Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
Entendiendo que el fútbol es juego, fuerza y lucha, como lo definió Carlos Peucelle, el hincha de Boca tiene un paladar definido en los últimos dos elementos antes nombrados, por eso supo ser campeón con equipos comúnmente denominados “picapiedreros”. Pero al mismo tiempo también lo logró con varios que supieron jugar muy bien al fútbol sin renunciar nunca a la entrega.
Es interesante situar a estos cuatro atorrantes “mimados” en esa dinámica, en esa exigencia que tiene la hinchada de Boca y que la diferencia de la de River o la de Independiente. Serán quizá como pequeños gustos que se da la hinchada en medio de tanta lucha y fuerza, como un recreo. “Una estrella en lo triste de mi noche, una máscara de risa en mi pobre carnaval”, cantaría Edmundo Rivero. ¿Será eso?
Muchas cosas tienen en común estos cuatro nombres de los que hablo. Fueron todos muchachos que debutaron en Boca, algunos jugando desde chicos en las inferiores. Irrumpieron en la primera y se metieron en el corazón a la hinchada de Boca en contextos adversos. A los cuatro los caracterizó la gambeta, la desfachatez, la habilidad. De los cuatro se dijo que de haber jugado en River hubieran triunfado mucho más, porque sus perfiles son “riverplatenses”. Y un detalle no menor: a los cuatro se los apodó con diminutivos.
La historia, de adelante para atrás

Tímido y fanfarrón a la vez. En su niñez de “niño de country” dijo nunca haber tenido un equipo predilecto, ya que el tenis era su principal pasión. Quizá por eso jugó un fútbol sin prejuicios, sin ataduras. Diego Fernando Latorre hizo siempre lo que sintió.
Su talento reconoció el talento de los cracks del momento (Alonso, Bochini, Marangoni) y mamó de ellos el fútbol virtuosamente displicente del crack argentino. Se destacaba por su gambeta incontenible y por las ganas irrefrenables de tener la pelota y jugar al fútbol que lo hacían eléctrico, movedizo, inquieto. Si tenía que ir al piso para luchar la pelota, lo hacía con tal de volver a tenerla.
El destino lo llevó a Boca Juniors de la mano de Mario Zanabria, su descubridor, en 1987. Tardó muy poco en debutar. Lo hizo con gol bajo la dirección de Lorenzo. En Boca ganó la Supercopa del ’89, la Recopa del ’90 y, aunque no mueva la aguja de la estadística, el recordado Clausura del ’91. Fue el niño mimado de la hinchada de Boca, y lo de niño quedó grabado en su apodo “Gambetita”, como lo bautizó Víctor Hugo Morales.

En un fútbol argentino que estaba sufriendo la mayor crisis de identidad de todas sus épocas, Ángel Clemente Rojas irrumpió con fuerza en la historia de Boca y nadó a contracorriente en un fútbol atrofiado por el fracaso argentino en el mundial de Suecia ’58, cuando las pisadas y las gambetas empezaron a escasear.
Más allá de ser campeón en el ’64, ’65, ’69 y ’70, al igual que Latorre Rojas también fue un “mimado” por la hinchada boquense. Y obviamente, también le cupo un diminutivo en su apodo: Rojitas. Ese mote quedó eternamente asociado a un gambeteador fascinante, con una cintura desconcertante que se hamacaba sin tocar la pelota y esperaba imperturbable a que el rival cometiera el error de llevar su peso sobre cualquiera de sus piernas y se desestabilizara.
Era un jugador técnicamente incompleto, hay que decirlo, pero lo suficientemente hábil como para salir de las situaciones que él mismo provocaba con una gambeta más, con un amague más, con una pisada. También fue un tanto irregular a través de los años por culpa de una evidente falta de preocupación por su físico. No por eso podemos decir que no evolucionó: para 1967 ya podemos decir que era un gran delantero y un gambeteador agresivo. Notar también su evolución física: el Rojitas de 1963 pesaba 62 kilos y el de 1969, 70.

