Por Rocío Airoldi (@rocioairoldi)
En tiempos donde vuelve a ser necesario sentarnos a explicar lo conquistado -y, sobre todo, no claudicar-, hay discusiones que insisten en volver. Y obligan a decir, una vez más, que no todo lo que sucede en una tribuna de fútbol es folklore. Y no, señalar no es “pasarse dos pueblos”. Es, justamente, negarse a naturalizarlo.
Hace unos días la hinchada de Rosario Central arrojó muñecas inflables con camisetas de Newell’s Old Boys al campo de juego, en el minuto 22. El gesto, celebrado por algunos como una cargada más en el marco de la histórica rivalidad, se apoyaba en un dato para quienes lo hicieron: la diferencia de 22 partidos tras el último clásico.
Sin embargo, lo que podría leerse como una puesta en escena ingeniosa dentro de la lógica del clásico abre una pregunta más incómoda y profunda. Porque no se trata solo de una burla al rival. No se trata solo de números ni de quién ganó más.
Lo que aparece ahí, en el centro de la escena, es el uso de cuerpos, cuerpos femeninos -aunque sean de plástico- como soporte del mensaje. Convertidos en símbolo de humillación, lanzados al campo como parte del espectáculo. Esas muñecas son objetos diseñados para la cosificación, para la representación sexualizada y pasiva.
Ahí es donde el folklore deja de ser inocente, si es que podemos darle ese espacio (esa es otra discusión). Y donde el fútbol, una vez más, expone tensiones que lo atraviesan como fenómeno social. En línea con lo que plantea María Luisa Femenías, filósofa feminista argentina, la violencia no aparece de forma aislada sino como un continuo. Hay umbrales que nos permiten detectarla, pero esos umbrales cambian según la época, la cultura y la sensibilidad social.
Lo que muchos leen como “cargada ingeniosa” puede ser, justamente, una forma de violencia que no se nombra como tal. Porque una de las claves está en los mecanismos de invisibilización. Aquello que se vuelve costumbre, que se repite y se legitima bajo la etiqueta de tradición, pierde su carácter problemático.
Así, ciertas prácticas -sobre todo las que involucran a mujeres y disidencias- quedan naturalizadas. La violencia simbólica opera en ese plano: no necesita del golpe para existir, sino que se sostiene en discursos, imágenes y gestos que degradan, que cosifican, que ubican a ciertos cuerpos en un lugar de inferioridad.
En ese sentido, la escena de las muñecas inflables no es neutral. Es un mensaje construido sobre la desacreditación y la cosificación de lo femenino como forma de humillar. No es casual el recurso, no se elige cualquier objeto. Se elige uno cargado de sentido, que remite a una historia más amplia de subordinación. En el mundo de la pelota, la forma de ganarle al que está enfrente puesta en otras palabras.
Cuando esa escena salta al espacio público, amplificada por los medios y las redes, entra en otra dimensión: la de la espectacularización. La imagen circula, se comparte, se celebra o se discute, pero en ese recorrido también se cristalizan roles. El que humilla y el humillado, el que se impone y el que es reducido a objeto.
Quizás el desafío sea ese. Dejar de romantizar todo bajo la etiqueta de folklore. Porque no todo lo que sucede en una cancha es inofensivo. Y porque, incluso en el ritual más pasional del fútbol, también se disputan sentidos. Nombrar estas prácticas como lo que son -violencia simbólica- no implica quitarle pasión al juego, sino entender que el fútbol, como cualquier otro espacio social, también puede (y debe) ser interpelado.
