Por Dr. Gabriel Fortuce (@drgabrielfortuce – CRM-SP N°228136)
Atención: Este artículo tiene una finalidad meramente informativa y no sustituye la opinión de profesionales de la salud en el diagnóstico y el tratamiento de casos y pacientes específicos.
La mayoría de los clubes de fútbol —y esto incluye también a las selecciones— no está cuidando bien a sus atletas. El enfoque debería ser simple: prevenir lesiones, mejorar el rendimiento y aumentar la longevidad de sus carreras. Pero en la práctica esto todavía está lejos de suceder.
Soy médico integrativo, y este enfoque parte de un principio fundamental: mirar al paciente como un todo. En lugar de tratar solo las consecuencias, buscamos identificar y actuar sobre la raíz del problema. Y para empezar, hoy vamos a hablar de nutrición.
La necesidad de dietas personalizadas
La mayoría de los clubes ofrece un comedor estándar para todos los atletas. ¿Pero cómo va a tener sentido darle la misma alimentación a un lateral que a un defensor central? Las demandas físicas son completamente diferentes. Un lateral recorre largas distancias, realiza desplazamientos constantes y necesita recomponer rápidamente su posición. En cambio, un defensor central tiene un patrón de esfuerzo distinto. En ambos cosas, como es obvio, las necesidades varían dependiendo de cuestiones que hacen al contexto táctico, físico y mental.
Además existen diferencias claras en el biotipo: un atleta puede medir 1,60 m y pesar alrededor de 60 kg, mientras que otro puede superar 1,90 m y pesar más de 95 kg. De vuelta, las demandas energéticas son completamente distintas para cada caso.
Un modelo de alimentación estandarizado, entonces, no es la mejor solución. Atletas de élite, como Vinícius Júnior, cuentan con nutricionista y chef propios, con una alimentación totalmente individualizada. Les dicen qué comer, cuánto comer y cuándo comer. Ese debería ser el estándar. Pero todavía no lo es.

Otra cuestión importante es que la mayoría de los clubes todavía utiliza aceites vegetales como soja, canola y girasol, que pueden favorecer procesos inflamatorios cuando se consumen en exceso dentro de un patrón alimentario inadecuado. Alternativas como el aceite de coco o la grasa animal pueden ser metabólicamente más estables, especialmente en preparaciones con calor.
Algunos clubes ya están avanzando en este sentido. La nutricionista alemana Mona Nemmer, del Liverpool FC, por ejemplo, trabaja con estrategias individualizadas basadas en las características de los atletas. Si hoy hablamos de entrenamiento técnico-táctico específico, ¿por qué todavía no tratamos la nutrición y la suplementación de la misma manera?
El rol del intestino
Este suele ser el punto más ignorado a la hora de tratar el tema. Existe una estructura llamada GALT (siglas en inglés del llamado «tejido linfoide asociado con el intestino»), que representa entre el 70% y el 80% de toda la inmunidad del cuerpo. Es decir, la base del sistema inmune está en el intestino.
Cuando la barrera intestinal está íntegra, funciona como un filtro altamente selectivo: absorbe nutrientes e impide el paso de toxinas y partículas indeseadas. Pero cuando esta barrera se ve comprometida, aparece el aumento de la permeabilidad intestinal, conocido como leaky gut. En ese escenario, sustancias que no deberían pasar al torrente sanguíneo comienzan a atravesar el intestino, activando el sistema inmune de forma crónica. El resultado es un estado de inflamación sistémica de bajo grado.
Algunos factores alimentarios como el gluten, el exceso de azúcar o los derivados de la leche pueden contribuir a este proceso, especialmente en individuos susceptibles. Esto no significa que todos vayan a tener problemas con esos alimentos, pero sí que en ciertos contextos -como el de atletas sometidos a alto estrés físico-, puede tener un impacto relevante.
El contexto del atleta

El entrenamiento intenso aumenta el cortisol. El estrés físico impacta en la microbiota. Y la alimentación inadecuada, como ya dijimos, compromete la barrera intestinal. El resultado de esa conjunción puede ser exactamente lo contrario a lo que se busca: son invitaciones a la inflamación sistémica, recuperación deficiente, mayor riesgo de lesiones y caída del rendimiento.
Y aun así, los clubes siguen permitiendo pizza después de los partidos. Siguen enfocándose solo en calorías e ignoran la calidad de los alimentos. Yo mismo ya lo vi dentro de clubes de alto nivel. 200 calorías de helado no generan el mismo efecto metabólico que 200 calorías de aceite de oliva. Es un error conceptual enorme, porque las calorías no lo son todo. El cuerpo responde a señales metabólicas, no solo a números.
Por eso, necesitamos mirar los macronutrientes, los micronutrientes y, sobre todo, las rutas metabólicas involucradas. El carbohidrato es fundamental para el atleta, pero la calidad del carbohidrato es todavía más decisiva.
Para optimizar las reservas de glucógeno, se recomienda aumentar la ingesta de carbohidratos en los días previos a la competencia, priorizando fuentes como frutas, arroz integral o negro, mandioca, papa o batata. Carbohidratos de mejor calidad nutricional. Las proteínas también son fundamentales y se recomiendan 1,5 a 2 g por kilo de peso corporal. Además, el día de la competencia, evitar comidas en las tres horas previas puede ayudar a reducir picos de insulina y favorecer la disponibilidad energética durante el partido.
En resumen, la propuesta es simple, pero requiere un cambio de mentalidad. Cada atleta debería tener un plan nutricional individualizado, acompañado por profesionales que entiendan metabolismo, inflamación y rendimiento — no solo conteo de calorías. No tiene sentido que un atleta de alto rendimiento coma cualquier cosa o tenga un día libre de control. Si el entrenamiento es específico, la nutrición también tiene que serlo.
