnica es un medio para el “devenir colectivo”, no un molde fijo; el equipo se autogobierna, priorizando conexiones vivas sobre estructuras rígidas.
Esto rompe con un fútbol estandarizado y fomenta una autonomía que resiste la maquinaria del poder, un juego plural que desafía la uniformidad global; un arte vivo donde la riqueza de cada jugador -su capacidad de crear y fallar- florece en un caos que seduce por su diversidad.
Así reduce staffs y datos, devolviendo al juego cierta tendencia a la imprevisibilidad. Los jugadores ganarían libertad, pero necesitarían más iniciativa, algo que la formación actual, moldeada por academias y un sistema que prioriza la obediencia, no promueve.
Los clubes, como empresas, y también presos de una lógica competitiva que exige ganar a toda costa, no abandonarían los trofeos como meta, pero tendrían que aceptar un juego menos predecible, apostando a la diversidad sobre la eficiencia.
La narrativa cambiaría: el DT dejaría de encarnar la figura del genio para ser un habilitador del «elemento humano». Implicaría entrenadores que suelten las riendas, jugadores libres de la maquinaria reguladora, y un fútbol plural -menos repetitivo, más arriesgado- que podría seducir por su caos vivo.
Cambios necesarios

Un DT descentrado altera todo el ecosistema. Los jugadores tendrían que liderar en la cancha, tomando decisiones tácticas en tiempo real, lo que exige una formación más autónoma desde las inferiores.
Los clubes enfrentarían partidos menos predecibles, con victorias que dependan más de la química que de la planificación, un riesgo que podría chocar con las metas empresariales pero atraer a hinchas cansados de la repetición.
La hinchada debería valorar el caos creativo sobre el orden perfecto, un cambio cultural lento. Los staffs técnicos se achicarían, priorizando preparadores físicos y psicólogos sobre analistas de datos. Y el DT, lejos de ser un genio visible, se volvería un coordinador silencioso, cuya huella está en la libertad que deja, no en el control que ejerce.
Liberarse de las estructuras
El control estandariza porque busca eficiencia y certeza: un fútbol caótico se fuerza a encajar en patrones repetibles, sacrificando diversidad por seguridad, para calmar la ansiedad de un sistema que no tolera fallas.
Esto regula la vida de los jugadores (entrenamientos milimétricos, dietas estrictas, roles fijos, vida personal restringida) bajo una red panóptica que vigila desde todos lados: la hinchada exige triunfos, los medios diseccionan cada paso, y los DTs aprietan las riendas.
Peucelle, al apartarse, rompe esa red, abriendo un caos que diversifica y seduce. Ontológicamente, su fútbol es un ser-en-acto, un acontecer colectivo donde lo singular y lo colectivo se tejen en cada instante. Políticamente, desafía la maquinaria que lo encadena: “El dinero desmedido atenta contra esa fuerza de espíritu”.
¿Es viable en la actualidad? La maquinaria del control, sus tiempos, su formación, su cultura, lo hacen raro. Diniz, Ancelotti (no el actual) y Scaloni son grietas parciales: se apartan de la estandarización total, dando espacio al caos vivo, pero no llegan al descentramiento radical de Peucelle. Este no impone una verdad, sino una posibilidad: un fútbol impredecible, plural y vivo, liberado de la red que lo estandariza, es la alternativa que queda por explorar.

Este artículo pertenece a la serie de notas «Repensando a Peucelle», que se publicó durante los últimas semanas en la web de La Pelota Siempre Al 10.
- Introducción al fútbol humano
- Un fútbol vivo para la actualidad
- Una red viva
- Su gran pregunta
- Tres lógicas en tensión
- Diálogo con el presente
Este texto fue extraído de https://medium.com/@stabilemat/el-dt-seg%C3%BAn-peucelle-un-seleccionador-de-lo-humano-en-el-juego-cca444eedd4b