De Ermindo Onega, el crack de River en los ’60, se suele decir que “nació a destiempo” pues no llegó casi a compartir su fútbol con el de las viejas glorias de Labruna, Loustau o Pipo Rossi. A él le tocó vivir la mala y bancarse a pleno esos 18 años sin títulos de River Plate entre 1957 y 1975. Lo mismo se podría decir de nuestro tercer protagonista, que debutó en Boca en 1949 (el técnico era Renato Cesarini) a cinco años del último título y cuando ya “Perico” Marante, Claudio Vacca o Mario Boyé jugaban sus últimos partidos en el club.
Herminio Antonio González tenía un repertorio extraordinario. En las viejas épocas de la WM, podía jugar en cualquiera de los cinco puestos del ataque, y deslumbraba con sombreros y bicicletas (a la manera que los españoles denominan lambretta). Fue el antecesor de Latorre y Rojas en eso de ser el niño mimado de la hinchada de Boca, que lo bautizó para siempre “Pierino” por Pierino Gamba – niño prodigio italiano que visitó Argentina en 1949 como director de orquesta con tan solo 12 años.
Como matices negativos podríamos mencionar una falta de personalidad futbolística; no mandaba a sus compañeros. También podríamos decir que no tenía gol en comparación a Latorre y Rojas, aunque como todo crack, tiene uno que le convirtió a Huracán en agosto del ’51 y es considerado su obra maestra.
Arrancó en la media cancha, en el círculo central (estaba jugando de 9), gambeteó a Romo yendo de izquierda a derecha y luego en el sentido contrario apiló a Cerioni, Filgueiras y Romeral hasta entrar al área. Cuando ya se le terminaba la cancha apareció el arquero Díaz para achicarlo, entonces Herminio enganchó hacia el medio con un autopase superando al guardavalla y definió con una media vuelta. Félix Frascara comparó la maniobra con la histórica apilada de Capote De la Mata contra River. Con eso dijo todo.
El moderno

A este lo vemos todos. Tanto su surgimiento a finales del 2020 con esas desvergonzadas apariciones fugaces como el período de aparente estancamiento individual entre la seria lesión que sufrió contra Agropecuario en 2022 y la llegada de Leandro Paredes a mediados de 2025. Desde entonces, aquel pibe de La Banda tuvo una gran evolución y confirmó que pasaba de promesa a realidad.
El Exequiel Oscar Zeballos de estos tiempos se repite menos en su repertorio, recuperó la alegría, la felicidad, la sonrisa. Sumó una cuota de potencia física, de tracción en el arranque, en el uso del cuerpo, en el aguante, en los choques. Ya no es solamente rápido.
Me gustaría recuperar las palabras de Carlos Fontanarrosa, quien en 1958 entrevistó a Herminio González. Pierino pasó de pesar poco más de 50 kilos cuando tenía 18 años, a rondar los 70 a sus 28. “Y esa solidez física no es solamente física… Ustedes me entienden, ¿no?”, escribió con acierto el periodista, y lo entendemos perfectamente. Se refiere a que no es solo el cambio en la herramienta de trabajo sino el dominio de ella. Que la habilidad no le gane al talento. Que las piernas no le ganen a la cabeza.
Los diminutivos
Nadie quiere ser preso de un estigma. A nadie le gusta ser encasillado en un diminutivo, a pesar de que para el público no representa sino el cariño casi paternal que se tiene por el bautizado. Rojitas lo sufrió y en menos de 3 años se hartó: “Rojitas quiere ser Rojas” tituló El Gráfico alguna vez.
En 1964 le aseguró a Osvaldo Ardizzone “Estoy cambiando… se lo digo en serio” y en 1967 le volvió a repetir las mismas palabras, como queriendo convencerse a sí mismo y no tanto a su interlocutor. Porque ese diminutivo remite inmediatamente a un fútbol poco serio, de cotillón, fulbito. Y esto de la seriedad no es una adjetivación para ser pasada por alto. Residen allí muchos de los prejuicios que se cultivaron en el fútbol en los últimos 40 años.
En una mesa de café infinita, inmemorable, Adolfo Pedernera fue consultado acerca de qué es el fútbol alegre que había mencionado y el maestro respondió: “Es el fútbol más serio que se pude jugar”. Diego Latorre le acotó 31 años después, dialogando con Rojitas, “Por más profesional que sea, todavía se puede jugar al fútbol con alegría. Es lo que intento todos los días. No voy a perjudicar a mi equipo gambeteando demasiado, pero voy a imponer mi habilidad cada vez que lo sienta”.
Por eso es que hay que alentar todo lo que podamos ese fútbol. Porque es condición del fútbol argentino, el campeón del mundo, la de ser ingénitamente alegre. Es el fútbol que nos gusta ver, analizar y en el que creemos. Es el fútbol que fue de “Piero” González, Ángel Rojas, “Gambeta” Latorre y que hoy, en otros contextos, muestra el “Chango” Zeballos.
