Por Kwame Twumasi-Ankrah, fundador de Pattern Of Play
Traducción de Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Este artículo fue originalmente publicado en https://kwametwumasiankrah.substack.com/p/shadow-pedagogy?r=5qr0sz. Traducido y republicado con permiso del autor.
Las lecciones más importantes del fútbol no suelen ocurrir mientras la pelota está en movimiento. Ocurren en los márgenes. Existen en el silencio denso tras fallar un penalti y en el rítmico trabajo de cargar bidones de agua. Se hacen evidentes cuando un niño de doce años en Accra se agacha para atarle el botín a un compañero.
No es un ejercicio. Es el eco de un gesto que vio realizar a su hermano mayor hace años. Esa es la arquitectura invisible del fútbol juvenil en acción. Es una pedagogía de la sombra para la gestión emocional que funciona completamente fuera de la vista de los ojeadores o del alcance de los indicadores de rendimiento.
En el polvo de una cancha de barrio, el liderazgo no es un curso que se programa y se empieza. Es el resultado de la pertenencia, de una red de apoyo entre iguales. Esta rutina educativa silenciosa ha entrenado a un niño para cargar con el peso emocional del fracaso de su compañero incluso antes de aprender a hacer pressing.
Cuando ese niño ata la bota de su amigo está consolidando el contrato social. Se está dando cuenta de que la preparación de sus compañeros es su responsabilidad. Así se forja la infraestructura emocional de los grandes capitanes. No se enseña. Se adquiere.
El desarrollo juvenil actual está obsesionado con un plan de desarrollo sobrecargado. Usamos chalecos con GPS para medir la distancia y mapas de calor para planificar las posiciones.
Estamos convirtiendo este juego en una colección de métricas biológicas, pero no hay forma de medir la mirada que un compañero le dedica a otro después de un error devastador. No existe un algoritmo para determinar cuánto ayuda a recuperarse una mano en el hombro durante una pausa para tomar agua.
Al considerar solo lo que podemos medir, hemos pasado por alto las habilidades relacionales que permiten a un equipo superar una crisis. Estamos formando jugadores técnicamente de élite, pero emocionalmente analfabetos. Saben cómo ocupar espacios, pero no saben cómo mantener unida una comunidad.
El proceso continúa incluso para quienes no están jugando. Vemos el banco de suplentes como un lugar estático o una sala de espera para el partido. Pero visto desde una perspectiva de pensamiento sistémico, el banco es un laboratorio de observación. Es donde un jugador aprende a interpretar la temperatura emocional del partido sin la adrenalina de la pelota. Donde observa a un compañero con dificultades y comprende que mañana estará en esa posición.
Si realmente queremos abordar la brecha del liderazgo deportivo, no necesitamos más rotaciones de capitanes ni carteles motivacionales. No veamos como tiempo muerto el momento en el que no están jugando. Necesitamos empezar a reconocer el valor de estos momentos informales.
Para cualquiera que esté en el mundo del deporte juvenil, el desafío no es encontrar nuevas soluciones. El desafío es exponer lo que ya está ocurriendo. Cuando reconocemos los micro-actos de cuidado entre compañeros, realzamos su importancia como valores fundamentales. Ya no podemos entender el fútbol juvenil como una simple fuente de talento. Debemos empezar a verlo como el espacio donde se construye la infraestructura emocional de una sociedad.
El próximo gran capitán no es necesariamente el que tiene la voz más fuerte ni el que salta más alto. Son ellos quienes ahora mismo dominan el plan de desarrollo, pero uno mucho más silencioso. Saben que el partido se gana cuando nadie los mira.
