Por Raumdeuter (@raumdeuter2020)
Traducción de Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
El liderazgo es un tema difícil en cualquier contexto. En la teoría entiendo cómo funciona, pero en la práctica me cuesta traducirlo en acciones concretas. Por lo tanto, escribo estas líneas para intentar comprender en qué momento de mi vida me convertiré en el líder que mi padre afirma con seguridad que no soy (sin rencores de mi parte, porque hasta el momento tiene razón).
La imagen de portada con Vítor Bruno, ex entrenador del Porto, podría considerarse clickbait teniendo en cuenta que parece que en su momento justamente fue despedido, entre otras razones, por sus problemas de liderazgo. Sin embargo, espero que al final de estos párrafos no lo piensen así.
Hace dos temporadas volví al club de mi ciudad natal para hacerme cargo del equipo sub 19 como entrenador principal. En aquel momento, tenía algunas dudas sobre si era adecuado dar el salto a ese nivel.
Aún así, estaba plenamente convencido de cómo quería jugar y conociendo al plantel de antemano, todo parecía estar en condiciones para salir al menos mínimamente bien. No funcionó, y aquí es donde pretendo profundizar mi reflexión sobre el liderazgo.
Abriré un paréntesis y abordaré el tema del liderazgo de forma sucinta. Hay muchas maneras de lograr que funcione. Hay líderes más democráticos, otros más autocráticos. Hay líderes transformacionales y transaccionales. Sin embargo, de todas las formas de liderazgo que se pueden adoptar, me parece que la más importante es predicar con el ejemplo. Con buenos ejemplos.
Es decir, cuando se asume una premisa sobre un tema determinado, debe demostrarse que funciona, convenciendo, mediante la comunicación, a los jugadores o a los destinatarios del entorno en el que uno se involucra. Luego, en la práctica, es fundamental que esto se refleje.
De lo contrario, por muy estimulante que sea nuestra forma de liderar, quien esté al otro lado del binomio comunicativo no creerá en lo que se le pide y, gradualmente, abandonará a quien tenga delante. Eso fue lo que me pasó a mí y (creo) a Vítor Bruno.
Yo tenía una idea. Vítor la suya. Sin embargo, ambas dejaron a los jugadores con dudas sobre lo que estaba sucediendo y lo que sentían en la cancha. Por mucho que ambos nos esforzáramos, no hubo momentos (no confundir con resultados) que convencieran a los jugadores de que ese era el camino a seguir durante toda la temporada.
Ya fuera por un mal timing en la construcción desde atrás, que propiciaba el juego directo y requería más carrera y esfuerzo físico de los jugadores para recuperar la pelota, o por una presión ligeramente descoordinada que hacía que la cobertura llegara tarde y rompiera el bloque, creando un espacio inmenso entre sectores.
Así pues, llegó el momento en que empezamos a lidiar con el descontento de los jugadores sin siquiera comprender del todo las razones. Porque si una idea funciona y tiene sentido en la cabeza del entrenador, también tiene que funcionar en la del jugador, ¿no…?
Y aquí es donde se abren muchas brechas en la relación entre los entrenadores y los vestuarios que dirigen. Si somos flexibles, pueden señalar nuestra debilidad como un defecto. Si somos inflexibles, el jugador también puede sentirse incómodo.
La inflexibilidad, como forma de alimentar nuestro ego, siempre es el camino más práctico. ¿Por qué? «Porque soy el entrenador y entiendo el fútbol mejor que nadie en este vestuario», pensamos. Una premisa muy errónea, considerando que frecuentemente tenemos más que aprender de los jugadores que ellos de nosotros. Cuando esto sucede, tarde o temprano, el entrenador acaba cayendo porque pierde el supuesto «control» del equipo.

Despidieron a Vítor Bruno. Yo me fui por decisión propia. Dejé de considerar que mi continuidad sería beneficiosa para los jugadores en lo que quedaba de temporada; estábamos casi en la mitad. Semanas antes, ambos buscamos elevar nuestro liderazgo mediante la autocracia: yo comencé a ser más duro en todo lo que proponía y Vítor Bruno exponía a los jugadores en las ruedas de prensa, señalando el compromiso y el rendimiento de cada uno de ellos. Todo generó aún más insatisfacción.
Son ellos los que juegan, por lo tanto, son ellos quienes necesitan sentirse cómodos con un plan de juego. No soy el único que necesita sentirse cómodo mientras camino y observo pacientemente el partido desde la banda.
Cuando un jugador no se siente cómodo jugando, no existe marinero que pueda hacer que el barco cruce el Cabo de las Tormentas, independientemente del tipo de liderazgo adoptado. De hecho, si un entrenador puede brindar al equipo el contexto adecuado que le permita disfrutar del juego, el tema del liderazgo ni siquiera es un tema. Se convierte en un asunto secundario que probablemente solo surgirá en situaciones que alteren la estabilidad en el vestuario.
Dicho esto, quizás ni siquiera necesito que me vean como un líder desde fuera. No necesito un liderazgo a tiempo completo. Y quizás nunca necesite ser el líder que mi padre dice que no soy. Es una paradoja sobre la que reflexioné y me ha llevado a la línea de pensamiento que guió estos párrafos. Además, y como punto de reflexión, ¿necesitamos ser líderes o necesitamos jugadores que no necesiten un líder y sepan por sí mismos cómo comportarse en contextos futbolísticos?

Texto publicado originalmente en https://raumdeuter14.medium.com/lideran%C3%A7a-para-que-te-quero-1ba355c5619d