Por Julián Maciel (@JuliGranatee)
Me armé la valija el miércoles por la noche en una combinación de ansiedad, nervios, optimismo, confianza, y cierto exceso de termismo. Una dosis potente para encarar un viaje eterno. Por las horas y por lo acontecido. Con ropa de sobra para aguantar el calor paraguayo, la lluvia que siempre es sinónimo de tristeza o llanto (incluso en localidades aledañas) me despedía el jueves.
La Terminal de Ómnibus, en Retiro, como punto intermedio no me hizo extrañar. Lejos de parecerme algo raro, me sentía como en casa. Rumbo a la plataforma 72, mis palmas empezaron a entrar en práctica. A los que reconozco dentro de nuestro mundo estaban allí. No alcanzó con un micro semi-cama. Tampoco otro con la comodidad de cama.
Algunos comenzaron con la caravana mágica en el comienzo de la semana, otros la continuamos entre la mitad y el cierre de la misma, aunque el gran grueso del apoyo popular se trasladó durante el viernes y el sábado. Nos acostumbramos a protagonizar tantas movilizaciones, que a esta aún no la terminamos de dimensionar.
Un pueblo con un nuevo éxodo, se uniría en el Defensores de Chaco para regarse de una nueva tarde llena de gloria y de magia. Y de música, claro. Al ritmo de Los del Fuego, los extensores de agua no pudieron mojar tanta algarabía, que por momentos era tan ensordecedor que retumbaba más que el ardiente cemento del estadio guaraní.
Si un partido puede quebrar la historia, como declaró Nicolás Russo en las horas previas, bienvenido que sea con todos los condimentos necesarios. Que Lautaro Acosta pueda cerrar una carrera llena de gloria, en nuestra institución, con el penal decisivo que nos daría el titulo, pero que se va por arriba del travesaño. Que una hinchada que viajó vía terrestre o aérea, se permita festejar tras unos años de estancamiento habla de un enamoramiento sin precedentes, al soportar tamaña sensación térmica en Asunción. Que Nahuel Losada, con una idolatría reinante, se transforme en nuestro salvador en la tarde noche e incluso el mismo pueda consolidar su momento personal más importante en su carrera, luego de pelearla mucho.

Las tradiciones se conservan siempre. Cada vez que en Guidi y Cabrero se dio una vuelta olímpica, varias gemas de nuestra cantera emergieron en el once inicial. Antes Diego Valeri, Lautaro Acosta, Sebastián Blanco, Matías Fritzler, Marcos Aguirre y Agustín Pelletieri. Luego, Carlos Izquierdoz y Junior Benítez. Repitieron Pelletieri, Benítez y cuándo no, Acosta. Hoy son los Agustín Medina, Marcelino Moreno y Dylan Aquino. Nuestra materia prima no detiene su maquinaria, la potencia.
Y las rachas también se cortan. La tercera fue la vencida. Se le dijo basta al Atlético Mineiro (Copa Conmebol 1997 y Recopa Sudamericana 2014), aunque también significó parar la malaria tras la mencionada Recopa y la Sudamericana perdida ante Defensa y Justicia en el 2021.
En esa continuidad, y a gusto personal, es una reparación histórica que Eduardo “Toto” Salvio se consagre campeón con la Granate. “Este no es un título más en mi carrera. Este título tiene historia, tiene raíces y tiene el sueño de un chico que empezó todo a los 7 años”, posteó recientemente en su cuenta de Instagram. Motivado por nuestro capitán “Cali” Izquierdoz, ambos se prometieron retornar para hacernos felices. En el sentido de pertenencia también formamos nuestro carácter.

Lanús es barrio. No escarben mucho más para entender(nos). Su identidad no está ligada ni al sector obrero ni al sector empresarial y tampoco se emparenta con algún otro aspecto particular. Su identidad se ancla en el barrio. El día que el barrio -o la ciudad, la primera viniendo desde Puente Pueyrredón- deje de respirar será porque Lanús murió. Pero tantas veces nos quisieron matar… No pudieron. Acá seguimos. Ahora, con ocho estrellas (y todavía falta la Recopa).
Es la historia de las cábalas
Es la historia de amores.
Es la historia de herencia(s).
Es la historia de un barrio.
Es una historia de lealtad.
Es una historia de compromiso.
Es, solamente, historia.
